2 Adviento (A) – 2013

8 de diciembre de 2013

Isaías 11:1-10; Salmo 72:1-7, 18-19; Romanos 15: 4-13; Mateo 3:1-12.

Estamos en Adviento, tiempo de esperanza, de preparación y de conversión, es tiempo precioso de encuentro con Dios, de examen profundo de nuestras vidas en donde hay esperanza de encontrarnos con él, nuestro Creador, en lo más íntimo, época añorada por todos, pero aprovechada por muy pocos.

Hay en muchos cristianos una tremenda preocupación más por lo externo que por lo espiritual, con lo que tiene que ver más con nuestro compromiso de hijos de Dios. Debemos ir desmontando paulatinamente costumbres que nos hacen daño, que no nos benefician en nuestra fe. Adviento, de advenire, lo que viene, lo que esperamos, es tiempo de enriquecimiento espiritual a través del encuentro personal con Cristo y el prójimo, más que tiempo de compras y preparaciones de fiestas y comidas que representan gastos y por lo tanto, más problemas por deudas adquiridas.

Cuando usamos el Adviento para prepararnos externamente a través de compras y planes que implican invitados y muchos regalos, nos arriesgamos a celebrar una navidad sin Jesús. Juan Bautista, hijo de un mudo y una mujer estéril, es la “voz” radical de Dios, bajo la imagen del hacha, la raíz y el fuego, que pretende “preparar” el reino y “enderezar” la sociedad injusta. “Una voz grita en el desierto: ‘Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto”. Juan Bautista viene a exigir a sus seguidores que enmienden su vida y que confiesen su fe. Es un profeta que clama en el desierto. Proclama un bautismo de agua, signo que exige a sus seguidores, para que todo aquel que nazca de nuevo del agua, se vuelva hacia el reino inminente de Dios. Proclama la llegada pronta del reino de Dios, para lo cual debe haber conversión de una sociedad corrompida.

Como dice Pablo en la carta a los romanos, capítulo 15, versículos 4 a 13: “Y Dios, que es quien da constancia y consuelo, los ayude a ustedes a vivir en armonía unos con otros, conforme al ejemplo de Cristo Jesús, para que todos juntos, a una sola voz, alaben al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Palabras en la carta a los romanos que hacen eco de lo que predicaba Juan Bautista: conversión que debe traducirse en acción, en el amor a Dios a través del amor al prójimo y viceversa. Por esto Adviento es el tiempo de examen del amor a Dios y al prójimo, amor que hay que calibrar mediante la lectura y escucha de la Palabra, de la acción por el necesitado, del perdón a las ofensas a nosotros cometidas y las ofensas por nosotros cometidas. No perdamos el tiempo en otras cosas que no están en el programa ni planes de un cristiano. No es positivo ver a un cristiano regalando cosas materiales cuando lo que se exige y se necesita es solo amor. Esto es parte del llamado que Juan Bautista nos hace a todos nosotros. Que cambiemos de costumbres, que no nos rijamos por lo que hace la multitud, sino por aquello a que nos ha llamado Dios, a ser genuinos de vida y de compromiso.

Al leer al profeta Isaías, capítulo 11, versículos del 1 al 10, observamos el fin del Adviento, prepararnos a la Navidad, al nacimiento del Salvador, que el profeta bien describe en los diez versículos del presente texto: “De ese tronco que es Jesé, sale un retoño; un retoño brota de sus raíces…El no juzgará por la sola apariencia, ni dará su sentencia fundándose en rumores. Juzgará con justicia a los débiles y defenderá los derechos de los pobres del país…Siempre ira vestido de justicia y verdad. Entonces el lobo y el cordero vivirán en paz, el tigre y el cabrito descansarán juntos, el becerro y el león crecerán uno al lado del otro, y se dejarán guiar por un niño pequeño”.

He aquí las características de Jesús para quien preparamos nuestra vida, nuestro corazón, a quien invitamos a vivir en nosotros. Él transformará toda nuestra existencia, toda nuestra realidad. Porque si Adviento significa preparación para que Jesús nazca en nosotros, entonces su nacimiento hará cambios radicales en nuestro compromiso con Dios y con el prójimo. Volvamos a leer un poco de la carta a los romanos: “Así pues, acéptense los unos a los otros, como también Cristo los aceptó a ustedes, para gloria de Dios”. En otras palabras, si Cristo vive en ti, estás obligado a demostrarlo mediante tu comportamiento y compromiso con el prójimo. Aquí las palabras sobran, los discursos floridos están mandados a recoger. Lo único que importa en este mundo cruel e inhumano, son los hechos de amor. No podemos gastar más saliva hablando bonito e invitando a otros a hacer lo que nosotros no estamos en capacidad de hacer. Menos palabras y más acción, requiere una sociedad donde el ser humano, pobre y necesitado, excluido, no importa para ella, porque no está en capacidad de producir. Aquí sí son aplicadas las palabras de Pablo, pero en sentido adverso a la persona desamparada: “El que no trabaje, que no coma”.

Les invito a sumergirse en este maravilloso tiempo llamado adviento, que requiere solo de interés, no hay invitaciones, ni hay que pagar entradas, ni se exigen regalos para intercambiar, ni vestidos suntuosos, ni tampoco apariencias engañosas, ni mucho menos hipocresías. Tan solo se requiere del interés de participar, de degustar un tiempo que nos depara cosas maravillosas. Tan solo se exige de cada uno que tenga entereza, tenacidad para alcanzar el fin propuesto, llegar hasta el final, despojarse paulatinamente de vestiduras viejas y contaminadas de mundo y de pecado, para irse revistiendo del vestido del amor, para irse vistiendo con el vestido del Cordero. Es más, tan solo se requiere del mero interés de participar, lo demás, les aseguro, lo hará Cristo, quien permanece a las puertas de nuestra vida presto a llevarnos de la mano por los caminos de la paz, de la justicia y del amor, cuando nosotros lo queramos.

Jesús no va a forzarnos, él cuenta con y respeta nuestra libertad y libre albedrio. Decía, que él toca a la puerta de tu corazón, pero no lo tumba, no destruye la puerta. Él no va a violentar tu realidad porque sería contradictorio. Él ama la paz, odia la violencia. Aceptemos su invitación, abajemos nuestros orgullos, renunciemos a nuestra sabiduría, llenémonos de su amor, caminemos con él, preparemos nuestros corazones, vistámonos de justicia y libertad, acudamos presurosos a la asistencia del más necesitado para hacerlo parte de nuestra familia, la familia de Dios, permitamos a otros excluidos por la sociedad, participar del banquete del Cordero que nace en todos nosotros, celebremos juntos la Navidad que nos trae a Jesús, para que la celebremos con él, no sin él.

Convertidos, con un corazón nuevo, personas nuevas, hagamos de este mundo uno mejor, más digno, más humano, más asequible por los necesitados, dispuesto a suplir las necesidades del más pobre, mediante una vida digna, y todos los elementos necesarios para desarrollarse como persona digna. Si logramos esto, por supuesto, no de la noche a la mañana, estaremos venciendo a un mundo que por años nos viene obligando a celebrar una Navidad que no es, desaprovechando el tiempo maravilloso del adviento, y, perdiendo la oportunidad de crecer en espiritualidad, en amor, en Dios.

 

— El Rvdo. Dr. Hernán Afanador, colombiano, trabaja en la diócesis de Alabama.

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