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Propio 11 (A) – 2014

20 de julio de 2014

Génesis 28:10-19ª; Salmo 139:1-12,22-23; Romanos 8:12-25; Mateo 13:24-30, 36-43.

Hemos venido exponiendo y analizando las parábolas del reino de Dios, comparaciones que nos llevan a entender lo que significa reino de Dios y la manera cómo obra en y entre nosotros. Pero surge una pregunta o quizás varias ¿qué es el Reino de Dios?

Respondamos con la misma Palabra de Dios: “está en el corazón de las personas de buena voluntad”. Es el mismo Dios que habita en nosotros, si de verdad somos personas de buenas obras, de buenos deseos y de buenos propósitos. En pocas palabras, donde habita Dios, allí esta su reino.

Entonces Jesús para llevar su mensaje a los que le siguen, le escuchan, e incluso, persiguen, usa las parábolas para que el mensaje llegue a sus interlocutores, incluidos sus discípulos. Son ejemplos de la vida diaria, de la cotidianidad de las personas de Israel, sencillos relatos que permiten que el mensaje sea entendido y asimilado. En el evangelio de hoy Jesús expone la parábola de la mala hierba o cizaña.

Es normal que durante el crecimiento de lo que se ha sembrado, crezca también la cizaña o mala hierba, llamada también maleza, la cual impide el buen crecimiento de las plantas, incluso roba el abono o fertilizante, lo que hace que el campesino, no logre una buena cosecha. Para evitar el crecimiento de esta maleza, se han inventado numerosos químicos y también otra clase de remedios orgánicos que la controlan. Entonces, ¿qué hacer frente a este mal?

Al leer este pasaje evangélico, Jesús dice a sus discípulos y seguidores: “Sucede con el reino de los cielos como con un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero cuando todos estaban durmiendo, llegó un enemigo, sembró mala hierba entre el trigo y se fue”. La cizaña es una hierba venenosa y embriagadora que, cuando esta germinando, se parece al trigo, pero que, una vez crecida, es de menor altura. El trigo se distingue de la cizaña por sus frutos. Al ser la cizaña una planta nociva, en el Antiguo Testamento es usada para hacer referencia a los pecadores. Como las zarzas, la cizaña representa a los que se oponen al crecimiento del reino de Dios.

Siguiendo con la lectura del presente evangelio, podemos ver el desarrollo de este relato: “Cuando el trigo creció y se formó la espiga, apareció también la mala hierba. Entonces los trabajadores fueron a decirle al dueño: ‘Señor, si la semilla que sembró en el campo era buena, ¿de dónde ha salido la mala hierba?”. “El dueño les dijo: ‘Algún enemigo ha hecho esto’. Los trabajadores le preguntaron: ¿Quiere usted que vayamos a arrancar la mala hierba?”. “Pero él les dijo: ‘No, porque al arrancar la mala hierba pueden arrancar también el trigo, lo mejor es dejarlos crecer juntos hasta la cosecha; entonces mandaré a los que han de recogerla que recojan primero la mala hierba y la aten en manojos, para quemarla, y que después guarden el trigo en mi granero”. Evidentemente, en cualquier campo hay hierbas dañinas que es difícil eliminar. Solo es posible separar la cizaña del trigo después de la cosecha con un aparato especial llamado tamiz, el cual hay que calibrar bien, ya que los granos de la cizaña son más pequeños que los del trigo. Luego, la cizaña se quema, y el trigo se lleva al granero. Del verso 36 al 43, Jesús explica a sus discípulos en privado la parábola de la cizaña: “Jesús despidió entonces a la gente y entró en la casa, donde sus discípulos se le acercaron y le pidieron que les explicara la parábola de la mala hierba en el campo”.

Si leemos detenidamente los versículos antes mencionados, podemos entender claramente esta parábola de la mala hierba, donde Jesús es el sembrador junto al Padre celestial, la siembra se da en el campo de este mundo donde vivimos. Aquellos de buena voluntad, son la buena semilla, en tanto que la mala hierba está representada por aquellas personas que obran mal, seducidos por la cizaña, que es una planta seductora, que ha engañado a muchos, unos han caído, otros no se han dejado engañar, optando por el reino de Dios.

Juntos crecen en este mundo: los humanos de buenas obras, expandiendo el amor, la justicia, la paz; en tanto que otros de mal corazón, permanecen en este mundo seduciendo a otros, haciendo malas obras carentes de amor, paz y justicia. Dios cosecha al final de los tiempos, separa el trigo de la cizaña. A los que han permanecido haciendo mal, serán echados al fuego, donde, como dice el evangelio… “vendrá el llanto y la desesperación”. En tanto que los que han practicado el amor junto a la justicia y la paz, “brillarán como el sol en el reino de su Padre”.

