Propio 14 (A) – 2014

10 de agosto de 2014

Génesis 37:1-4, 12-28 y Salmo 105:1-6, 16-22, 45b (o 1 Reyes 19:9-18 y Salmo 85:8-13); Romanos 10:5-15; Mateo 14:22-33;

En el evangelio de hoy encontramos un texto que es una metáfora, es decir, una narración cuyas partes están compuestas para ofrecernos una enseñanza y no necesariamente darnos un hecho histórico. El mensaje que podemos sacar de los símbolos expuestos es lo que nos interesa. Para entender el texto necesitamos ser conscientes del contexto histórico.

Mateo escribe aproximadamente al final de los años ochenta y es muy probable que se base en san Marcos que es el primer evangelio escrito. Para ese entonces Pablo había ya extendido su mensaje a comunidades no judías y alrededor del año 64 había muerto. Pedro siguió a Pablo por los lugares que predicó, confirmando el mensaje de Pablo y hacia el año 65 fue crucificado. Por el año 68 se inicia una represión contra los judíos por parte de los romanos y esto causa la muerte del apóstol Santiago que era el líder de la comunidad cristiana en Jerusalén. Y en el año 70 la fuerte represión romana culmina con la destrucción del  Templo de Jerusalén. Podemos decir entonces que cuando Marcos escribe su evangelio había un sentimiento de desaliento en las comunidades cristianas que también habían perdido a sus líderes. Pensar en este momento es como sentir que hay una gran tempestad que sacude a las comunidades cristianas.

Era necesario que esas comunidades superaran el miedo y mantuvieran la fe y confianza en medio de tantas adversidades. Esto causa que se escriba el mensaje esencial de Jesús y con ello aparece el evangelio de Marcos, que será seguido por el de Mateo y Lucas. En ellos encontramos la frase de “no tengan miedo” repetida una y otra vez. Este es el contexto que enmarca el evangelio que escuchamos hoy.

Mateo nos presenta a Jesús haciendo que sus discípulos se embarquen solos (v.22).  Las comunidades cristianas se habían extendido gracias al apoyo y predicación de sus líderes, Pablo, Pedro, y Santiago. Pero había llegado el momento en que tenían que continuar solos. Y todos sabemos que empezar a realizar las cosas por nosotros mismos es un gran paso. Nos gusta que siempre esté alguien que nos dirija y que nos explique todo sin dificultad. Pero el alumno nunca crecerá si el maestro está siempre ahí con él. Hay un gran paso en la vida de toda persona cuando se empieza a realizar las cosas por uno mismo, crecemos increíblemente cuando asumimos la responsabilidad de nuestra propia vida. El niño que empieza a caminar por sí mismo se hace independiente. Es la ley de la vida, y para las primeras comunidades cristianas no fue diferente, pues al quedarse sin sus líderes tuvieron que embarcarse solos y seguir la aventura del anuncio de la buena nueva en Jesucristo.

Sabemos que varios de los discípulos eran pescadores y por lo tanto estaban acostumbrados al oleaje de aquel lago, por eso la barca se convierte en un símbolo que todos podían entender. Subir a la barca es como entrar en el misterio mismo de nuestra vida. Sentirnos algo al realizar aquello a lo que hemos sido llamados y es ahí cuando estamos solos con toda la responsabilidad en nuestras manos, cuando podemos apreciar los fuertes vientos que se hacen tempestad y sacuden nuestra barca.

Todos hemos vivido el temor de que nuestra barca pueda hundirse. El fracaso aterra a muchos, el tambalearnos en nuestra identidad aterra a otros, iniciar cosas nuevas nos causa la experiencia del miedo. Las comunidades cristianas se encontraban en un tiempo de transición sin líderes, la comunidad judía había perdido su Templo, centro de su fe e identidad. Los judíos cristianos también han perdido a sus líderes.

En medio de todas estas adversidades Mateo invita al re-encuentro con Jesús que es capaz de librarnos de esta angustia y viene a nuestro encuentro. Jesús camina por encima de toda adversidad, camina con paso firme en donde ni siquiera hay camino y Mateo dice que Jesús vino a sus discípulos caminando sobre las aguas y ellos, en medio de su angustia y del temor, no lo reconocen y creen que es un fantasma.

El miedo se ha apoderado de ellos y pierden la visión y no reconocen. Sabemos que el miedo nos paraliza y es fuente de nuestros fracasos. El que se llena de miedo ya no se mueve y hasta ve lo que no existe. Solo en el re-encuentro con Jesús podemos escuchar su voz que nos dice: “Animo, no teman, que soy yo” (v.27). Esta es la invitación para todas las comunidades cristianas de ese tiempo tan difícil y sigue siendo la invitación para cada uno de nosotros en el momento presente. Jesús camina por encima de cualquier adversidad y nos invita a confiar en él que viene a nuestro encuentro, “no teman”.

Mateo nos presenta a un Pedro que quiere seguir a Jesús por encima de las aguas. “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua” (v.28). Cuando este texto se escribió Pedro había ya corrido la misma suerte de Jesús. Pedro será la imagen del que se arriesga, del que habla de más, del que tuvo la experiencia de negar a su maestro y murió como su Maestro. Jesús le dijo: “ven” y Pedro bajó de la barca para ir hacia él.

Las comunidades cristianas necesitaban nuevos líderes que pudieran ser testigos de que en Jesús se podía superar toda adversidad, y que tenían la valentía de escuchar el llamado de Jesús e ir hacia él bajando de la barca. Así hoy, para cada uno de nosotros, Jesús está por encima de toda preocupación y viene a nuestro encuentro. Venciendo nuestro temor podremos escuchar su clara voz que nos dice: “ven”.

“Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero el viento seguía muy fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: “¡Señor, sálvame!” Al instante Jesús extendió la mano y lo agarró diciendo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has vacilado?” (v. 29-31).

Las  comunidades cristianas tienen que escuchar que no tienen que vacilar, que no tienen que dudar, que es necesario fortalecer la fe y que si creen el viento dejará de golpear. Aún con la perdida de sus líderes y las persecuciones de los romanos, las comunidades siguieron extendiéndose y el movimiento cristiano ya no se pudo detener.

Hoy, el grito de no vacilar resuena en nuestro corazón. Solo fortaleciendo la fe en el re-encuentro con Jesús que nos da la mano podremos ser testigos de su presencia y amor en este mundo que golpea nuestra barca. “¡No seas persona de poca fe!”, “¡no vaciles!” Nuestra barca continuará su marcha y los vientos se calmarán si confiamos en Jesús que nos toma de su mano y fortalece nuestra fe.

 

— El Rvdo. Enrique Cadena, mexicano, trabaja en la Diócesis de Arizona.

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