Miércoles de Ceniza (A,B,C) – 2014

5 de marzo de 2014

Joel 2:1-2, 12-17 o Isaías 58:1-12; Salmo 51:1-17; 2 Corintios 5:20b-6:10; Mateo 6:1-6, 16-2.

En el evangelio de hoy, Jesús nos invita a orar. Nos invita a ser sinceros con nosotros mismos, a entrar en nuestra habitación, a cerrar la puerta y a orar a nuestro Padre que ve en lo secreto. Jesús quiere que tengamos una relación personal con el Padre y, si estamos alejados de esta relación, rectificar, dar un giro radical y cambiar de dirección.

En este día, se nos invita a hacer un viaje a nuestro interior por medio de la oración. Este día se nos invita a abrirnos y descubrir todo lo que ha causado separación entre nosotros y entre Dios. Este día se nos invita a reconocer nuestras faltas y a enmendarlas por medio del arrepentimiento con la ayuda de nuestro Dios que es compasivo y misericordioso.

El arrepentimiento significa verdadera conversión, significa cambiar de dirección. No hay ejemplo más claro que el salmo 51, donde vemos que la verdadera confesión pertenece al arrepentimiento, donde el perdón de Dios se nos otorga restaurándonos como seres nuevos, como nueva creación.

Este salmo es un reflejo en el que nos vemos a nosotros mismos y donde el salmista comienza con su propio lamento, un lamento que puede ser también nuestro: “Ten misericordia de mí, oh Dios, conforme a tu bondad. Por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi maldad, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado, contra ti, contra ti solo pequé y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51: 1-4).

En este lamento nos vemos reflejados. Es una proyección de nuestra naturaleza humana, es una proyección de nuestra condición finita que no siempre es fuerte ante la tentación y al tropiezo. Este salmo es un recordatorio que nos lleva a analizarnos profundamente en nuestro interior y en este reflejo, descubrir cómo hemos actuado hacia nosotros mismos, cómo hemos actuado hacia nuestra comunidad y hacia Dios.

En este lamento, en esta confesión de pecado, el salmista implora y suplica, reconociendo el carácter único de Dios. Sabe que al Dios al que ora y suplica, es un Dios misericordioso, un Dios compasivo y de amor inquebrantable. El salmista sabe, muy dentro de su interior, que este carácter sublime de Dios es mucho más grande que la maldad, que el pecado y la culpa que expresa en su lamento.

El salmo penitencial, expone el gran lamento en el que David, el rey de Israel, expresa su gran sentimiento de culpa por haber cometido adulterio con Betsabé , la mujer de Urías, y por haber mandado asesinar a éste en el campo de batalla. Este hecho lo podemos constatar en el Segundo Libro de Samuel (2 Samuel 11-12:25).

En este acto de arrepentimiento y de remordimiento, sólo podemos imaginar, sólo podemos pretender imaginar a un rey David deshecho, afligido y angustiado, hincado en su habitación, cabizbajo con el llanto en su semblante y las manos cubriendo su rostro al enfrentarse a su propia verdad, una verdad que sólo el profeta Natán, en nombre del Señor, le ha declarado: ¿Por qué has despreciado al Señor haciendo lo que le desagrada? (2 Samuel 12:9).

La voz del profeta es la que invita a David al arrepentimiento. Es la voz que lleva a David a penetrar en su interior y a descubrir su falta clamando: “He pecado contra el Señor” (2 Samuel 12:13).

Muchas veces nosotros necesitamos esta voz externa o que un evento fuera de nosotros, se nos presente para penetrar y emprender el viaje hacia nuestro interior, allá donde la negación ya no tiene sentido de ser. David vivió en negación de su pecado hasta que la voz del profeta se lo descubrió.

