Reinado de Cristo/Cristo Rey (A) – 2014

23 de noviembre de 2014

Ezequiel 34:11-16, 20-24; Salmo 100 o Salmo 95:1-7; Efesios 1:15-23; Mateo 25:31-46.

Celebramos en este día la fiesta de Cristo rey. Domingo tras domingo, la palabra de Dios ha venido iluminando nuestras vidas para que caminemos como hijos de la luz, dando testimonio del amor de Dios nuestro Padre a toda la humanidad.

Hoy, en una especie de resumen, ponemos en primera línea de nuestra reflexión el reino, ese reino que ya comenzó con Jesús, que nosotros debemos seguir haciéndolo crecer y que Dios Padre nos lo dará un día en toda su plenitud. Mientras llega ese día, seguiremos caminando llenos de esperanza.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel (34:11-16) denuncia la mala conducta de los pastores del pasado en contra de la visión del futuro pastor. El sentido es claro: el Señor en persona va a sustituir a los pastores que han fracasado, de forma estrepitosa, en su misión de pastorear.

Desde la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor año 587 AC, el rebaño de Israel anda errante, pero el Señor no les abandona en el peligro, sino que les libera, les reúne y los conduce por buenos lugares donde hay comida y seguridad para que puedan descansar.

En realidad, los jefes religiosos y políticos, cuya única razón de ser es la de atender al pueblo, son los principales responsables del desorden que impera entre el rebaño; en vez de pastorear se dedican a buscar su propio provecho. Son crueles y egoístas, no están al servicio de su pueblo.

Entonces el Señor afirma: “Voy a hacer justicia entre las ovejas. Voy a hacer que vuelva mi siervo David, y lo pondré como único pastor, y él las cuidará. Él será su pastor. Yo, el Señor, seré su Dios y mi siervo David será su jefe” (Ezequiel 34: 23-24).

Ya el rey David había desempeñado su función de pastor con muy buena aceptación por mandato de Dios, pero el nuevo David que Dios va enviar reúne todas las condiciones de seguridad. Las ovejas vivirán sin temor y producirán los frutos espirituales esperados.

Nuestra misión como cristianos comprometidos es apacentar y no apacentarnos, es estar cerca del oprimido, del pobre, del que no puede devolvernos nada porque nada tiene. Es saber escuchar la voz de las ovejas marginadas, pisoteadas, de los que vagan por la vida sin rumbo fijo, sin pan ni vestido.

En el rebaño cristiano nunca debe cundir el desaliento. El texto de Ezequiel termina con la promesa de un nuevo pastor que nunca nos abandona. Este pastor es Jesús, siempre fiel a su pueblo; no permitirá que sus ovejas caminemos errantes sin dirección, sin pastor.

Así lo expresa maravillosamente el salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas, me guía por el sendero justo; aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, tu vara y tu callado me sosiegan” (Salmo 23).

En el evangelio, aunque es continuación inmediata del texto del domingo anterior, el de hoy no está formulado en clave de espera, sino en situación de cumplimiento mismo: la novedad de este acontecimiento son sus participantes que lo forman todas las naciones.

Lo significativo de este texto de Mateo (25: 31-46) radica en la presencia de los paganos en el acontecimiento final, algo absolutamente impensable en la mentalidad de los judíos contemporáneos de Jesús. En sí mismo el texto es una parábola a través de la cual Jesús hace ver a sus discípulos que en el futuro el reino de Dios pueden también tener participación los que no son considerados miembros del pueblo elegido.

La imagen de un juicio universal final, sacada de este evangelio, está muy arraigada en nuestra conciencia cristiana. La idea capital para la humanidad es, no hacer de la religión condición esencial para encontrar a Dios, cualquier humano puede llegar a él, siempre que su vida tenga la calidad de la solidaridad. Es precisamente ésta la calidad que caracteriza al Dios bíblico, desde el Éxodo hasta Jesús. A través de ella es como Jesús ha revelado a Dios y como se ha convertido en Rey del universo.

En el reinado de Cristo se dan unas condiciones especiales. Jesús se identifica con los pobres y marginados del mundo. Está presente en los hambrientos, los enfermos, los presos, los necesitados. No es una presencia bajo signos, como la eucaristía, sino una unión por identificación personal.

Estos son mis humildes hermanos, nos dirá Jesús. Es el extremo profundo y final de la encarnación. Porque los pobres mueren en vida bajo la opresión de sus miserias. Son también una perpetuación de la presencia de Cristo entre nosotros por todos los tiempos.

Estos son también nuestros humildes hermanos, y a nosotros nos toca estar con ellos. Es decir, acompañándolos, compartiendo, denunciando y sanando. En una palabra, siendo solidarios o ejerciendo de samaritanos o cirineos. Al final de la jornada seremos juzgados sobre el amor.

De aquí partirá el juicio universal que todos nosotros esperamos con un único tema: la bondad verdadera. No se tratarán temas de religión, ni de fe, ni de costumbres o leyes, solo el amor real. Entonces el juez dirá a los que estén a su derecha: “Vengan ustedes, benditos de mi Padre” (Mateo 25:34).

Por razón de nuestro compromiso bautismal debemos vivir observando las leyes de Dios y haciendo el bien. No nos toca hacer contabilidad de los bienes que realizamos, aunque no podamos recordarlos, el Señor nos dirá: “Todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron” (Mateo 25: 40).

Jesús es el hombre históricamente hablando más conocido. Ejerció a cabalidad su misión de pastor y nunca se comprometió con los intereses que usan los poderosos del mundo para gobernar y dirigir. Su reinado se apoya en la justicia, la paz y el amor.

Cuando Jesús fue tentado para obtener los reinos de este mundo, los rechazó. Cuando el pueblo quiso coronarle rey, huyó al monte lejos. Los apóstoles esperaban los primeros puestos en el reino de Israel restablecido, pero Jesús les defraudó. Ante Pilatos dejó bien claro que su reino era otra cosa. No vino a dominar, sino a liberar y a servir.

Jesús es el buen Pastor y nuestro Pastor. Puso las bienaventuranzas como la carta magna del reino de Dios y en una sociedad justa, en la que los más débiles son los más favorecidos, porque su justicia es el amor. Jesús nos guía, él es nuestro camino y modelo. Nos alimenta y reúne como su rebaño. Nos invita a amar a los hermanos más humildes como él nos amó.

 

— El Rvdo. Antonio Brito es oriundo de la República Dominicana y trabaja en la diócesis de Atlanta en el Ministerio Hispano en las iglesias de San David, Roswell, y Atonement en Sandy Springs.

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