Propio 12 (A) – 2014

27 de julio de 2014

Génesis 29:15-28; Salmo 105:1-11, 45b; Romanos 8:26-39; Mateo 13:31-33, 44-52.

Continuamos con el relato del reino de los Cielos por parte de Jesús mediante parábolas llamadas “del Reino de los Cielos”, parábolas cortas que van llevando el mensaje del Señor a sus seguidores, principalmente a sus discípulos.

La primera de ellas dice: “Jesús también les contó esta parábola: ‘El reino de los cielos es como una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo.  Es, por cierto, la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece, se hace más grande que las otras plantas del huerto, y llega a ser como un árbol, tan grande que las aves van y posan en sus ramas”.

Es que el reino de los cielos es algo insignificante ante los ojos humanos, que la mayoría de las veces no trasciende. El ser humano que no ha nacido del Espíritu Santo no logra ver ni entender los misterios de Dios, es intranscendente, no logra descubrir en las cosas de la vida cotidiana la presencia de Dios.

He aquí pues el mensaje de Jesús acerca del reino de los cielos usando lo cotidiano, lo sencillo, lo formal, para llevar a sus interlocutores, gente sencilla también, el mensaje grandioso del reino de Dios y su justicia. Es como una semilla de mostaza, “la más pequeña de todas las semillas”…pero que… “llega a ser un árbol, tan grande que las aves van y se posan en sus ramas”.

Es el reino de Dios tan simple ante los ojos humanos, que llega a ser, lo más grande que existe en toda la creación, que incluso allí pueden reposar todos, seres humanos y creación entera. Nos hemos acostumbrado a las cosas monstruosas, espectaculares, que el misterio de Dios pasa desapercibido, que no podemos ver ni entender con la inteligencia que poseemos de seres limitados espiritualmente.

De ahí que los milagros que Dios efectúa en nosotros no logremos percibirlos, detectarlos, descubrirlos, para dar testimonio de ellos. No podemos hablar de lo que no vemos y de lo que no experimentamos. Dios realiza cada día, en cada ser humano, creyente o no, el maravilloso milagro de la vida, entre muchos milagros más.

Jesús continua exponiendo el mensaje del reino con otra parábola llamada “de la levadura”, que fermenta la masa.  “También les contó esta parábola: ‘El reino de los cielos es como la lavadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina para hacer fermentar toda la maza’”.

El reino es fermento de la comunidad de los creyentes, se mete en ellos y en sus vidas, de tal manera que cambia toda su existencia. Y si el reino de los cielos fermenta nuestras vidas, nosotros estamos llamados a ponerle fermento a lo que está en nuestro contorno, a lo que nos rodea. Así como la levadura hace subir la masa, de la misma manera nuestra vida, nuestro testimonio, nuestro comportamiento y obras deben hacer subir, agrandar, alterar, la vida de los demás. Un cristiano que pasa desapercibido ante los demás, no será digno de llamarse discípulo de Cristo. Tenemos que fermentarlo todo, alterarlo todo, hacer que todo crezca en gracia divina para gloria de Dios.

A esta misma línea de pensamiento y de ideas, se une san Pablo en su carta a los Romanos,  donde se refiere a la obra salvadora de Dios, allí podemos leer: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes le aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo a su propósito”. A quienes pertenecen al reino de los cielos, como destinatarios de la salvación, que han escuchado el llamado y han respondido a él. Las parábolas del reino de los cielos tienen el propósito de hacer el llamado a quienes las escuchan, para que acepten la invitación que Cristo hace y su respuesta sea positiva. Y como bien dice la carta a los romanos, serán llamados según el propósito de Dios, según su interés y plan.

Siguiendo con el análisis del evangelio de este domingo, Jesús expone el tema del reino de los cielos a través de otras cuatro parábolas: “La parábola del tesoro escondido”, “La parábola de la perla de mucho valor”, “La parábola de la red” y, “La parábola de lo nuevo y de lo viejo”.

La “del tesoro escondido”,  dice: “El reino de los cielos es como un tesoro escondido en un terreno. Un hombre encuentra el tesoro, y lo vuelve a esconder allí mismo; lleno de alegría, va y vende todo lo que tiene, y compra ese terreno”.

Pero sigamos leyendo la parábola de la perla de gran valor “sucede también con el reino de los cielos como con un comerciante que andaba buscando perlas finas; cuando encontró una de mucho valor, fue y vendió todo lo que tenía y compró esa perla”.

Las parábolas del tesoro y de la perla son gemelas, con imágenes diferentes: un labrador que descubre un tesoro en el campo y un mercader que encuentra una perla extraordinaria. En ambas parábolas destaca el valor del reino de los cielos como un gran hallazgo; los otros valores de la vida son de menos valor, es decir, nada vale más en la vida que el reino de los cielos. De allí que convertirse, consiste en cambiar de valores, es lo que se llama una “transvaloración”.

La parábola de la “red”: “Sucede también con el reino de los cielos como con la red que se echa al mar y recoge toda clase de pescado. Cuando la red se llena, los pescadores la sacan a la playa, donde se sientan a escoger el pescado; guardan el bueno en canastas y tiran el malo. Así también sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles para separar a los malos de los buenos, y echarán a los malos en el horno de fuego. Entonces vendrán el llanto y al desesperación”.

La parábola de la red de pescar describe una escena diaria en el lago de Galilea. El centro de esta parábola no está en el número de peces, sino en la selección que se hace después de la pesca. Es semejante a la parábola del trigo y la cizaña: apunta a la necesaria convivencia de personas buenas y malas y a que todos tenemos algo de bueno y algo de malo hasta el final de la historia.

Finalmente, analicemos la parábola de lo “viejo y lo nuevo”,  “Jesús preguntó: ¿Entienden todo esto? Sí, contestaron ellos. Entonces Jesús les dijo: cuando un maestro de la ley se instruye acerca del reino de los cielos, se parece al dueño de una casa, que de lo que tiene guardado sabe sacar cosas nuevas y cosas viejas”.

Haciendo un análisis general de las parábolas que hemos visto, podemos decir que la verdadera comunidad de los hijos de Dios se descubrirá al final, cuando estemos libres de toda clase de esclavitudes: mentiras, injusticias, muerte y pecado. La “selección” equivale a evaluación, a revisión de vida, a saber elegir, a discernir. Los “escribas” saben muchas leyes y no poca teología, pero se aferran a lo “viejo”, en tanto que los discípulos se atienen a lo “nuevo”, al reino presente.

 

— El Rvdo. Dr. Hernán Afanador-Kafuri, PhD, durante diez años ha residido y trabajado en la Diócesis de Alabama. Casado con Patricia; tiene dos hijos varones. Original de Colombia, llegó a Estados Unidos en 1990.

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