Muchas personas cristianas y no cristianas, al observar y vivir las penurias de este mundo, los asesinatos, el hambre que sufren millones, la miseria extrema de otros tantos, se quejan ante Dios, expresando, que si Dios existe, ¿por qué no hace justicia? ¿Por qué no erradica el mal de este mundo cruel?, olvidando que Dios nos creó a todos en la libertad de escoger lo que es positivo y lo que no lo es. Muchos se olvidan de que somos los inventores de los males y de la destrucción, seducidos por el demonio, que es el “enemigo” en el presente evangelio, aquel que se aprovecha de la “noche” del pecado para sembrar la “mala hierba”, principio de todo mal, destrucción, caos.

Ya en el libro del Génesis donde se narra el sueño que tuvo Jacob: “Allí tuvo un sueño, en el que veía una escalera que estaba apoyada en la tierra y llegaba hasta el cielo, y por la cual los ángeles de Dios subían y bajaban. También veía que el Señor estaba de pie junto a él, y que le decía: ‘Yo soy el Señor, el Dios de tu abuelo Abraham y de tu padre Isaac. A ti y a tus descendientes les daré la tierra donde estas acostado… Yo estoy contigo; voy a cuidarte por dondequiera que vayas, y te haré volver a esta tierra. No voy a abandonarte sin cumplir lo que te he prometido”. Lo que significa que Dios acompaña siempre a quienes se dedican a obrar bien, a quienes son de buena voluntad, a quienes cumplen a cabalidad su ley.

Y respecto de la libertad en la que hemos sido creados por Dios, san Pablo, dice: “Así pues hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir según las inclinaciones de la naturaleza débil. Porque si viven ustedes conforme a tales inclinaciones, morirán; pero si por medio del Espíritu Santo hacen morir ustedes esas inclinaciones, vivirán. Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios”. Este texto de Pablo reafirma que hemos sido creados libres por un Dios que ama la libertad, como dice el mismo san Pablo: “Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud que los lleve a sentir de nuevo miedo, sino el Espíritu que los hace hijos de Dios”. Somos libres porque fuimos creados libres, y haciendo mal uso de tal libertad incurrimos en malas obras que destruyen el mundo en que vivimos.

Finalmente, el punto predominante de la parábola de la “Mala Hierba” está en la “cizaña” que sembró el “enemigo”; mejor dicho, en lo que debemos hacer o dejar de hacer para que crezca el reino. No hay que apresurarse principalmente a efectuar la recolección o cosecha, “Dios enviará a sus ángeles para que recojan la cosecha”, dice el evangelio. Jesús dirige su mensaje a los pecadores, no a los puros. Es necesario dar un tiempo adecuado a la conversión.

 

— El Rvdo. Dr. Hernán Afanador-Kafuri, PhD, durante diez años ha residido y trabajado en la Diócesis de Alabama. Casado con Patricia; tiene dos hijos varones. Original de Colombia, llegó a Estados Unidos en 1990.   

 

 

 

Propio 10 (A) – 2014

13 de julio de 2014

Génesis 25:19-34; Salmo 119:105-112; Romanos 8:1-11; Mateo 13:1-9, 18-23.

Según el evangelio de Mateo, “…aquel mismo día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del lago… Entonces se puso a hablarles de muchas cosas por medio de parábolas”. Jesús, el Maestro y pedagogo por excelencia, hace uso frecuentemente de comparaciones y parábolas, para llevar el mensaje, a quienes le siguen y le rodean, gente sencilla, muchos de ellos sin educación.

De la misma manera debe llegar nuestro mensaje a los demás, a los feligreses, miembros de nuestras comunidades, para que se entienda. Como hacia san Juan Bosco, sacerdote italiano. Una vez escrita su homilía o sermón, lo leía primero a su madre, una mujer sencilla, sin educación, incluso, que no sabía leer. Si ella lo entendía, entonces – decía el santo – lo entenderán los demás.

Así debe suceder con nuestro mensaje cuyo objetivo son las personas de nuestras comunidades, ansiosas del mensaje de la Palabra de Dios. El secreto de las parábolas es el secreto de la actividad y la persona de Jesús.

El evangelista Mateo, después de exponer la justicia del reino de Dios (capítulos 5 a 7), y la proclamación de este reino al mundo (capitulo 10), trata ahora Mateo de explicar, en un tercer momento, el misterio de reino (capítulo 13), un reino aparentemente sin grandeza y sin poder, cuyo crecimiento es lento y profundo y cuyo final será espléndido.

