Propio 17 (A) – 2014

31 de agosto de 2014

Éxodo 3:1-15 y Salmo 105:1-6,23-26,45c; (o Jeremías 15:15-21 y Salmo 26:1-8); Romanos 12:9-21; Mateo 16:21-28.

En el evangelio de hoy Jesús anuncia su pasión creando en sus discípulos varias reacciones. Pero ¿cómo es que Jesús sabía lo que le iba a suceder? No hablamos aquí de una visión extraordinaria que conoce ya todo el porvenir, sino de la acción de todo profeta que sabe que al enfrentarse al poder reinante tiene consecuencias.

Jesús se acerca a la ciudad de Jerusalén que es el centro de la fe y del poder tanto religioso como político. Sabe que su fama se ha extendido tanto que ha creado muchas interrogantes en el sumo sacerdote y en los dirigentes del templo. Todo profeta sabe que entrar en el centro del poder es como entrar en la boca del lobo. Jesús reconoce que sus acciones no son aprobadas y que se enfrenta a una persecución inminente.

Para poder entender este texto tenemos un ejemplo de una persona que podemos considerar uno de los profetas modernos. Apenas hace unos meses, en diciembre de 2013, falleció Nelson Mandela. Mandela fue uno de los grandes defensores de la justicia en los acontecimientos que ocurrieron en Sudáfrica después de la Segunda Guerra Mundial. En ese país, bajo la opresión holandesa se introdujo un sistema de segregación racial conocido como Apartheid (que significa estar separado) en donde los derechos de la mayoría negra eran eliminados. Se hacía una división de cuatro grupos raciales: blancos, negros, de color e indígenas. Se construyeron áreas urbanas segregando a todos los que no eran blancos y forzando la “re locación” de mucha gente debido a su color. La representación política de toda la gente de color fue eliminada. Solo la gente blanca tenía poder político. Se llegó hasta el extremo de decir que la gente negra había perdido su ciudadanía. El gobierno, dominado por los blancos, segregó la educación, el cuidado médico, los servicios públicos y el derecho a usar las playas.

Todo esto encontró gran resistencia entre la gente de color provocando una fuerte violencia. Lo que condujo a que todo movimiento organizado en contra del Apartheid fuera reprimido y sus líderes encarcelados. En este contexto aparece un abogado del pueblo. Nelson Mandela que es nombrado superintendente de la organización que presidió en 1955 el Congreso Popular. Todo intento de acabar con el Apartheid era enfrentado con violencia y cárcel.

¿Creen ustedes que Nelson Mandela no sabía a lo que se estaba enfrentando? Su determinación por recobrar la justicia para toda la gente de color era enfrentarse a los que controlaban el poder político. Y efectivamente, después de varios intentos, el gobierno manejado por Apartheid arrestó en 1962 a Nelson Mandela y lo condenaron a prisión de por vida, por estar causando sabotaje al gobierno.

Los intentos de reforma del Apartheid no tuvieron éxito y en 1990 el presidente Frederick Willem comenzó negociaciones para eliminar ese sistema, culminando en elecciones democráticas que incluyeran a todos los grupos raciales. En 1994, el Congreso Nacional Africano, encabezado por Nelson Mandela, gana las elecciones. Los 27 años de prisión fueron los que lograron justicia para el pueblo sudafricano. Un sacrificio enorme. Obviamente fue un hombre el que enfrentó dudas y momentos de oscuridad y quizás hasta el deseo de renunciar a la causa por la que luchaba. Sin embargo, hoy es recordado y celebrado por el pueblo sudafricano como el Padre de la Patria.

Podemos ahora entender lo que Jesús anuncia a sus discípulos si se acerca al centro del poder religioso, el Templo de Jerusalén. Lógicamente se enfrentará a la oposición. La intención de Jesús no es crear una confrontación contra los dirigentes del Templo, pero sí cuestionar la integridad del mensaje religioso. Entonces Jesús comenta que “los sumos sacerdotes y los maestros de la ley lo iban a hacer sufrir mucho y que incluso debía ser ejecutado”. Este comentario seguía la lógica de la acción profética que Jesús venía realizando en los alrededores de Jerusalén. Jesús conocía la suerte que todos los profetas anteriores a él habían corrido y al situarse en la misma línea aceptaba las consecuencias. Pero quizás sus discípulos seguían esperando un movimiento diferente en el que los seguidores de Jesús lo cubrieran de gloria y alabanzas, por ello, este comentario que habla de sufrimientos no es bien recibido.

Entonces Pedro se acerca a Jesús y lo lleva aparte para reprenderlo y lograr que cambie de opinión: “¡Dios no lo permita, Señor! Nunca te sucederán tales cosas”. Pedro representa en este momento la visión normal de toda persona que se une a un movimiento, que es la del éxito. Pedro no ha seguido a Jesús esperando ser perseguido, sino al contrario, él y los demás discípulos esperaban un cambio visible de la realidad, y esperaban salir triunfadores en la causa que perseguían.

La visión de Jesús va más allá de lo que Pedro puede anticipar. Jesús reprende a Pedro llamándolo satanás. “¿Quieres hacerme tropezar?” le pregunta Jesús. “Tus ambiciones no son las de Dios, sino las de los hombres”. La misión de Jesús no radica en la fama, sino en el de mantenerse fiel al mensaje que ha predicado, y a la persecución que padecerá por ese mensaje. Su triunfo está en su fidelidad al mensaje. Esta es una visión no inmediatamente accesible a los discípulos. La entenderán más tarde.

Jesús se dirige a todos los discípulos indicándoles que tienen que ver con nuevos ojos la misión a la que los ha llamado: “El que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga”. Nuevamente el ejemplo de Mandela nos permite entender esta frase de Jesús. Mandela aceptó las consecuencias de enfrentarse al poder injusto del Apartheid, sufriendo muchos años de prisión sin claudicar, y en el momento de su liberación encabezó al partido que finalmente ganó la elección democrática.

La lucha del bien contra el mal, de la justicia para todos, es una cruz difícil de cargar. Es una cruz que cada uno de los que siguen a Jesús está invitado a cargar. La renuncia de sí mismo es el sentirnos dentro de una causa mucho más grande que nosotros mismos. Es donde nos convertimos en canales de paz para otros, vehículos de algo más allá de nosotros mismos. Y esto también lo profetizó Jesús: “El que quiera asegurar su vida, la perderá, pero el que sacrifique su vida por causa mía, la hallará”.

El sentido de sacrificio vuelve a resaltar en la visión de Jesús. La aceptación de las consecuencias da validez a su mensaje y es esto mismo lo que se transmite a cada uno de nosotros al seguir a Jesús. El ser ofrenda en favor de otros da sentido al mensaje cristiano.

No temamos cuando encontremos persecución por ser discípulos de Cristo, no desfallezcamos ante las dificultades si lo que hacemos se encuentra dentro de la visión de Cristo. La ofrenda de nosotros mismos tendrá un inmenso sentido.

— El Rvdo. Enrique Cadena que pertenece a la Diócesis de Arizona y es oriundo de México. 

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