Para David, esta voz exterior fue la del profeta Natán, para nosotros puede ser la voz de nuestros seres queridos, de nuestros padres, familiares o amigos que se preocupan y que se atreven a retarnos, invitándonos a regresar y a vivir en armonía con nosotros mismos, con nuestra comunidad y con Dios. Tal vez esta voz exterior nos llame a gritos cuando ya hemos tocado fondo. Cuando hemos vivido las consecuencias autodestructivas del sufrimiento, de la soledad y de la duda.

El pecado y sus consecuencias empañan todo. Este salmo 51, no es un salmo acerca de David solamente, es un salmo sobre nosotros mismos. Es un reflejo siempre presente de nuestra propia realidad, de nuestra propia finitud. ¿Cuántas veces nos hemos sentido como el salmista? ¿Cuántas veces, por nuestras fallas, nos hemos separado de Dios y de nosotros mismos? ¿Podemos reconocer los momentos en los que nos hemos distanciado de Dios?

Paul Tillich, un exponente de la teología sistemática, entendió el pecado como separación. Nos dice que el estar en este estado de separación, es estar en estado de pecado. Cuando estamos en pecado, experimentamos la separación de nosotros mismos, la separación de nuestra comunidad y de Dios.

En este estado de separación, Dios no es importante para nosotros, no queremos buscar a Dios, o estar disponibles para Dios. No necesitamos a Dios porque estamos ocupados persiguiendo nuestra propia auto- gratificación. En este estado de separación perdemos a Dios, como nuestro centro, en el intento de ser nosotros el centro de todo. En este estado de separación estamos muy ocupados creyendo que somos los mejores de toda la creación y que todo el universo es solamente para nuestro propio beneficio y que estamos aquí para ejercer dominio sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra. En este estado de separación, Dios no es nuestra prioridad y pasa a estar a un segundo plano.

En todas estas acciones, el pecado cierra al ser humano a la obra de la gracia de Dios y a la obra de su misericordia. Pero las buenas noticias en este salmo, nos hablan de la naturaleza divina, de un Dios que perdona los pecadores y crea gente nueva. David es ejemplo de ello. La misma voz del profeta Natán que le hace ver su falta a David, es la misma que le dice: “El Señor perdona tu pecado. No morirás” (2 Samuel 12:13).

El salmista, pidiendo misericordia, entiende la naturaleza y las consecuencias del pecado. Con humildad, reconoce su culpa, con humildad reconoce sus pecados y pide misericordia. Por su oración se vacía de sí mismo y permite que Dios llene ese espacio. Sabe que puede confiar en un Dios misericordioso: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu firme dentro de mí. No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu. Dame otra vez el gozo de tu salvación; y que tu noble Espíritu me sustente” (v. 10-12).

Es en este acto de valor, de aceptación y arrepentimiento de nuestras faltas es donde el amor de Dios ya nos ha perdonado y envuelto con sus brazos. Este es un acto donde confesamos en lo íntimo y en nuestra comunidad que hemos vivido la desesperación, que hemos estado quebrantados y nos hemos separado. Solamente en el momento en que reconocemos y aceptamos nuestra fragilidad, fractura y separación, podemos estar abiertos a ser sanados por la gracia y la misericordia de Dios. Sólo entonces estamos abiertos a recibir el regalo inesperado de la gracia y de la misericordia.

Porque, es en la ruptura, en la oscuridad, donde la luz de Dios brilla en nuestros corazones. La gracia de Dios es más poderosa que cualquier realidad humana. Por la gracia de Dios, a pesar de nuestra naturaleza fragmentada y finita, siempre existirá una nueva creación. Esta es nuestra oración, nuestra plegaria y nuestra súplica. Una creación donde un corazón limpio es posible y un espíritu firme se renueva dentro de nosotros.

 

 — El Rvdo. Alfredo Feregrino, es nativo de la Ciudad de México y obtuvo su Maestría en Divinidad en la Escuela de Teología y Ministerio en Seattle University donde obtuvo también el primer Dr. Rod Romney “student preaching award”. Actualmente está formando una congregación bicultural en Seattle Washington: Nuestra Señora de Guadalupe.

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