Los de “fuera” (los fariseos) no entienden la naturaleza del reino; tampoco lo entienden las multitudes, que siguen y escuchan a Jesús; por ello, es necesario que lo entiendan los discípulos. De allí que la segunda parte de este evangelio presenta a Jesús explicándolo en detalle. No es que su mensaje deba ser entendido por sus discípulos solamente, sino que ellos, entendiéndolo bien, lo pueden llevar a los demás en su trabajo apostólico. En otras palabras, el evangelio no es excluyente, no es solo para algunos, es para todos, igual que la totalidad de la Palabra de Dios.

La parábola de este domingo nos habla de un sembrador y de la semilla que siembra: “Un sembrador salió a sembrar”. Hay cuatro tipos de terrenos en los que cae la semilla: “Una parte de la semilla cayó en el camino…, otra cayó entre las piedras…, otra cayó entre espinos…y, finalmente… otra cayó en buena tierra…”. Los tres fracasos en la siembra, pues no hubo cosecha, son debidos a factores de destrucción en la sementera: pájaros, sol, espinos, frente a una buena cosecha, lo que indica que hubo pérdidas considerables. A pesar de esto, la buena cosecha debe animar a los discípulos. Los cuatro tipos de terreno donde fue sembrada la semilla, son otras tantas disposiciones o actitudes de egoísmo cerrado, entusiasmo superficial, obsesión por uno mismo y apertura al prójimo.

Analicemos cada uno de los terrenos y la parábola en general para que su mensaje y significado lleguen a todos por igual, sin exclusiones ni discriminación: de los versículos 18 al 23, Jesús explica por separado, el mensaje y significado de la parábola expuesta a la multitud. Y haciendo un corto paréntesis, a partir del versículo 13, Jesús da sus razones de por qué habla en parábolas: “Por eso les hablo por medio de parábolas, porque ellos miran, pero no ven; escuchan pero no oyen ni entienden”. Y siguiendo en el versículo 14, Jesús continúa diciendo: “Así, en el caso de ellos se cumple lo que dice el profeta Isaías: ‘Por más que escuchen, no entenderán, por más que miren, no verán’”.

Luego, Mateo presenta a Jesús explicando a sus discípulos el significado de la parábola: “Escuchen pues lo que quiere decir la parábola del sembrador: “Los que oyen el mensaje del reino y no lo entienden, son como la semilla que cayó en el camino; viene el maligno y les quita el mensaje sembrado en su corazón”. Aquí podríamos afirmar que se trata de personas superficiales, que gustan de participar con mucho entusiasmo, muy sensibles, y de poco compromiso con el mensaje del reino. Muy volátiles en su vida religiosa, llamados a cambiar de lugares de oración, en búsqueda permanente de eventos llenos de sentimiento, música, entre muchas cosas más. Caen fácilmente ante el compromiso del reino de Dios. Ante su fragilidad, ante su fe endeble, caen, como dice el evangelio, ante el maligno que les “arrebata el mensaje sembrado en su corazón”.

En los versículos 20 y 21, Mateo expone otra clase de terreno: “La semilla que cayó entre las piedras representa a los oyen el mensaje y lo reciben con gusto, pero como no tienen suficiente raíz, no se mantienen firmes; cuando por causa del mensaje sufren pruebas o persecución, fallan”. El egoísmo cerrado, lleva a muchos a abandonar, e incluso, a no comprometerse, con el reino de Dios, que tiene muchas implicaciones, por eso abandonan “el barco”, huyen, se pierden, se alejan de todo lo que implica ser un discípulo del Señor.

Recordemos un poco parte de la primera lectura de este domingo, tomada del libro de Génesis, donde Rebeca esposa de Isaac, esperaba dos hijos, mellizos, que desde el vientre de su madre peleaban entre sí, escuchemos: “Pero como los mellizos peleaban dentro de su vientre, ella pensó: ‘Si esto va a seguir así, ¿Para qué seguir viviendo? Entonces fue a consultar el caso con el Señor…” Ante la menor dificultad de la vida, abandonamos el compromiso y dejamos todo a un lado.

“La semilla sembrada entre espinos representa a los que oyen el mensaje, pero los negocios de esta vida les preocupan demasiado y el amor a las riquezas los engaña. Todo esto ahoga el mensaje y no lo deja dar buen fruto en ellos”. Disposición de egoísmo cerrado, de avaricia y codicia, no acogen la palabra de Dios sembrada en ellos, no permiten que produzca el fruto deseado. Ya el Señor dice en otro momento: “No podéis servir a Dios y al dinero”, para darle más luz al mensaje de esta parábola del reino de Dios. Este mundo ofrece más cosas materiales que espirituales a quienes vivimos en él, por eso, debemos mantenernos alerta, para no caer y abandonar el compromiso del reino.

