4 Adviento (A) – 2013

22 de diciembre de 2013

Isaías 7:10-16; Salmo 80:1-7, 17-19; Romanos 1:1-7; Mateo 1:18-25.

El Adviento casi ha terminado. Se nos dio la oportunidad de reavivar nuestra fe, más allá de las fiestas y de los regalos. Nos preparamos para celebrar la Natividad de nuestro Señor y salvador Jesucristo. Un compromiso con la familia y nuestros principios cristianos.

Litúrgicamente hemos visto una serie de señales de que la temporada está terminando. El evangelio según san Mateo en su capítulo primero nos dice: “La virgen concebirá y dará a luz, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros” (Mateo1: 23). Pero no solo las lecturas nos muestran que estamos a la puerta de la Navidad sino que, encendimos las cuatro velas de la corona de Adviento, compramos los regalos que daremos el día de Navidad a amigos y familiares. Y todas estas son señales de que va terminando el tiempo de preparación y que vamos a festejar el nacimiento de nuestro Señor y salvador Jesucristo, celebrar su segunda venida y visitación diaria.

Cuando se dio el anuncio del nacimiento de Jesús, María su madre estaba comprometida para casarse con José, de profesión carpintero, descendiente de David el cual estaba desconcertado ante la noticia de que su prometida estaba embarazada. Pero asume el desafío y hace frente a esta situación que se le presenta. La reacción normal hubiera debido ser, para salvar su honor, la denuncia pública, el divorcio, en otras épocas, la lapidación de la mujer. Era pesimamente mal visto al que no reaccionara de esta manera. La denuncia pública, exigir el castigo, sumergir a la familia en la deshonra, la anulación de todo lo acordado, la devolución de lo cedido y aún el pago de cuantiosa indemnización eran puntos de honor de los cuales no podía dispensarse ningún judío. Pero José no es un judío cualquiera. José no sabe qué es lo que ha sucedido, pero está seguro de que, de alguna manera que él no puede entender, María es inocente.

En nuestro peregrinaje terrenal se pueden presentar momento difíciles, llenos de dudas e incertidumbres, al igual que desafíos así como le sucedió a José. Cuando vamos a emprender un proyecto que amerita un gran esfuerzo en nuestra vida personal o en la iglesia, también pasamos por momentos de titubeos. El miedo se puede apoderar de nosotros, convertirse en una barrera y no dejarnos avanzar o ver las cosas como son. José también pasó por momentos así, y el evangelio según san Mateo nos dice que Dios se le revela en sueño diciéndole: “No tengas miedo” (Mateo 1:20).

El miedo tiene la cualidad de paralizarnos. Si le permitimos que se apodere de nosotros, aunque sea por un instante, no podremos cumplir el proyecto de vida que nos hayamos propuesto, que puede ser el de hacernos realmente uno con Dios, haciéndonos santos y, por ende, capaces de transformar al mundo, a la iglesia y a la sociedad en que vivimos.

Más aún, el miedo puede llevarnos a enfrentar nuestra fe. Podemos decir que es el lado opuesto de lo que debemos hacer. San Pablo nos dice en una de sus epístolas que: “La fe es la certeza de cosas que no vemos, pero que esperamos que suceda” (Hebreos 11:1). Es una forma positiva de anticipación, de confianza en algo que nos fue prometido por Dios. Aunque no veamos la salvación, no sabemos cuándo será el día, pero confiamos y vivimos de acuerdo a esa confianza. El miedo es justamente lo contrario.

Miedo es la certeza de cosas que no vemos y esperamos, pero negativamente. Por ejemplo, “no sé lo que va a suceder mañana, pero espero que alguien me asalte, que me engañen en el negocio que emprenderé el año entrante, o que no pueda cumplir las expectativas que tienen en mi trabajo”, y como creo que eso va a suceder, siento miedo y vivo de acuerdo a esa sensación. Contrario al miedo, la fe nos hace avanzar y cosechar frutos tanto en el orden espiritual como el material. La valentía que tubo José hace que san Mateo lo considere un hombre “justo”, porque supo vencer el miedo, confió en la promesa de Dios y esto es señal de que estaba en el camino correcto.

Nos narra la historia bíblica que a José el ángel le habló por señales. Hoy día Dios también se nos revela con señales. Al ver al que sufre, al hambriento, al desvalido. Nosotros al iniciar la Navidad debemos dar señales de vida. Y no una vida cualquiera sino una vida llena de esperanza, paz, gozo y amor.

San Mateo anuncia que “al hijo de la virgen le pondrán por nombre Emmanuel que significa Dios con nosotros” (Mt. 1:23). En todo momento de la historia salvífica es importante el poder entender lo que esto significa, sentir su presencia cada día con nosotros y más aún al celebrar su nacimiento.

Jesús vino al mundo en un momento en que la esperanza se había perdido. Los gobernantes maltrataban al pueblo. Situación esta no tan diferente a la que vivimos en muchos de nuestros pueblos hoy día. Y es ahí el gran desafío que tenemos al iniciar este nuevo año, reconocer que debemos llevar la esperanza de vida nueva donde no la hay. Una vida llena de la presencia de aquel que nació en Belén, “Dios con nosotros”.

En estos tiempos que vivimos todos, necesitamos ser impregnados con una buena dosis de esperanza, sin ella la vida se nos hace difícil y podemos sentir que vamos cuesta abajo. En algún momento de nuestra vida nos hemos enfrentado a momentos en que sentimos que toda esperanza está perdida. Pero debemos recordar que en Jesús está puesta nuestra esperanza y él es Dios con nosotros.

La esperanza es el mecanismo que mantiene al ser humano tenazmente vivo, soñando, planeando y construyendo. Está dentro de nosotros y podemos acrecentarla primeramente confiando en Dios y en cada una de sus promesas. Él es fiel y quiere lo mejor para nuestra vida. No vivimos de casualidad, vivimos por su propia voluntad porque él nos creó con un plan, un propósito; se hizo hombre y vino a visitarnos.

Estos días son buenos para desarrollar la esperanza, ya que se acerca el inicio de un nuevo año, tiempo de retomar sueños no realizados y cumplirlos reflejando en todo momento la paz que viene de lo alto con una fe firme en Dios nuestro Salvador.

Y lo más importante es que estaremos celebrando la gran historia de amor que es la historia de salvación del mundo, la obra más importante del amor de Dios por nosotros, la Navidad. Tiempo de esperanza, gozo y paz. Que cada uno de nosotros seamos embajadores de ese gran amor que Dios tuvo para con nosotros en donde “Dios, el Verbo, se hizo carne y unió el cielo con la tierra y la tierra con el cielo” nos conceda su paz y su favor.

Oremos: Que el Dios de la esperanza nos llene de toda alegría y paz a todos los que creemos en él, para que rebosemos de esperanza por el poder del Espíritu Santo.

 

— La Rvda. Margarita es oriunda de la República Dominicana. Es la misionera latina en la Diócesis de Maryland y vicaria de la iglesia episcopal de la Resurrección en Baltimore, Md.

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