6 Pascua (A) – 2014

25 de mayo de 2014

Hechos 17:22-31; Salmo 66:7-18; 1 Pedro 3:13-22; Juan 14:15-21.

Me gustaría iniciar esta reflexión con el poema escrito por el poeta persa Muhammad Hafez. El título de su libro de poemas se titula: “El tema de esta Noche es el Amor”. He aquí el poema:

LLEVANDO A DIOS

Nadie nos puede impedir llevar a Dios
donde quiera que vayamos.
Nadie puede sustraer su nombre
de nuestros corazones al intentar abandonar nuestros miedos
y al final mantenernos – Victoriosos.
No tenemos que dejarlo en la mezquita
o la iglesia solo por la noche;
no tenemos que estar celosos de fábulas de los santos
o mástiles gloriosos, esas almas delirantes
que pueden amar extravagantemente al amigo.
No tenemos que envidiar la habilidad de nuestros espíritus
que a veces pueden tocar a Dios en un sueño.
Nuestros anhelantes ojos, nuestros cuerpos necesitados de fervor,
pueden todos ser empapados de satisfacción
y de luz.
Nadie en ningún sitio puede detenernos
el llevar al Amado doquiera que vayamos.
Nadie puede despojar su precioso Nombre
del ritmo de mi corazón –
mis pasos y mi respiración.

(Traducido del inglés por el Rev. C. Jesús Reyes).

El autor de este poema, Muhammad Hafez-e Shirazi, ha influenciado la vida y el pensamiento persa desde el siglo 14. Nació, aproximadamente, en 1325 y falleció en 1390. Hoy día, es uno de los autores más admirados en Irán y la mayor parte de las familias persas tienen libros sobre sus obras en casa. El enfoque principal de su trabajo poético fueron: la persona amada, la fe y denunciar la hipocresía. Bien podemos notar entonces que la función del poeta es también profética, además de deleitarnos con bellas formas alegóricas.

Ahora, si colocamos el poema de Hafez y el evangelio de hoy de forma paralela, entonces encontramos una profundidad sublime en los dos textos. Ambos se alimentan y entrelazan tocando en sensibilidades humanas donde el amor, la fortaleza interior, la perseverancia ante el desafío, la certeza de la presencia de Dios con nosotros es tan real, que lo único que necesitamos es vivir la promesa con convicción. Jesús les dice a sus discípulos, “ustedes están en mí, y yo en ustedes”. Esto lo dice durante la realización de la Última Cena. Jesús, básicamente, se está despidiendo de sus amigos y les está proveyendo de sus últimas disposiciones. Pero al mismo tiempo, dentro del drama de decir adiós –algo que los mismos discípulos no se esperaban y me puedo imaginar el estado de confusión en que se encuentran-, Jesús les confirma que la distancia es tan sólo imaginaria. Lo que Jesús está diciendo es: “yo me voy, me van a matar, pero es para demostrarles a ustedes y al mundo que Yo soy el Señor de la Vida”. En otras palabras les dice: “me voy, pero no me voy”.

En esta transformación radical de Jesús, la vida ya no depende de las formas corpóreas y las necesidades materiales. Ahora se encuentra en comunión con sus discípulos a través de la experiencia del amor. Pero estamos hablando de un amor que no es tan sólo sentimiento; el amor de Jesús es presente, real, lleno de certeza, fortaleza y acción. Este es un amor que requiere fidelidad duradera. Se basa en la promesa mutua de autenticidad en la vida, integridad en la palabra, y honestidad en la acción. Por eso dice Jesús: “En aquel día, ustedes se darán cuenta de que yo estoy en mi Padre, y ustedes están en mí, y yo en ustedes”. ¡Esta es la belleza de la resurrección!

