2 Epifanía (A) – 2014

19 de enero de 2014

Isaías 49:1-7; Salmo 40:1-11; 1 Corintios 1:1-9; Juan 1:29-42.

Juan Bautista habla del “Cordero de Dios”, un término cargado de sentido en el evangelio. Este término es uno de los títulos de Jesús. Fíjense en algo muy curioso: todos los textos que comparan a Jesús con Juan Bautista hablan de un bautismo en el Espíritu. El Espíritu Santo está presente en todos los espíritus abiertos a la única verdad que existe, pero el evangelio y la experiencia de la Iglesia primitiva demuestran que los que se convirtieron y fueron bautizados “recibieron el Espíritu Santo”.

Los dones espirituales o carismas que recibieron en el momento del bautismo no eran ciertamente la plenitud del Espíritu Santo y podían acabarse, pero era una señal de que en adelante el Espíritu de Dios actuaría en ellos de una manera particular. Si alguno de ustedes ha recibido, en algún momento de su vida, dones del Espíritu Santo, es para invitarles a que den mayor espacio a Jesús en sus vidas. Algún día el Espíritu Santo reiniciará su trabajo.

El llamamiento del que habla a partir del versículo 35 es obra de Juan el evangelista porque él es uno de esos dos discípulos que no debe confundirse con Juan el Bautista. Imaginémonos a Juan Bautista instalado en una choza no lejos del río Jordán donde bautizaba con agua. La mayoría de los galileos que iban en peregrinación a Jerusalén elegían la ruta del Jordán y les era fácil hacer un alto en el camino. El alojamiento no era tan difícil para ellos ya que en ese lugar hace más calor que frío.

El sentido de búsqueda de todo ser humano se apoderó de esos dos discípulos y Cristo les pregunta: “¿Qué buscan?” (Juan 1:38). En el fondo ellos querían saber quién era Jesús y él, a su vez, nos interroga a cada uno de nosotros qué buscamos y nos hace pensar sobre lo que llevamos dentro de nosotros. ¿Qué esperamos realmente nosotros de Jesucristo?

Pablo en su primera epístola a los de Corinto, nos aclara esa idea cuando les dice: “A ustedes que Dios santificó en Cristo Jesús” (1 Corintios 1:2). Al formar parte del Cuerpo de Cristo vivimos en Jesucristo y recibimos su Espíritu. Recordemos que la palabra “cristiano”, que había sido usada por primera vez en Antioquía para designar a los discípulos de Cristo, no era todavía muy común, por eso al decir “en Cristo” significa directamente cristiano. Pablo nos muestra cómo debemos proceder cuando revisamos las actitudes de nuestro grupo apostólico o de nuestra vida conyugal e incluso de nuestra comunidad de fe.

En vez de desanimarnos viendo únicamente el mal o de acusarnos mutuamente, la primera cosa que hay que hacer es darnos cuenta de todo lo que tenemos en común. Ser cristiano es vivir en armonía los unos con los otros amándonos incondicionalmente. No es tan difícil ser cristiano, pues basta tener el coraje de decir no a las cosas que contradicen los preceptos cristianos. No a la violencia, no a las drogas, no al crimen y al desorden. Pero más que decir no es mejor tener un sí siempre en nuestros labios. Servicialidad, solidaridad, apoyo, amor a la verdad y cumplir el mandamiento por excelencia que Cristo nos enseñó “amar a los demás como él nos amó”. Esta es la única señal de los cristianos: el amor.

La sociedad actual ha perdido su condición de estar “en Cristo”, es decir, se ha alejado de los principios cristianos que Cristo nos dejó. El cristianismo actual se ha desvirtuado por los falsos cristianos y por la falta de testimonio de muchos de nosotros. Debemos luchar arduamente para “cristificar” nuestra sociedad y nuestra iglesia, pero para eso debemos cambiar nuestra manera de pensar para cambiar nuestra manera de vivir, es decir, vivir en armonía en el amor de Cristo. Nosotros, con nuestros testimonios, vamos a sentir que es Cristo el que vive en nosotros y los demás pueden descubrir a Cristo a través de nuestro comportamiento y nuestra conducta conforme a los principios del evangelio.

Pidamos en esta eucaristía que todos salgamos renovados por el poder del Espíritu Santo para de esa manera colaborar con mejorar nuestro entorno familiar, comunitario y social. Que el Dios de la paz y el amor les conforte y aumente cada día su fe en Jesucristo nuestro gran liberador. En el nombre del Padre, del Hijo y del espíritu santo. Amén.

 

— El Rvdo. Napoleón Brito, dominicano, que ejerce su ministerio en la Diócesis de la República Dominicana.

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