Y finalmente, Jesús expone a sus discípulos, y a nosotros, el mensaje y significado del último terreno. Allí leemos: “Pero al semilla sembrada en buena tierra representa a los que oyen el mensaje y lo entienden y dan una buena cosecha, como las espigas que dieron cien, sesenta o treinta granos por semilla”. Deberíamos ser todos los bautizados, los creyentes en Jesús, seguidores del él. Abriendo nuestros corazones, abrigando allí la semilla de la Palabra, dejándola germinar y producir el ciento por ciento. Cosa que podemos leer en la segunda lectura de este domingo tomada de san Pablo a los romanos: “Dios envió a su Hijo en condición débil como la del hombre pecador y como sacrificio por el pecado, para de esta manera condenar al pecado en esa misma condición débil. Lo hizo para que nosotros podamos cumplir con las justas exigencias de la ley…”

El mensaje del Reino es para la gente sencilla, a quienes Dios ha revelado el misterio del reino. No lo entienden, en cambio, los que tienen embotado el corazón. La Iglesia, todos los bautizados, somos responsables de la siembra de la semilla, de la Palabra de Dios y su reino.

 

—  El Rvdo. Dr. Hernán Afanador-Kafuri, PhD, durante diez años ha residido y trabajado en la Diócesis de Alabama. Casado con Patricia; tiene dos hijos varones. Original de Colombia, llegó a Estados Unidos en 1990.   

Propio 9 (A) – 2014

6 de julio de 2014

Génesis 24:34-38, 42-49, 58-67; Salmo 45:11-18; Romanos 7:15-25; Mateo 11:16-19, 25-30.

En el evangelio de hoy, Jesús emplea la palabra “padre” cinco veces, las cuales pronuncia en relación consigo mismo, al reconocerse como hijo de Dios. De igual manera debemos repetir nosotros la misma palabra muchas veces al día para invocar al que nos creó, al que debemos la vida y todo lo que somos y tenemos. El mismo Jesús nos invita a llamarle Padre nuestro. No solo es padre de Jesús, sino también nuestro.

La oración de bendición que hace Jesús a partir del verso 25, supera a las oraciones de todos los libros de la “sabiduría”, ya que solo Jesús puede afirmar que Dios ha escondido “estas cosas” – el misterio del reino y del propio Jesús – a los sabios y se las ha revelado a los sencillos.

Jesús manifiesta su alegría y alaba a Dios por la experiencia que tiene de la gente sencilla. La fe es un don de Dios, y para alcanzarlo hay que vaciarse de uno mismo, de privilegios, apellidos, sabidurías humanas, prejuicios, para hacerse sencillo. Dios no penetra en la realidad de la gente orgullosa y autosuficiente, que se vale de lo que sabe y pone a Dios a un lado. Este mundo es la peor escuela, donde se nos repite y se nos enseña cuando se dice que solo teniendo, poseyendo y logrando todo, podemos llegar a “ser” (algo). No olvides que en este mundo donde vivimos, algunos no alaban a Dios, no se alegran con el reconocimiento de sus bendiciones, porque no reconocen ni siquiera su existencia.

Los cristianos debemos confesar, alabar y reconocer la obra de Dios que practica Jesús, la cual consiste en salvar a los pobres, a los despreciados, a los leprosos de hoy como los homosexuales, lesbianas, enfermos de sida, a los divorciados, a los vagabundos o sin hogar.

Solo viviendo en Jesús y para Jesús, podremos reconocer la maravilla de los sencillos, lo que experimentan ante la presencia de Dios, porque el Dios y Padre de Jesús, es el Dios y Padre de la gente sencilla, a la que el mismo Dios comunica su sabiduría.

Recordemos a Francisco de Asís, una vez que reconoce la grandeza de Jesús, acude a la pequeña plaza de Asís y allí, ante los ojos atónitos de sus paisanos se despoja de sus vestiduras. Con ese gesto se apartaba de toda riqueza, pero también se vaciaba de todo lo que había aprendido para llenarse de la sabiduría de Dios, Francisco llegó a ser sencillo ante el mundo para convertirse en un poderoso ante Dios. Los saberes de este mundo no coinciden siempre con el conocimiento de Dios.

Jesús alivia a los “cansados y agobiados” por el peso de la vida y el legalismo fariseo. Jesús es dulce con las personas. Este descanso anticipa el descanso de después de la muerte. Cargar con el yugo de Jesús implica seguirle y aprender de él.

