2 Adviento (B) – 2014

7 de diciembre de 2014

Isaías 40:1-11; Salmo 85;1-2, 8-13; 2 Pedro 3:8-13; Marcos 1:1-8

Amados hermanos y hermanas, nos volvemos a encontrar en torno a la mesa de la Eucaristía para celebrar la vida, para vivir la experiencia maravillosa de la presencia del Señor. Para este segundo domingo de Adviento la liturgia nos sigue ofreciendo la oportunidad de escuchar esa Palabra consoladora y esperanzadora que nos dirige el Padre. El pasaje del libro de Isaías que acabamos de escuchar, es tal vez uno de los más bellos del Antiguo Testamento. En él se deja ver esa actitud compasiva de Dios cuando le dice al profeta “consuelen, consuelen a mi pueblo”.

La situación del pueblo era verdaderamente trágica y dolorosa. Sometidos a la servidumbre en tierra extranjera, sin tierra, sin templo, sin culto, sin identidad…, la amargura era el pan de cada día para los desterrados en Babilonia; sin embargo, en ese clima de lágrimas y de sentimiento de abandono, la voz del profeta es genuinamente consoladora, pues Dios mismo se encargará de hacer que todos regresen a su patria, a su tierra; si entre lágrimas habían ido desterrados hasta Babilonia, con gozo, alegría y entre cánticos regresarán a la tierra de la libertad.

A partir de la esperanza del retorno, el profeta construye la imagen del Señor que viene a rescatar. Y esa venida debe ser preparada convenientemente: “… tracen en la llanura un sendero para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se aplanen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se nivele…” (Isaías 40:3-4). Se trata de la disposición que cada fiel israelita debía tener para recibir a su Liberador. En la mentalidad semita, la visita de un gran personaje exigía la construcción o la mejora del camino que utilizaría para llegar hasta la ciudad visitada.

Con todo, el profeta no se refiere exclusivamente a la calidad del camino físico por donde llegará su Dios liberador. En la conciencia religiosa israelita estaba claro que su condición de desterrados tenía como origen su maldad, su infidelidad, sus injusticias y, en definitiva, su rechazo al plan de vida pactado en la alianza. Por eso, el profeta alude a las actitudes personales que cada creyente debe comenzar a construir en su corazón. Si cada uno logra allanar su sendero interior, el Señor llegará y como un pastor los llevará en sus brazos a una nueva experiencia de vida.

Esta invitación del profeta es también para nosotros. Quizás nuestra experiencia de vida esté marcada por el “destierro”, por la tristeza, por la amargura de no poder disfrutar una vida plena, de amor y de libertad, situaciones que han acarreado tal vez nuestras múltiples infidelidades al proyecto de vida que Jesús nos ofrece. Hoy, en este segundo domingo de Adviento, el Señor mismo quiere consolarnos, nos anuncia que no vale la pena seguir tristes ni amargados, que nuestras fallas y debilidades no son tenidas en cuenta si cada uno comenzamos ya la tarea de “aplanar” esos montes y colinas del egoísmo, si nos comprometemos a enderezar esas torcidas actitudes que a veces dominan nuestra vida y si sentimos vivamente la necesidad de nivelar esos escabrosos comportamientos que tantas veces tenemos con respecto a nuestros semejantes. Así y sólo así, él tendrá cabida en nuestra vida; el sendero que le permite llegar hasta nosotros estará dispuesto para que llegue y nos libere.

Y en consonancia con el mensaje de Isaías, escuchamos también hoy el mensaje de Marcos cuyos primeros versículos de su evangelio completan el banquete de la Palabra que nos trae hoy la liturgia. Señala Marcos que “este” es el inicio de la Buena noticia, de Jesús, y de entrada el evangelista declara que ese Jesús es el Mesías y, además, que es el Hijo de Dios. Sin embargo, no empieza Marcos de una vez a hablarnos de Jesús, sino de Juan, aquel adusto personaje que recordamos siempre como “el precursor” de Jesús. Y es importante para el evangelista, para su comunidad y para nosotros hoy, esta nota relativa a Juan. Veamos por qué.

