Domingo de la Trinidad (A) – 2014

15 de junio de 2014

Génesis 1:1–2:4ª; Salmo 8; 2 Corintios 13:11-13; Mateo 28:16-20.

“ Y Dios vio que todo lo que había hecho estaba muy bien” (Génesis 1:31).

Celebramos el Domingo de la Santísima Trinidad: Dios, Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas distintas pero un solo Dios verdadero. Esta afirmación teológica que la mayoría de las iglesias cristianas tenemos como fundamento o dogma de fe, se entiende mejor si recorremos la biblia y descubrimos la forma en que Dios se manifiesta y opera. Es importante destacar que este domingo es la mejor ocasión para comenzar la lectura de la biblia, puesto que precisamente la primera lectura está tomada del capítulo primero del Génesis, el primer libro de las Sagradas Escrituras.

Hoy escuchamos el relato de la creación la primera lección que Dios nos da es que la vida es un proceso, en el que las etapas se van sucediendo en forma lógica. No es posible saltar directamente a la creación del ser humano sino se ha dado forma a la tierra que le servirá de hogar; esta tierra que abriga montes y mares, animales marinos y terrestres, que junto a las aves del cielo recibirá al frágil ser humano que llega a poblar la tierra. Dios, en su corazón de madre y padre a la vez, se regocija en la creación del ser humano:

“Entonces dijo: «Ahora hagamos al hombre a nuestra imagen. Él tendrá poder sobre los peces, las aves, los animales domésticos y los salvajes, y sobre los que se arrastran por el suelo».

Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó, y les dio su bendición: “Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo” (Génesis 1:26-28).

Dios creador se complace en su obra y concede a la mujer y al hombre ser los herederos de su magnífica creación. El salmo ocho que hoy recitamos, confirma al ser humano como mayordomo de la creación. “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, el hijo del hombre, que lo ampares?” Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y honra. Lo hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo; las aves de los cielos y los peces del mar, todo cuanto pasa por los senderos del mar”.

Los propósitos de Dios creador son muy claros: que su creación alcance la plenitud y reconozca a su creador como dueño y Señor. Sin embargo, a medida que el ser humano toma conciencia de su poder sobre la creación, establece el propósito de controlar la creación para su propio beneficio. Así el propósito de Dios y el del ser humano se contraponen de tal manera que la relación entre Dios y los seres humanos se ve muy afectada. La humanidad padecerá con rigor la oposición al propósito de Dios; la discordia entre los seres humanos será siempre una constante.

La llegada de Jesús, Hijo de Dios y segunda persona de la Trinidad, obedece al plan de Dios que busca reconciliar al ser humano con su creador. Jesús presenta nuevas bases para una relación con Dios. El mandato de amar a Dios con todas las fuerzas, con toda la mente y con toda el alma, se complementa con amar a los demás como a uno mismo. Nuestro Señor inicia la construcción de un nuevo reinado de Dios tomando en cuenta la colaboración del ser humano. En el reino de Dios no hay vencedores ni vencidos, todos somos colaboradores de Dios en la construcción de una sociedad más humana y semejante a Jesús en su entrega y amor por los más necesitados. Con su muerte en la cruz Jesús nos muestra que la violencia y la ambición de poder no forman parte del plan original de Dios, que el pecado, como expresión del rechazo al plan de Dios entró en la humanidad y convirtió al ser humano en un opresor de la creación y en enemigo de sí mismo. Cristo resucitado es la nueva imagen del ser humano, libre de la esclavitud del pecado tal como lo indica el apóstol Pablo en la carta a los romanos: “Y así como el delito de Adán puso bajo condenación a todos los hombres, así también el acto justo de Jesucristo hace justos a todos los hombres para que tengan vida” (Romanos 5:18).

La Iglesia representada en los apóstoles recibe del Señor resucitado este mandato:

“Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,  y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19-20).

Dios, en la persona de su Hijo Jesús, realiza una obra de redención y rescate del ser humano; el amor de Dios es incondicional puesto que él mismo, en la persona de su Hijo busca la reconciliación con la humanidad.

¿Cuál es el propósito de Dios bajo esta nueva alianza con la humanidad por medio de Jesucristo? San Pablo lo define en palabras muy propias en su segunda carta a los corintios: “Para terminar, hermanos, deseo que vivan felices y que busquen la perfección en su vida. Anímense y vivan en armonía y paz; y el Dios de amor y de paz estará con ustedes”.

La felicidad y la perfección desde la perspectiva divina radican en el bienestar y gozo de cada ser humano que habita la tierra. La perfección será posible una vez que las naciones encuentren que la convivencia pacífica, sin intereses ni dominación, debe instaurarse para el beneficio de todos. Cuando la paz, la concordia y la justicia sean las normas que rijan nuestra convivencia humana, reconoceremos auténticas señales del reino de Dios.

A nosotros nos corresponde ser fieles a la promesa bautismal de ” luchar por la justicia entre todos los pueblos y respetar la dignidad de cada ser humano”, según se indica en nuestro rito bautismal.

Nuestra misión está orientada a cambiar las estructuras y esquemas sociales que impiden la instauración del reino de Dios. A lo interno de las mismas estructuras eclesiásticas deben tener lugar cambios que hagan posible una mayor participación del pueblo de Dios en la vida de la Iglesia. La sociedad debe encontrar en la Iglesia un ejemplo de transformación, de compasión e interés por incluir a todos y todas en la vida de la comunidad cristiana. Como bien se destaca en los evangelios, somos fermento en medio de la sociedad, que tal cual masa debe ser moldeada con los valores del mensaje liberador de Jesús.

Ante el dogma de la Santísima Trinidad recordemos que Dios es el artífice de todo lo que existe, que en la persona del Hijo hemos conocido el plan amoroso del Padre que nos lleva a la felicidad y perfección y que el Espíritu Santo es presencia permanente de Dios en medio de nosotros para guiarnos en la construcción del reino de Dios.

 

— El Rvdo. Álvaro Araica es Asociado del Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. También sirve como vicario parroquial en la iglesia Cristo Rey en el norte de la ciudad de Chicago. El padre Araica es graduado del programa de doctorado en ministerio de Seabury Western Theological Seminary.

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