La fe que recibimos de Dios, nos ayuda a darle sentido a la vida y a soportar los sufrimientos propios del discípulo de Jesús. Esto nos coloca en el contexto de la vida cristiana que no es fácil. No es, como muchos piensan, asistir a una iglesia el fin de semana. Es todo un compromiso con el pobre, el desposeído, el desplazado, para convivir y compartir las bendiciones recibidas de nuestro Padre celestial.

Vivir en este mundo, llevando consigo el don de la fe, como dice san Pablo, capítulo 7, versículo 15 y siguientes: “No entiendo el resultado de mis acciones, pues no hago lo que quiero, y en cambio aquello que odio es precisamente lo que hago”. Es, en la mayoría de los casos, lo que sucede en nuestras vidas, adheridas a Jesús, pero con un comportamiento diferente al compromiso con él.

Muchos cristianos llevan una vida distante del evangelio, de la fe que profesan. En nuestros países hispanos/latinos, existe un dicho popular que reza: “A Dios rogando, y con el mazo dando”. Junto a Dios, tratando de seguirle, de serle fieles, pero esforzándonos por triunfar en nuestro ministerio.

La coherencia en la vida cristiana consiste en no olvidar, frente a las alucinaciones de este mundo que Dios existe, a quien hay que alabar, agradecer y dar a conocer. En otras palabras, sumergidos y rodeados de lobos, demos testimonio de nuestro Creador. Que no nos de miedo reconocerlo y confesarlo ante aquellos que nos rodean y especialmente, ante aquellos que aún no le conocen.

Jesús dice en el presente evangelio: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”, palabras que nos recuerdan no solo de la necesidad de ser sencillos, sino también de no ser violentos. La mansedumbre nos hace pacíficos, no pasivos como pueden entender algunos. No respondiendo a la violencia del otro, a la agresión del que pretende tomarse la “justicia” por su propia mano.

Vivimos en un mundo violento, donde los agresivos llegan al poder oscuro. La no-violencia es la mejor arma para lograr la justicia y la paz verdaderas. Jesús no respondió a agresiones, ni antes ni durante su martirio. Incluso perdonó al criminal, que lo reconoció como verdadero Rey, por eso le prometió llevarlo a su reino. Si logramos dar testimonio de esto, de que ser mansos y sencillos implica un profundo compromiso con el pobre, lograremos también establecer en los corazones humanos la única y verdadera paz. La paz se mantendrá en los corazones sencillos y mansos, en los corazones humildes, donde habita también Jesús.

La alabanza de Jesús al Padre por reconocer solo a los sencillos y llenar sus corazones con su sabiduría, es un llamado a cada uno de nosotros a hacernos humildes cada día, a reconocer la grandeza de Dios,  porque sin Dios no tiene sentido la vida. Esto debemos transmitirlo a quienes nos rodean, hijos, hermanos, padres, compañeros de trabajo, a quienes caminan con nosotros, para que rindamos alabanza y gloria al creador y dueño de todo.

La humildad es entendida por muchos como ausencia de limpieza, de alimento. Por el contrario, humildad es la ausencia de orgullos y autosuficiencia humanos, donde no tiene cabida Dios. Humilde debe ser todo ser humano que es capaz de reconocer la grandeza de Dios y de admitir nuestra pequeñez. No importa si somos ricos o pobres, aunque se ha repetido una y otra vez, por el mismo Jesús, que “los ricos no entrarán en el reino de los cielos…”. Le “…será más fácil a un camello pasar por ojo de una aguja…”

La humildad y la mansedumbre, no son los ingredientes de este mundo inhumano, de ahí que logarlo implicará un gran sacrificio personal, que incluso en algún momento nos llevará a refutar la vida que llevemos en familia. Son muchas las cosas  que impiden a una persona logar ser humilde de verdad.

Seamos justos, sencillos, mansos de corazón, alabando a Dios, reconociéndolo, amándolo a través de la obediencia, del cumplimiento de su ley, como afirma san Pablo en su carta a los Romanos, capitulo 7, versículo 22 y siguientes: “En mi interior me gusta la ley de Dios, pero veo en mi algo que se opone a mi capacidad de razonar: es la ley del pecado, que está en mí y que me tiene preso”. En otras palabras, si no somos obedientes, no lograremos permanecer adheridos a Dios.

 

 — El Rvdo. Dr. Hernán Afanador-Kafuri, PhD, durante diez años ha residido y trabajado en la Diócesis de Alabama. Casado con Patricia; tiene dos hijos varones. Original de Colombia, llegó a Estados Unidos en 1990.    

