4 Epifanía (B) – 2015

1 de febrero de 2015

Deuteronomio 18:15-20; Salmo 111; 1 Corintios 8:1-13; Marcos 1:21-28.

En este cuarto domingo después de la Epifanía los versos del salmo 111 marcan el tono jubiloso de los que celebramos la manifestación del amor de Dios en la enseñanza y las obras de Jesucristo: ¡Aleluya! ¡Grandes son las obras del Señor! Son dignas de estudio para los que las aman. Su obra está llena de esplendor y majestad, y su benevolencia permanece para siempre. Ha hecho memorables sus maravillas; clemente y compasivo es el Señor. La Iglesia de Cristo canta con gozo porque en su compasión, el Señor obra a favor de su pueblo y se acuerda de las promesas que ha hecho con nosotros.

Al leer la Biblia, nos damos cuenta de que en el transcurso de la historia sagrada, Dios va concretando sus promesas a su pueblo por medio de una serie de pactos o alianzas que culminan con la alianza eterna de Jesucristo en el Nuevo Testamento. En el monte Sinaí el Señor concretó su alianza con Israel por medio de su siervo Moisés. Prometió ser su Dios y ellos prometieron ser su pueblo fiel. Sin embargo, Moisés ni siquiera había bajado de la montaña cuando todo el pueblo violó al pacto con la adoración del becerro de oro. Fue una escena espantosa. En reacción a la justa ira de Dios, los hebreos pidieron que el Señor sólo les hablase por medio de Moisés como su intermediario.

El Señor entregó la ley, conocida como la Torá, a Moisés como señal del pacto con Israel y para que se la enseñara al pueblo en su nombre. En vista de que algún día Moisés moriría, el Señor le hizo comunicar esta promesa que encontramos en el libro de Deuteronomio: “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, lo hará surgir de entre ustedes, de entre sus hermanos, y es a él a quién escucharán”. Dios prometió enviar un profeta y pastor para guiar a su pueblo, un líder justo y definitivo para hablar al pueblo en nombre de Dios y ser su intermediario ante del trono divino.

Hasta la llegada de Jesucristo todos los asuntos del pueblo de Israel se regían por la ley, pues tenía la autoridad de Moisés que había hablado con Dios. Surgieron muchos líderes, caudillos, jueces, reyes y profetas, hombres y mujeres muy buenos de quienes leemos en el Antiguo Testamento, pero nadie gozaba de la autoridad que tenía Moisés. Durante siglos nadie llegó a la altura de la expectativa del líder definitivo prometido por Dios en el monte Sinaí hasta que Dios en su fidelidad envió a su Hijo.

En uno de los primeros actos de su ministerio público, el Señor Jesucristo se presentó delante del pueblo de Dios reunido en la sinagoga de Cafarnaúm y enseñó “con autoridad”. Es decir que enseñó con autoridad propia que fue distinta a la autoridad de los maestros, a los que el evangelista llama “letrados” o “escribas”. Los escribas gozaban de la autoridad que se derivó del estudio de la Torá. Conocían la ley y algunos eran muy doctos en cuanto a las Escrituras de Israel, pero esta autoridad siempre fue el producto de saber lo que Moisés enseñó. Este conocimiento les proveyó cierto prestigio entre la población, pues la ley gobernaba a todas sus actividades diarias.

El conocimiento es importante, bueno, incluso es necesario, pero para Dios el amor es más importante, pues poco sirve el conocimiento – incluso el conocimiento de la Biblia – si no se dirige por el amor de Dios. Como dice san Pablo en la lectura de la primera Carta a los Corintios: “El conocimiento enorgullece, pero el amor edifica”.

Este punto es lo que hace que la llegada de Jesús a Cafarnaúm sea tan interesante. Jesús se ve diferente a otros maestros precisamente porque no sólo repetía la enseñanza de Moisés y la tradición de los escribas. Jesús enseñaba con la autoridad que vino del amor de Dios.

San Marcos no nos relata el contenido del sermón de aquel día en Cafarnaúm, pero podemos suponer que anunció el mismo mensaje – el evangelio del reino de Dios- que había predicado tras el arresto de Juan Bautista: “Arrepiéntanse y crean el evangelio para el perdón de los pecados”. Es un mensaje libertador y poderoso que está en el centro de nuestra fe cristiana, el mensaje que Cristo con su amor nos libera del poder del pecado y nos da una nueva vida.

Lo que demuestra aún más la diferencia entre la autoridad de Cristo y la autoridad de los demás maestros es que Jesús no sólo vino predicando, sino que en su propia persona realizó el reino de Dios en medio de la gente con poder y amor. Orígenes, uno de los Padres de la Iglesia y el intérprete bíblico más importante de la antigüedad, al reflexionar sobre este acontecimiento y otros similares, enseñó que dondequiera que Jesús se halle, allí se encuentra el reino de Dios porque Jesucristo es el reino de Dios hecho carne y hueso, lleno de plenitud, de autoridad y del dominio de Dios.

Cristo actuó con la autoridad de Dios mismo, siendo él, el Hijo de Dios. Mostró esa autoridad con sus hechos; pues, después de predicar las palabras de su sermón, el Señor sanó a un hombre atormentado por un espíritu inmundo. Se trataba de lo que se llama la “posesión” en la cultura popular o lo que los escritores sagrados llaman “endemoniado”. En este caso particular, el espíritu maligno – una fuerza de mal – le provocaba al hombre a convulsionarse y a gritar. Fue un caso terrible y Cristo en su compasión se apiadó de él. El evangelista Marcos nos dice que Jesús habló, calló al espíritu maligno y lo expulsó del hombre. Este pobre hombre que fue tan abatido por el mal quedó sano por la palabra del Señor. Donde hubo discordia y destrucción sembradas por el mal, Dios, en Cristo, instaló la paz y la reconciliación.

Esta sanación fue una señal clara de que Cristo tiene soberanía sobre toda la vida humana y sobre los poderes que lastiman y dañan al pueblo de Dios y que están fuera de nuestro control humano. La gente de la sinagoga reaccionó ante esta obra misericordiosa del Señor y reconoció que Jesús contaba con la autoridad más amplia y más efectiva que se ha conocido en la historia porque, según ellos, hasta los espíritus lo obedecían. No existe nada que esté fuera del alcance y la autoridad de Jesucristo.

Dios se encarnó en la persona de su Hijo Jesucristo para dar a conocer el mensaje de Dios a su pueblo, y para afirmar su alianza eterna. Con su enseñanza y sus hechos de poder, Jesús mostró que vino a cumplir la promesa de Dios de presentar al pastor verdadero para su pueblo, pues quiso con su amor liberar del mal a todos los que confían en él. Al ejercer su autoridad para salvar al hombre atormentado, afirmó que ningún problema humano es más grande que el amor y el poder de Dios. Es un mensaje alentador para nosotros y para todos los que estén de alguna manera llenos de problemas: el Señor es fiel, nos ama y envió a Jesucristo para librarnos del mal y para darnos la vida eterna.

 

 

— El Rvdo. John J. Lynch es rector de Christ the King Episcopal Church en Yorktown, Va.Por varios años sirvió como misionero y clérigo de la Diócesis Episcopal de Honduras. Además de su labor pastoral, el padre Lynch escribe libros y folletos en inglés y español y mantiene el blog “El Cura de Dos Mundos”.

Comments

  1. Victor Vers says:

    Muy buenos comentarios a la liturgia de cada Domingo. Felicidades. Bendiciones para quien nos comparte sus excelentes reflexiones.
    Desde Saltillo Coahuila México.

    P. Víctor Vera.

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