Propio 20 (A) – 2014

21 de septiembre de 2014

Jonás 3:10-4:11; Salmo 145:1-8; Filipenses 1:21-30; Mateo 20: 1-16.

El libro de Jonás es uno de los más breves de la Biblia, pero, por su mensaje, debería ser considerado como uno de los más grandes. Para entender mejor el mensaje de la lectura de hoy debemos hacer un breve recuento de esta historia.

Dios le pide a Jonás que vaya a Nínive, cuyos habitantes eran aborrecidos por los hebreos, a decirles que si se arrepienten Dios no les va a destruir. Esto le molesta a Jonás, pues piensa que se merecen el castigo. Jonás en vez de ir al Este donde está Nínive, se va al Oeste.

A veces,  nosotros podemos identificarnos con la acción de Jonás. Dios nos guía en cierta dirección y nos tomamos otra. Jonás está molesto. No quiere tener éxito, porque los ninivitas podrían arrepentirse y de este modo escapar la destrucción. Jonás se escapa en un barco, pero de repente se avecina una tormenta y los marineros lo tiran al agua porque la tormenta se había formado por culpa de Jonás. Es capturado misteriosamente por un gran pez y llevado hasta la orilla, a la dirección a la que él debía ir. Nuevamente, la orden divina es escuchada, “¡Ve a Nínive!”

Finalmente, Jonás llega a Nínive y proclama el mensaje de Dios sobre la destrucción que les esperaba si no se arrepienten. Los ninivitas ayunan y se arrepienten; todos tratan de ser lo mejor que puedan y Dios les perdona y no les castiga. Esto hizo que Jonás se pusiera furioso ya que seguía odiando a los ninivitas. Se resiste a la idea de que Dios les aceptara. Jonás es egoísta, lleno de prejuicios contra los ninivitas y se creía “mejor que ellos”. ¿Por qué? Porque Jonás sabía dos cosas: primero, que odiaba a los ninivitas, ya que eran ciudadanos del imperio asirio, el cual había conquistado y oprimido muchas veces al pueblo de Israel. Segundo, Jonás sabía lo misericordioso y compasivo que Dios podía ser hacia las personas que sinceramente se arrepienten.  Jonás, conociendo lo misericordioso que es Dios, temía que los perdonara.

El odio y el miedo siempre nos paralizan al igual que a Jonás. Cabe preguntarse si Dios nos ha dado alguna misión en la vida y si la estamos ignorando, quizás, paralizados por el miedo o el odio. ¿Acaso nos encontramos en medio de una tormenta porque ignoramos el llamado de Dios?

El mensaje de este libro es un llamado a colocar las cosas en su “propia perspectiva”. Cuando Dios perdona a los ninivitas, Jonás comienza a sentir pena de sí mismo, y piensa que Dios lo ha hecho el hazmerreír del pueblo y un mentiroso. El enfado de Jonás es tan grande que desea hasta la misma muerte. Es obvio que Jonás ha perdido todo sentido de perspectiva sobre sí mismo y sus problemas. Una derrota pequeña se convierte en algo tan inmenso en su mente que no es capaz de ver más allá. Dios tiene que enseñar a Jonás la importancia de tener una perspectiva apropiada en la vida.

¡Cuán cierto es esto en nuestras vidas! ¡Cuántas veces las cosas que nos frustran hasta el punto de incapacitarnos, nos resultan insignificantes cuando las miramos con un poquito de despego y en su propia perspectiva! En un matrimonio, las más amargas y destructivas peleas y las más crueles e insensibles palabras a menudo surgen de situaciones que más tarde nos parecen bochornosamente sin importancia. Amistades de muchos años terminan debido a malos entendimientos ya que las personas envueltas en el problema se aferran tanto a sus propios dolores que se pierde todo el sentido de juicio y proporción del problema.

