Día de Todos los Santos (A) – 2014

1 de noviembre de 2014

Apocalipsis 7:9-17; Salmo 34:1-10, 22; 1 Juan 3: 1-3; Mateo 5:1-12.

“Entonces uno de los ancianos me preguntó: ¿Quiénes son estos que están vestidos de blanco, y de dónde han venido? Tú lo sabes, Señor le contesté. Y él me dijo: estos son los que han pasado por la gran tribulación, los que han lavado su ropa y la han blanqueado en la sangre del Cordero” (Apocalipsis 7:13-14).

Celebrar la fiesta de todos los santos es motivo de alegría, esperanza, consuelo y fortaleza para toda la Iglesia peregrina. En esta celebración podemos dar gracias a Dios a todo pulmón porque “nos ha rodeado de una multitud de testigos, para que nos regocijemos en su comunión, y corramos con perseverancia la carrera que nos es propuesta, junto a ellos, recibamos la corona de gloria que no se marchita” (LOC, página 269).

Los santos, ¿cuántos son? ¿quiénes son? ¿de dónde han salido? Todas estas preguntas pueden brotar en nosotros al celebrar esta fiesta tan importante y significativa para los cristianos. En realidad de verdad no sabemos el número exacto, solo Dios lo sabe, pero san Juan Evangelista nos habla de una multitud: “Después de esto vi una gran multitud, de todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. Estaban en pie delante del trono y del Cordero, y eran tantos que nadie podía contar” (Apocalipsis 7: 9).

¿Quiénes son? Hombres y mujeres como tú y como yo que vivieron con los pies en la tierra y el corazón en Dios. Tenían la certeza que todos “los que miran al Señor quedarán radiantes de alegría y jamás serán defraudados” (Salmo 34:5). Santos son todos aquellos “que han pasado por la gran tribulación, los que han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero” (Apocalipsis 7:14). Son los de todas las generaciones que han permanecido firmes en la fe hasta el fin y que se vistieron con la justicia de Cristo y con su sangre fueron limpios de sus pecados y ahora sirven a Dios en su presencia.

En el evangelio de hoy, muy apropiado para la fiesta que celebramos, san Mateo nos presenta un mensaje revolucionario que atenta contra los criterios de este mundo. Este texto conocido como las bienaventuranzas es un super programa para una vida cristiana auténtica. Jesús llama felices a los que hacen suyas ciertas actitudes evangélicas, como son la misericordia, la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la pureza interior, el deseo de justicia y de paz y el soportar con paciencia los sufrimientos. Pero, ¿por qué el mensaje de las bienaventuranzas es revolucionario? Pues, porque contradice los criterios del mundo.

Mientras el mundo enseña que para ser bienaventurado o bienaventurada una persona debe ser rica y autosuficiente, Jesús enseña que para ser verdaderamente feliz uno debe primero volverse pobre, es decir, vaciarse de las cosas del mundo, egoísmos, ambiciones, etc. para llenarse de su Espíritu. Ser pobres de espíritu es reconocer que somos débiles pecadores que necesitamos la misericordia de Dios, que no podemos seguir a Jesucristo con nuestra propia fuerza.

Todos los santos se hicieron pobres de espíritu; al conocer la grandeza y la bondad de Dios se consideraron pobres y desgraciados en comparación con él; por eso fueron agradables ante la presencia del Dios que dice: “Yo habito en las alturas y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Isaías 57:15). El mundo dice: “no llores”; Jesús dice: “bienaventurados los que lloran porque recibirán consuelo”. Jesús quiere que lloremos después de reconocer nuestros pecados. El mundo nos invita a ser orgullosos, a buscar la felicidad en el dinero, el poder y el prestigio, pero Cristo dice: “Bienaventurados los mansos y humildes” ante los demás. Esta inversión de valores provoca una revolución en nuestras vidas que abarca todo nuestro ser interior y exterior, espiritual y humano, individual y comunitario.

El cambio que Jesús anuncia a sus discípulos y a la multitud que le escuchaba “supone una modificación sustancial de los modos de pensar y hacer en dirección de Dios. Lo que se pide es una verdadera revolución interior, que luego se plante en toda vida concreta de cada uno. Es un dirigir el alma en otra dirección. Y por eso toda conversión implica ruptura con lo que se es, guerra con nuestro propio pasado. No simple ascesis, sino una nueva disposición para las exigencias de Jesús. Literalmente un nuevo nacimiento, como diría Jesús a Nicodemo” (Martin Descalzo, José Luis: Vida y Misterio de Jesús de Nazaret II, pág. 25, Ed. Sígueme, Barcelona 1994).

En medio de una sociedad violenta como la que estamos viviendo, donde incluso muchos cristianos se sienten tentados a usar practicas violentas para conseguir sus propósitos estamos llamados a vivir y predicar el espíritu de las bienaventuranzas con diligencia si es que queremos formar fila entre los santos, pues ellas expresan de forma sencilla las cualidades básicas que ha tener todo el que pretenda conquistar el reino de Dios. Como Iglesia peregrina estamos interpelados a ser testimonio de amor. De ese amor del que nos amó primero y se entregó por nosotros cuando aún no lo merecíamos.

El día de nuestro bautismo comenzamos nuestro peregrinar hacia Dios, comenzamos a ser cristianos, pero no podemos conformarnos con el título como si de una graduación se tratara, más bien asumimos un compromiso, hicimos una promesa: seguir unidos a Dios y servirle a través de los hermanos. Pero la vida cristiana es como un camino largo y difícil, que no podemos caminar solo contando con nuestra propia fuerza e inteligencia, necesitamos el auxilio de Dios, y él nos lo da por medio de su palabra, de la liturgia (celebración de los sacramentos) y a través de los hermanos en la comunidad cristiana, espacio en el cual podemos vivir el amor y la unidad como signo de una fe verdadera.

En el bautismo nos hicimos hijos de Dios como bien expresa san Juan Evangelista: “Miren cuánto nos ama Dios el Padre, que se nos puede llamar hijos de Dios, y lo somos. Y aunque no se ve todavía lo que seremos después, sabemos que cuando Jesucristo aparezca seremos como él, porque lo veremos tal como es. Y todo el que tiene esa esperanza en él, se purifica a sí mismo, de la misma manera que Jesucristo es puro” (1 Juan 3:1, 2-3).

Si tal es nuestra realidad y nuestra esperanza, en comunión con todos los santos “desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en aquel que inició y consumó la fe, en Jesús” (Hebreos 12:1).

Así en la constante presencia de Jesús transformaremos la pobreza material en pobreza espiritual o confianza total en la voluntad del Padre, las aflicciones en consuelo, asociando los sufrimientos de la vida presente a los sufrimientos eternos de Cristo. En lugar del odio y la violencia pondremos la misericordia y la solidaridad. Llevaremos una vida honrada y limpia. Entonces podemos ser contados entre los ciudadanos del reino de Dios.

 

— El Rvdo. Ramón A. Betances vicario en las misiones hispanas de la Iglesia Episcopal San Benedicto y el Buen Pastor, Diócesis de Atlanta, Ga.

 

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