7 Pascua (A) – 2014

1 de junio de 2014

Hechos 1:6-14; Salmo 68:1-10, 33-36; 1 Pedro 4:12-14; 5:6-11; Juan 17:1-11.

Celebramos el séptimo domingo de Pascua y las lecturas se enfocan en la despedida del Señor. La primera, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos describe la Ascensión del Señor a los cielos y como los discípulos han escuchado de Jesús resucitado  la promesa de la venida del Espíritu Santo, para así  dar  testimonio de su resurrección. A pesar de tales palabras, se sienten tristes y desorientados.

Mucho antes que sucediera la Ascensión del Señor, Jesús había presentado al Padre  una bella oración, conocida como la oración sacerdotal. Antes de su pasión y muerte, nuestro Señor Jesucristo ofrece al Padre esta plegaria en la que, como un  padre amoroso, se preocupa por el futuro de  sus seguidores.  “Yo te ruego por ellos; no ruego por los que son del mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos.  Todo lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío; y mi gloria se hace visible en ellos. No voy a seguir en el mundo, pero ellos sí van a seguir en el mundo, mientras que yo me voy para estar contigo. Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo”.

Habiendo el Señor concluido su ministerio en la tierra, regresa al lado del Padre y sus seguidores hubieran preferido que se quedase físicamente para todas las generaciones de creyentes. No cabe duda que la presencia corporal del Señor nos ayudaría a realizar una obra misionera sin muchas dificultades. Sin embargo, el Señor, prefiere subir a los cielos y dejar que el Espíritu Santo guíe y fortalezca a cada uno de sus apóstoles en la obra misionera de la Iglesia en distintas partes de la tierra.

El Señor confía en nosotros y, llenos del poder del Espíritu, nos deja la responsabilidad de extender su reino y quiere que nos dediquemos a proclamar las buenas nuevas de un Dios misericordioso y compasivo que nos invita a una vida plena. La Ascensión del Señor no es una despedida, es el inicio de la obra misionera con la presencia espiritual del Señor.

Los discípulos regresan al aposento alto, lugar donde se hospedan en Jerusalén, y allí se decide quién será el que sustituya a Judas Iscariote. Le corresponde a Matías ser parte del grupo de los doce. La misión no puede esperar, es importante sumar más apóstoles; no hay tiempo para lamentarse de que Judas optara por su propio proyecto y no por el del reino de Dios.

Continuarán los seguidores del Señor en el mismo aposento alto, donde tendrá lugar la venida del Espíritu Santo sobre cada uno, pronto se va a celebrar el primer Pentecostés de la naciente Iglesia.

Los primeros cristianos, según la primera carta de Pedro, eran plenamente conscientes del reto de la persecución y la muerte por causa de Cristo. El texto que hoy se lee en la segunda lectura nos confirma lo dicho: Dichosos ustedes, si alguien los insulta por causa de Cristo, porque el glorioso Espíritu de Dios está continuamente sobre ustedes” (Primera carta de Pedro 4:14).

La decisión y el valor de los primeros cristianos y cristianas de entregar la propia vida por la causa de Cristo se explican por la certeza que cada uno tenía del poder del Espíritu Santo en el surgimiento y desarrollo de la Iglesia, como comunidad de Cristo resucitado. Se debe añadir el hecho mismo de que el Señor Jesús oró al Padre por sus seguidores en las generaciones venideras.

La obra misionera de la Iglesia en todos los confines de la tierra ha sido posible gracias a la fe y entrega de tantos hombres y mujeres que no han dudado al responder al llamado del Señor  cuando les ha buscado para extender su reino.

La Ascensión del Señor como el acontecimiento que marca el inicio de la obra evangelizadora de la Iglesia, la llegada del Espíritu Santo como fuerza motriz de la obra, y  la oración sacerdotal de Jesús por sus seguidores en todos los tiempos deben ayudarnos a entender que la obra misionera de la Iglesia está absolutamente en las manos de Dios.

En la Iglesia Episcopal todos los bautizados  y bautizadas participamos con igualdad de deberes en la obra evangelizadora de la Iglesia. En la mayoría de nuestras congregaciones se enfatiza en las promesas bautismales. Cada una de estas promesas está relacionada con el mandato del Señor de anunciar las buenas nuevas. Así encontramos que una de las promesas nos pide continuar con la enseñanza de los apóstoles en la fracción del pan y en las oraciones.

A nuestra generación  de creyentes le corresponde hacer realidad esa promesa mediante la predicación, el testimonio y la adoración al Señor en la santa Eucaristía, y en la educación de nuestros hijos en los valores del evangelio, con el fin de que ellos continúen practicando su fe en el contexto de la comunidad cristiana.

Otra de las promesas bautismales nos invita a servir a Cristo en todas las personas amando al prójimo como a uno mismo. En esta promesa se nos pide llevar a la práctica nuestra fe en el servicio a los demás. El servicio cristiano en nuestras comunidades se ejerce en diferentes formas, que van desde el gesto de solidaridad por el hermano o hermana que sufre, o bien en proyectos comunitarios que atienden a centenares de personas desamparadas o bien  abogando por los que sufren discriminación y rechazo en nuestra sociedad.

A lo largo de  la estación de Pascua, hemos reafirmado nuestras promesas bautismales; en la medida que cada cristiano y cristiana vive estas promesas, entonces la presencia del Señor resucitado  puede palparse en la sociedad en que vivimos. La Iglesia es la misma de aquellos primeros discípulos que regresaron del monte de los Olivos, después de haber visto subir al Señor a los cielos; la Iglesia es la misma de aquellos que recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés.

Hoy, sin temor, proclamamos al mundo que Cristo vive y dirige nuestras vidas. Participemos en cada una de nuestras congregaciones con la misma esperanza y pasión de los primeros cristianos, que en situaciones de persecución, fueron capaces de establecer comunidades de fe en muchas partes del mundo antiguo. Ellos no tenían los medios  de transporte y de comunicación que nosotros tenemos, pero si tenían la certeza de que la obra que realizaban era en el nombre del Señor  resucitado que les había encomendado llevar la buena nueva a todas las gentes

El futuro de nuestra Iglesia está en la fuerza y el poder del Espíritu Santo;  pidamos que ese poder maravilloso del Espíritu derrame los dones necesarios sobre nuestras congregaciones para que la fe cristiana siga siendo la brújula que marque el rumbo de nuestras familias

Celebremos pues con gozo la Ascensión del Señor, porque Jesús confía que nos dejemos guiar por el poder del Espíritu Santo para llevar a cabo la transformación de nuestra sociedad con los valores del evangelio que él nos proclamó.

 

— El Rvdo. Álvaro Araica es Asociado del Ministerio Hispano en la Diócesis de Chicago. También sirve como vicario parroquial en la iglesia Cristo Rey en el norte de la ciudad de Chicago. El padre Araica es graduado del programa de doctorado en ministerio de Seabury Western Theological Seminary.

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