El poema de Hafiz también habla de Dios, de amor y de miedo. Y lo hace con la profunda convicción de que si es Dios quien guía nuestra vida, entonces los miedos son vencidos y nuestra vida es restaurada a la profunda experiencia de la santidad, el amor y la convicción de la presencia de Dios en nosotros. Y nos dice:

“Nuestros anhelantes ojos, nuestros cuerpos necesitados de fervor,
pueden todos ser empapados de satisfacción
y de luz.
Nadie en ningún sitio puede detenernos
el llevar al Amado doquiera que vayamos.
Nadie puede despojar su precioso Nombre
del ritmo de mi corazón –
mis pasos y mi respiración”.

La lectura de la Primera Carta de Pedro nos dice: “No tengan miedo a nadie, ni se asusten, sino honren a Cristo como Señor en sus corazones”. En efecto, no tengamos miedo a nada ni a nadie, puesto que el Señor de la vida está con nosotros. No les digo esto para que actúen con desafío o despreocupación, sino para que liberándonos de los miedos podamos amar y vivir de forma plena. O sea, la vida no se vive motivada por el deseo de evitar la muerte; la vida se vive cuando se es capaz de amar profundamente… y lo que llamamos muerte es tan sólo el portal que nos permite entrar en la eternidad con Dios. Como dice Pedro en su carta: “Es mejor sufrir por hacer el bien, si así lo quiere Dios, que por hacer el mal. Porque Cristo mismo sufrió la muerte por nuestros pecados, una vez para siempre. Él era inocente, pero sufrió por los malos, para llevarlos a ustedes a Dios. En su fragilidad humana, murió; pero resucitó…”

Un sacerdote, que trabajó en la ciudad de Nueva York durante varios años, cuenta la historia de que cerca de su iglesia había un parque donde residía un hombre. O sea, el hombre no tenía casa, vivía a la intemperie. Sin embargo, el vecindario bien le conocía, le apreciaba y le proporcionaba alimento. El hombre vivía en el parque y quería vivir en el parque; y los vecinos le respetaban su deseo. Los que le conocían le saludaban por su nombre y él siempre respondía de forma cortés. Aquel hombre, a pesar de su evidente enfermedad psicológica, conservaba un aire de profunda inteligencia. Así es como le describe el sacerdote que llegó a conocer a esta persona de la calle. De hecho, el sacerdote desarrolló una amistad con el hombre y pronto se convirtieron en compañeros de oración. Casi todos los días, dice el sacerdote, cerca del medio día los dos se sentaban en el parque para orar. Esto sucedió hasta el día en que el sacerdote aceptó el llamado para servir en otra iglesia muy lejos de la ciudad de Nueva York. El día cercano a su partida, el sacerdote fue a despedirse de su amigo, el hombre de la calle, y le dijo: “Me estoy yendo, y es muy posible que no regrese a Nueva York durante mucho tiempo; pero siempre estaré rezando por ti”. En ese momento el hombre de la calle, que nunca se levantaba de su banca del parque, y nunca veía a los ojos de las personas sino que se comunicaba evitando hacer contacto visual, en ese preciso momento el hombre de la calle se puso de pie, extendió su mano al amigo sacerdote y mirándole a los ojos le dijo: “Está bien, tú y yo estamos unidos en Dios, y para Dios no existe la distancia”.

Esta, hermanos y hermanas, es la historia de la resurrección. En Dios no existen las distancias. Bien podemos decir que la resurrección de Jesús es una expresión profética y poética de Dios. “No los voy a dejar huérfanos; volveré para estar con ustedes. Dentro de poco, los que son del mundo ya no me verán; pero ustedes me verán, y vivirán porque yo vivo”. Esta es nuestra promesa.

 

— El Rvdo. C. Jesús Reyes es actualmente el Canónigo para el Desarrollo y Crecimiento de las Congregaciones en la Diócesis de El Camino Real, California. Es de nacionalidad mexicana y ha vivido en Estados Unidos desde el año 1989. Habiendo crecido en Tijuana, Baja California, México, es una persona muy familiarizada con las realidades de los inmigrantes en este país; de hecho, vive en carne propia esta realidad. Antes de venir a Estados Unidos, sirvió como misionero en la región zapoteca del Estado de Oaxaca, México. Después de esto, trabajó por varios años como misionero en el Estado de Espíritu Santo, Brasil.

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