El movimiento bautista iniciado con Juan había adquirido bastante fuerza en Jerusalén y toda Judea. Tal vez el estilo de vida de Juan y su predicación habían calado bastante en la mentalidad de un pueblo que tenían grandes expectativas con respecto a la venida de un mesías. Muchísima gente acudía al Jordán atraídos por las dos cosas: la figura del profeta y su mensaje, un mensaje que enfatizaba la venida inminente de Dios o su mensajero, pero con una característica que a muchos asustaba, vendría a castigar a todo pecador. El sentido de la inmersión en las aguas del Jordán era, por tanto, purificarse de todo pecado para poder escapar a la “ira de Dios”.

Posterior a Juan, comienza Jesús su ministerio. También se hace bautizar, pero adopta un camino y un estilo completamente diferente al de Juan. Su predicación, los signos que realiza y el modo de ensañar no coinciden para nada con el bautista, pero también atrae a mucha gente. Seguramente no fue fácil para Jesús la aceptación inmediata de muchos; recordemos que hasta su madre y sus familiares llegaron a pensar que ¡estaba loco! (Marcos 3:21), otros pensaban que era Elías, para la época posterior a la decapitación de Juan, algunos pensaban que era el bautista que había regresado… (Marcos 8:27-28 ); en fin, es sólo después de su pasión, muerte y resurrección cuando sus discípulos adquieren la plena conciencia de que realmente Jesús era “el Mesías, el Hijo de Dios”, que es lo que subraya Marcos en la primera línea de su evangelio.

La incertidumbre con respecto a Juan y su movimiento, y con Jesús y su movimiento, se vive y se siente fuertemente, entonces, en la primitiva comunidad cristiana. Si nos ponemos en el lugar de esa primera generación que no tienen muy claro quién es quién, podremos entender con mucha más facilidad el pasaje de Marcos que escuchamos hoy donde el evangelista pone en boca del mismo Juan esta declaración solemnísima: “Detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno de agacharme para soltarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo” (Marcos 1:7-8).

Si prestamos atención, los cuatro evangelistas tienen el cuidado de hacer claridad sobre quién es quién al inicio de sus respectivos escritos (Mateo 3:11; Lucas 3:15-16; Juan 1:6-8, 1:15-18), cada uno a su modo, pero siempre con la intención de dejar claro cuál fue el papel de Juan y quién es Jesús realmente

Ahora bien, ¿qué nos dice todo esto a nosotros, cristianos del siglo XXI? Mucho; tiene que decirnos mucho. Aunque todos confesamos la misma fe cristiana y nos sentimos seguidores de Jesús, muchas veces con nuestras actitudes, dudas, incertidumbres, negamos todo eso y hacemos todo lo contrario a lo que tiene que hacer un auténtico discípulo de Jesús. Él ya vino, ya realizó su misión y nos mostró el camino que nos conduce a nuestra auténtica humanización. Mientras vuelve, nosotros tendríamos que estar empeñados en realizar su misma obra, con plena conciencia de que en efecto él es el que había de venir y que volverá, pero no para castigarnos ni para juzgarnos de modo implacable, sino para levantarnos y presentarnos ante el Padre como frutos maduros de su tarea mesiánica.

Que de este segundo domingo de Adviento salgamos fortalecidos en la fe, en el amor, en la esperanza y sobre todo en la claridad de que somos seguidores de Jesús, “el Mesías, el Hijo de Dios” y que esta convicción es la que nos impulsa a mejorar el mundo desde el cambio y las mejoras que continuamente tenemos que hacer en nuestro modo de ser y de vivir.

 

— El Rvdo. Gonzalo Rendón es sacerdote de la Iglesia Episcopal en Colombia. Por algunos años sirvió en la Diócesis Episcopal de Colombia en San Lucas (Medellín) y en la Catedral de San Pablo (Bogotá). También fue comentador de las lecturas dominicales del Ciclo A y parte del Ciclo B. Ha colaborado en otras publicaciones como Diario Bíblico Latinoamericano y los comentarios pastorales de La Biblia de nuestro pueblo. Ahora trabaja como profesor virtual de una importante universidad virtual de Colombia.

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