Propio 8 (A) – 2014

29 de junio de 2014

Génesis 22:1-14; Salmo 89:1-4, 15-18; Romanos 6:12-23; Mateo 10:40-42.

La primera lectura tomada del libro del Génesis, nos muestra la notable fe del patriarca Abrahán. Dios pide a Abrahán que sacrifique a su único hijo Isaac, y obedece sin reclamar. El pasaje concluye con la presencia del ángel del Señor que impide que Abrahán sacrifique a su hijo: “No le hagas ningún daño al muchacho, porque ya sé que tienes temor de Dios, pues no te negaste a darme tu único hijo” (Génesis 22:12).

La persona de Abrahán, como modelo de fe para judíos, musulmanes y cristianos, ha cautivado a los creyentes de todos los tiempos. Mucho antes que Dios le pidiera el sacrificio de su hijo, Abrahán había escuchado con atención el mandato de Dios de abandonar su tierra para ir con todos los de su clan, a la tierra que Dios le indicaba. Abrahán que no tenía hijos, también creyó en la promesa de Dios al decirle que Sara su esposa daría a luz a un hijo en la vejez. Abrahán es el padre de la fe. Una fe que se entiende como obediencia y confianza absoluta en el poder de Dios.

¿Por qué Dios pidió a Abrahán semejante prueba de fe? Cuando leemos este pasaje, nos parece muy cruel de parte de Dios, pedir a un padre que sacrifique a su hijo. Sin embargo, la historia de la salvación nos ha mostrado que Dios sacrificó a su Hijo Jesucristo por nuestra redención.

La fidelidad a Dios es muy importante. Abrahán es escogido por Dios para ser el padre de una gran nación, un pueblo que conozca y honre a Yahvé como único y verdadero Dios. Abrahán que no duda en sacrificar a su propio hijo Isaac, muestra una fe firme en Dios que le ha llamado.

La creencia en un único Dios no era la norma en tiempos de Abrahán. Los pueblos antiguos rendían tributo y adoración a muchos dioses. Los hombres y mujeres de esa época podían buscar un dios a su medida y de acuerdo a sus propios intereses. El Dios de Abrahán es diferente, camina cerca de su pueblo y le muestra el camino a seguir.

Hoy en día Dios también nos pide muestras de una fe firme, que se base en el conocimiento de Jesucristo como nuestro Salvador y Redentor. Jesucristo debe ser el centro de nuestra fe, que su palabra transforme nuestras vidas y seamos también sus colaboradores en la misión de transformar al mundo.

En nuestra comunidad hispana se aprecia mucha religiosidad y respeto a un buen número de devociones a la santísima Virgen, a san Judas Tadeo y a otros santos y santas. En cada una de esas prácticas se nota el fervor de los devotos en los días que celebramos las festividades religiosas. Una vez que muchos han cumplido con la promesa a la santísima Virgen María o al santo de su devoción, no se comprometen en desarrollar más su fe y pertenencia a la comunidad cristiana por medio de la adoración semanal en la santa Eucaristía o en los encuentros de formación cristiana que se ofrecen en las parroquias. Los cristianos de tradición católica y episcopal somos muy cuestionados porque no tenemos un contacto cercano con la Biblia.

Si la Biblia, en el libro del Génesis, nos muestra que Abrahán tuvo que dar testimonio de una fe firme, también nosotros estamos llamados a dar testimonio de fidelidad a Dios en medio de una sociedad que adora los falsos dioses del dinero, la fama y el poder.

La práctica religiosa que se asume como una expresión cultural no da muchos frutos. San Pablo en la carta a los Romanos, se refiere a la práctica religiosa motivada únicamente por el cumplimiento de la ley, la cual para Pablo es como un amo.Ustedes saben muy bien que si se entregan como esclavos a un amo para obedecerlo, entonces son esclavos de ese amo a quien obedecen”. La fe no se impone, la fe se practica en el seno de una comunidad que proclama a Dios como un ser misericordioso y compasivo.

La fe se cultiva y desarrolla en cada persona que abre su mente y corazón a la acción del Espíritu Santo. No es algo que ocurre en forma automática; tiene lugar a lo largo de un proceso que se inicia en nuestro bautismo y se reafirma en cada uno de los sacramentos de la Iglesia. La fe se fortalece en la oración, el estudio y el servicio, los cuales son ejes importantes en nuestra vida cristiana.

La oración diaria, tanto personal como comunitaria, es la forma más efectiva de comunicarnos con Dios, y así discernir su voluntad. El estudio constante de la palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia nos preparan para evangelizar a otros con más confianza y seguridad. El servicio lo practicamos sin verlo como una expresión de nuestra fe, pero cada vez que ofrecemos nuestra ayuda al necesitado, es al mismo Señor a quien servimos.

