Día de Pentecostés (A) – 2014

8 de junio de 2014

Hechos 2:1-21 o Números 11:24-30; Salmo 104:24-34, 35b; 1 Corintios 12:3b-13 o Hechos 2:1-21; Juan 20:19-23 o Juan 7:37-39.

Los que crecimos en Estados Unidos recordamos los famosos comerciales de la década de los 70 de un niño que lo conocían como “Messy Marvin” (o “Marvin el desorientado” en español). Y este niño Marvin era famoso porque llevaba una botella de chocolate por toda la casa con la tapadera abierta y el chocolate se regaba por todas partes: en los muebles, las alfombras, la ropa y en todos los lugares por donde pasaba. Eventualmente, después de mucho esfuerzo, Marvin llegaba a donde estaba un vaso grande de leche y depositaba el chocolate en líquido dentro del vaso y lo empezaba a revolver con la cuchara hasta llegar a tener leche con sabor a chocolate. Observar ese proceso requería bastante paciencia.

Hoy los cristianos celebramos un evento que marca los cincuenta días después de la Pascua de Resurrección – el día de Pentecostés. Y pudiéramos decir que los primeros cristianos se parecían un poco al niño Marvin, pues también andaban confusos, desorientados y sin entender bien su misión.

La mayoría de los evangelios que hemos escuchado en esta temporada enfatizan que los apóstoles estaban “escondidos” y con “miedo” por estar asociados a Jesús, y por las consecuencias que tal asociación les podía causar.

La llegada de la promesa del Espíritu Santo es la que anima a los discípulos de Jesús a comenzar la verdadera “temporada de la Iglesia” – en la cual reconocen que su misión es salir al mundo entero y proclamar la buena nueva – el Evangelio. Jesús, al Jesús decir “reciban el Espíritu Santo”, es como si dentro de cada uno de ellos se revolviera algo importante, y al igual que el chocolate en aquel vaso grande de leche, los discípulos pudieron saborear y reconocer su verdadera misión. Ya el miedo y el temor no tenían por qué seguir paralizándoles, sino todo lo contrario. Reconocieron que no estaban solos y que el poder del Espíritu Santo es quien les guiaría y enseñaría todo lo que necesitaban para la misión.

En el siglo XXI, los miembros de la Iglesia Episcopal y nuestros hermanos de todas las iglesias cristianas tenemos que estar muy atentos a la acción viva y eficaz del Espíritu Santo que hemos recibido en el bautismo. El mundo de hoy necesita cristianos que superen el miedo, que proclamen con su vida y su testimonio que Jesús está vivo y que todos tenemos una misión que no se puede limitar a sentarnos en una banca cada domingo y sentirnos “buenos cristianos”.

También los apóstoles se consideraban buenos seguidores de Jesús al estar encerrados y con miedo, pero al recibir el Espíritu Santo pudieron asumir su verdadera condición de discípulos y entendieron por primera vez lo que significaba el “salir al mundo entero”.

Y es la fuerza y la guía del Espíritu Santo la que aún continúa guiando al Cuerpo de Cristo que vive en la historia. Sin la guía del Espíritu de Dios, no estuviéramos aquí en este día celebrando la Eucaristía. El Espíritu Santo es el combustible de la fe de la Iglesia de Jesús y sin ese combustible no existe ministerio, ni misión que podamos realizar.

Tenemos que reconocer que la comodidad es algo que valoramos mucho en nuestros tiempos – quizás demasiado. Casi todo lo hacemos con un “control remoto” en la mano y sin tener que levantarnos. Pero para vivir el cristianismo, aún tenemos que movernos, levantarnos y trabajar por el reino de Dios.

No existe un verdadero cristiano que viva su fe con los brazos cruzados. El Espíritu Santo nos impulsa a mucho más y nos anima, al igual que a los primeros discípulos de Jesús, de quitarnos el temor y salir con una fe valiente y renovada a ser testigos de un Dios vivo en nuestro mundo. Ven Espíritu Santo, ven …

 

— El padre Alberto es rector de la Iglesia de la Resurrección (Miami) en la Diócesis del Sureste de la Florida.

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