¡Es tan fácil sentir lástima de nosotros mismos y sentirnos víctimas cuando creemos que nuestro problema es más importante que el de los demás! Entonces permitimos que nuestros problemas nos dominen y nos ahoguen emocionalmente hasta que nos sucede algo que nos permite ver las cosas desde una perspectiva más fiel a la realidad. La muerte trágica de algún ser querido; un accidente de auto que deja a alguien incapacitado por el resto de su vida; una enfermedad incurable de un amigo. Entonces, de repente nos damos cuenta que nuestros problemas, que parecen ser tan grandes, los ponemos en perspectiva y comienzan a desvanecerse.

La historia de Jonás nos enseña que nunca debemos llegar al punto de sentirnos paralizados o sentir una lástima exagerada hacia nosotros mismos cuando enfrentamos dificultades. Muchas veces nos engañamos dándole a nuestro propio dolor más seriedad de la requerida.

Segundo, el libro de Jonás nos enseña a preocuparnos por el bienestar común del mundo entero. El error de Jonás no fue sólo que sintió lastima de sí mismo, sino más bien que Jonás no podía identificarse con el sufrimiento ajeno, y por eso estaba enfadado con Dios por haber salvado la vida a los ninivitas. Una vez más, Dios tiene que enseñarle a Jonás sobre el bienestar común.

Al igual que Jonás, a veces, nosotros también perdemos esa básica condición humana de preocuparnos, de tener compasión y amar a todas las personas, en especial aquellos que no conocemos o que no nos caen bien. Si no nos sucede a nosotros personalmente, o a alguien que conocemos, o a un ser allegado, entonces tenemos la tendencia de ignorar el dolor, los temores ajenos. Ya sean los vecinos del frente, o al otro lado del mundo, Dios nos llama a tener compasión, a apoyar a todo ser humano porque todos somos parte de la gran familia de Dios. Algo que proclama este libro de Jonás es precisamente su mensaje de amor universal. Jonás fue enviado a profetizar no a los israelitas, sino a los habitantes de Nínive, los enemigos de Israel.

Finalmente, el libro de Jonás proclama en términos inequívocos que no podemos escarparnos de la responsabilidad. Jonás, al escuchar el mandato de Dios, preguntó: ¿por qué yo? Y por eso decide escaparse de la presencia de Dios, escaparse de la responsabilidad que Dios le dio.

Al igual que Jonás, cada uno de nosotros tiene un llamado de Dios muy específico. Dios nos llama a diario a dar un paso al frente para ser capaces de ver la presencia de Dios en nuestros niños, cónyuges y compañeros, incluyendo, nuestros compañeros de trabajo. Dios nos llama a que nos preocupemos por su pueblo, ya sea en nuestra ciudad, o en otras alrededor del mundo. Dios nos llama a que seamos su voz, manos y piernas, en la creación de un reino de paz, justicia y amor aquí en la tierra.

Antiguamente en algunas tiendas de música vendían grandes sinfonías, pero a las que les faltaba la partitura de algún instrumento. Esto obligaba a quienes quisieran tocar esa pieza musical a reconocer la necesidad de otros músicos para poder ejecutarla.

La misma vida que Dios nos ha dado es como una sinfonía en la que falta una partitura musical: la nuestra. Al igual que Jonás, nosotros a veces quisiéramos rehusar el interpretar nuestra parte y aislarnos en silencio. Al igual que Jonás, a veces perdemos el sentido de perspectiva sobre nosotros mismos o sobre otros al interpretar tan alto que olvidamos el resto de las personas. Al igual que Jonás, a veces en nuestro egoísmo y falta de compasión por los demás, solo tocamos nuestra melodía sin importar las melodías en las vidas de otros.

Pero al igual que Jonás, en su irresponsabilidad y egoísmo, también podemos aprender de nuestros errores. Podemos aprender lo que es ser compasivos y responsables de los abundantes dones que Dios nos ha dado individual y colectivamente. Y en esta compleja, pero maravillosa sinfonía de la vida que Dios nos ha dado, podemos tocar nuestra parte, colaborando con otros y bajo la dirección de Dios, el gran conductor de “la sinfónica de nuestras vidas”.

 

— El Rvdo. Abel E. López es rector de la Iglesia del Mesías en la ciudad de Santa Anta, Calif.

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