En el evangelio de este domingo, se nos recuerda que no nos predicamos a nosotros mismos y que somos embajadores de Cristo donde quiera que vayamos. Cuando todo nuestro ser es instrumento en las manos del Señor para realizar la misión de anunciar su palabra o servir en su nombre, no pasamos desapercibidos. Los que nos reciben, reconocen que la presencia del Señor nos acompaña y responden con agradecimiento. Atentos escuchan el mensaje que les llevamos. “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mateo 10:40).

Algunos asumen que la labor pastoral y evangelizadora corresponde a los clérigos solamente, que han sido entrenados para realizar semejante labor. Lo cierto es que los clérigos son tan solo una pequeña porción en medio del pueblo de Dios, que difícilmente podría llegar a todos los que el Señor quiere salvar. Todos somos embajadores de Cristo en la tierra; por nuestra acción pastoral o de servicio, muchos pueden conocer al Señor y comenzar una nueva vida. No se necesitan grandes discursos o demostrar que somos doctos en teología, basta con pedir de corazón al Señor que ponga las palabras en nuestros labios y que nuestra presencia sea también su presencia frente a los que no le conocen.

En el momento que todos los miembros de una congregación asumen la responsabilidad de ser misioneros, esa congregación se apresta a experimentar un notable crecimiento numérico y también espiritual. La fórmula es muy sencilla: mostremos que nuestra fe es firme, sólida y puesta en el Señor, de manera que la paz que Cristo resucitado derrama sobre nosotros, sea nuestra carta de presentación en el momento de dar testimonio de Cristo a los demás. Una congregación de misioneros es también una congregación de servidores en los diferentes ministerios de la Iglesia. Los frutos que se reciben, son el resultado de la fe de cada miembro que al igual que Abrahán, ha puesto toda su confianza en el Señor.

 

— El Rvdo. Álvaro Araica es Asociado del Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. También sirve como vicario parroquial en la iglesia Cristo Rey en el norte de la ciudad de Chicago. El padre Araica es graduado del programa de doctorado en ministerio de Seabury Western Theological Seminary.

Propio 7 (A) – 2014

22 de junio de 2014

Génesis 21:8-21; Salmo 86:1-10, 16-17; Romanos 6:1b-11; Mateo 10:24-39.

 “y el que no toma su cruz y me sigue, no merece ser mío” (Mateo 10:38).

Bien podemos designar este domingo como el día de aprender a renunciar a todo lo que impide que cumplamos nuestra misión.

La reflexión para este domingo inicia con el relato de la experiencia dolorosa de la esclava Agar, concubina de Abrahán, que junto a su hijo Ismael, son expulsados al desierto. Antes de vivir tal experiencia, Agar y su hijo Ismael gozaban de la protección de Abrahán; la confianza de ambos era tal que se burlaban de Isaac, hijo de Abrahán y Sara. Los celos en el corazón de Sara, forzaron a Abrahán también padre de Ismael, a expulsar a madre e hijo al desierto abrasador. La misma Sara, que fue bendecida con la maternidad en su edad madura, pide a su esposo que abandone a la otra madre con un hijo en brazos.

Agar no renunció voluntariamente a su vida en el campamento de Abrahán, se vio obligada por circunstancias que ella no podía controlar. Agar vive el drama de la expulsión y se resigna a la muerte de su hijo y a la suya propia. La historia contada en el capítulo veinte y uno del libro del Génesis cambia de rumbo cuando un ángel del Señor se aparece a Agar y le muestra un pozo, donde podrá saciar su sed y la de su hijo. Ambos se salvan, e Ismael se convierte en el padre de una gran nación.

La dramática historia de Agar y su hijo Ismael, se repite en nuestro mundo día tras día. Hombres y mujeres, que bajo distintas circunstancias son forzados a tomar nuevos rumbos en sus vidas, en la mayoría de los casos, la nueva y triste realidad no se esperaba.

La muerte inesperada de un ser querido, una discapacidad después de un accidente, un divorcio o tener que cumplir un tiempo en prisión son algunas de las realidades que se pueden enfrentar inesperadamente. Tal como Agar, muchos caemos en la desesperanza y pensamos que el final ha llegado. La lectura de hoy nos dice claramente que Dios está en todas partes, incluyendo el desierto, como sitio desolado y árido y en el desierto de la soledad y angustia que vivimos cuando nuestra vida da un vuelco inesperado. Los planes de Dios son muy distintos a los planes de los seres humanos. Sara, la esposa de Abrahán, deseaba la extinción de Agar e Ismael, Dios les cubrió con su poder y los salvó. La historia de Agar e Ismael nos afirma que la providencia divina nos acompaña en los tiempos de prueba y desesperación.

El evangelio de hoy contiene planteamientos de mucha radicalidad. El Señor afirma: “el que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo. No crean que he venido a traer paz al mundo; no he venido a traer paz, sino guerra”. Si las dos frases anteriores no nos impactaron, pues pongamos atención a los siguientes versos: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no merece ser mío; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no merece ser mío. El que trate de salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa mía, la salvará”.

A muchos nos puede parecer exagerado lo que el Señor está pidiendo a cada uno de sus seguidores. Ya en los mismos tiempos que el Señor estaba en la tierra, hubo algunos que dijeron que con semejantes exigencias era difícil seguirle. Sin embargo, la historia y los hechos cotidianos nos muestran que muchas personas son capaces de renunciar a su familia, a su religión o a su condición social por una pasión amorosa; que miles de personas han dado sus vidas por defender el suelo que les vio nacer frente a una agresión extranjera; que la traición a la patria tiene como castigo la muerte en muchos países. Cuando las exigencias son por las causas antes señaladas parece que las justificamos y las entendemos. ¿Por qué cuando el Señor nos pide una entrega absoluta, nos escandalizamos? El Señor nos pide fidelidad, nos pide ser consecuentes con nuestra fe aún en la adversidad, nos pide renunciar a nuestros seres queridos y a la vida misma.

En todas las generaciones se encuentran seguidores fieles y comprometidos con el Señor, de no ser así, no tendríamos santas y santos, hombres y mujeres que desafiaron obstáculos y adversidades que impedían vivir el seguimiento a Cristo con la entrega que nos pide. Bien decía san Pablo, que la cruz era motivo de escándalo para muchos, refiriéndose a la negativa de aquellos en aceptar la renuncia y el sacrificio.

Puesto que la obra del Señor es transformar este mundo asediado por el pecado en sus expresiones de opresión, racismo, violencia y degradación, las exigencias para los discípulos y discípulas de Cristo son extremas; tanto así como la preparación del soldado que va a luchar en diversidad de escenarios, bien sea desierto, montaña o mar. Los cristianos ejercemos una misión profética en el mundo que implica tomar riesgos.

El rescate del ser humano llevó al Señor a la muerte en la cruz. Sin embargo, su resurrección a la vida nos confirma que el sacrificio conduce a la vida plena. La paz y la libertad se han alcanzado gracias a la dedicación de hombres y mujeres que entregaron sus vidas por tan nobles causas. San Pablo en su carta a los romanos nos dice que “por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos para ser resucitados y vivir una vida nueva…”

Quienes predican un evangelio que se basa únicamente en la prosperidad material, ocultan las exigencias del Señor en cuanto a la renuncia y el sacrificio. Cuesta entender la oferta de algunos telepredicadores que cautivan a muchos con la promesa de una vida llena de éxitos financieros, puesto que Dios nos puede dar todo lo que le pidamos, incluyendo un auto deportivo.

El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo no tiene como propósito enriquecer a unos cuantos; nuestro Dios manifestado en Jesucristo nos ha prometido un reino de justicia, paz y amor para todos en este mundo y en el venidero. El Señor nos dice: “No crean que he venido a traer paz al mundo; no he venido a traer paz, sino guerra”. La guerra del Señor no es con armas químicas o sofisticadas. La lucha que dirige el Señor es con la compasión y el respeto por cada ser humano. La guerra del Señor es contra sistemas que promueven la desigualdad entre las personas.

En palabras de la Rvdma. Katherine Jefferts Schori, obispa presidente de la Iglesia Episcopal en uno de sus sermones en Adviento del 2013 se nos recuerda: “Soñar con un mundo en el que la realidad de cada niño /niña y adultos sea encontrar abundante evidencia del amor de Dios en los bautizados, que como santos ingenieros, juntan y construyen un mundo de paz. Y bendito sea todo aquel que no se siente ofendido por ese sueño” (Fort Bragg, NC, Sunday, December 15, 2013).

No temamos a las exigencias de Cristo, temamos al futuro incierto que tendrán las siguientes generaciones si no insistimos en la proclamación de los valores del evangelio.

 

 

— El Rvdo. Álvaro Araica es Asociado del Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. También sirve como vicario parroquial en la iglesia Cristo Rey en el norte de la ciudad de Chicago. El padre Araica es graduado del programa de doctorado en ministerio de Seabury Western Theological Seminary.