Vigilia Pascual (C) – 2013

30 de marzo de 2013

Romanos 6:3-11; Salmo 114; Lucas 24:1-12.

Muchos de vosotros habréis visto la inspiración popular (o el poema) que se llama “Huellas” (“Footprints” en inglés). Es el sueño de un hombre que se encuentra con Dios y está feliz mientras ve dos pares de huellas sobre la arena en la orilla del mar. Todo cambia cuando se da cuenta que en los momentos más difíciles de la vida, hay solo un par de huellas. En ese momento, le reclama a Dios: “¿Por qué me abandonaste en los tiempos más oscuros y difíciles de mi existencia?” Entonces Dios le responde: “Hijo mío, cuando estabas sufriendo y las cosas no te iban muy bien, yo te llevaba en brazos… por eso veías solo un par de huellas”.

En esta noche santa, en la cual celebramos con gozo la gloriosa resurrección de nuestro Señor Jesucristo, hemos escuchado varias lecturas de la Palabra de Dios que nos hacen un recuento bastante extenso de toda la historia de la salvación; desde el momento de la creación, cuando Dios dio a luz a todo lo creado, hasta el momento de la victoria de Cristo sobre la oscuridad de la tumba.

Hemos entrado a la iglesia en medio de la oscura, guiados por la luz de Cristo, el Cirio Pascual, y de él pronto se encienden todas las velas que los fieles llevan y también las luces del santuario. Toda la liturgia nos habla de un Dios que nunca se olvidó de su pueblo y que lo acompañó y lo sigue acompañando en su camino por la vida.

Es fácil olvidar que Dios está con nosotros, especialmente en tiempos difíciles. Al igual que el hombre del sueño, al ver un solo par de huellas, nosotros también elevamos los ojos al cielo y clamamos: “¿Dónde estás Dios mío?”

La gran enseñanza de la riqueza de las lecturas de la palabra de Dios que hemos escuchado nos dice que Dios nunca se olvida de nosotros; ni al principio, cuando todo era oscuridad, ni cuando el pueblo atravesó el mar Rojo, ni cuando el pueblo le reclamaba a los profetas que estaban sufriendo en el desierto.

En todo momento, incluso cuando no vemos sus huellas, Dios nos lleva en sus brazos de amor. Estoy seguro de que esa fue la confianza que mantuvo fuerte la fe de los profetas, al pueblo de Israel y, a lo largo de los siglos, a todos los seguidores de Jesús. En nuestra vida, quizás no nos falten momentos de oscuridad, pero tampoco nos falta el poder de la fe en la resurrección de Cristo.

Los cristianos, en esta noche santa proclamamos el anuncio más importante de todo lo que creemos y a lo que aspiramos. La resurrección no es un acontecimiento cualquiera, ni otro artículo más del credo. Lo que estamos celebrando es el misterio central y fundamental de nuestra fe en Jesús. ¡Cristo ha resucitado! Y ese anuncio es lo que nos hace realmente cristianos.

La muerte no obtuvo la victoria final, ni la oscuridad de la tumba fue capaz de tener la última palabra. El hecho de que seamos seguidores del Resucitado nos hace un pueblo de la resurrección. Estamos llamados a vivir cada día en la esperanza que nos da nuestro bautismo, la promesa de que “todos los que han muerto con Cristo, resucitaran con él”. Tú y yo somos participes del misterio de su muerte y resurrección y vivimos con la firme esperanza de que también un día vamos a resucitar.

Hace unos años una revista deportiva hizo un estudio de los “Regresos” (Comebacks en inglés) más importantes en la historia. Hablaban de los equipos de béisbol y de fútbol que fueron capaces de cambiar la historia deportiva, ganando partidos importantes a última hora, a pesar de que estaban perdiendo. En la lista de los acontecimientos que más cambiaron la historia, al editor deportivo se le ocurrió escribir algo de hace más de dos mil años, “La resurrección de Jesús… pues nadie ha regresado de la muerte”.

Así es amigos, lo que tú y yo celebramos cambió la historia de la humanidad para siempre. Porque cambió lo que nosotros conocemos como eternidad… Hemos sido creados para vivir con Jesús para siempre. Nosotros también participaremos en la victoria gloriosa de la resurrección de Cristo.

Algunos encuentran humor en el hecho de que Dios eligiera a las mujeres para ser las primeras en presenciar y dar testimonio de la resurrección. Tengo que ser sincero, yo no; pues siempre he creído que Dios en su sabiduría sabía muy bien quienes eran capaces de anunciar la buena nueva con más efectividad y rapidez.

Las mujeres que fueron a la tumba no podían callar lo que vieron. Nosotros tampoco lo podemos hacer. Estamos llamados a ser un pueblo de la resurrección y testigos de que nuestro Dios está vivo y nos llama a la plenitud de la vida. Nuestro testimonio ante el mundo en que vivimos es importante y no podemos quedarnos callados o con los brazos cruzados. Tenemos que anunciar con entusiasmo que Cristo está vivo…

La luz de Cristo, la luz del Cirio Pascual, nos ilumina en esta temporada de Pascua y es un signo visible que desde nuestro bautismo somos realmente herederos de la promesa de la vida eterna y participes de la resurrección del Señor. Hoy, al renovar nuestros votos bautismales, recordemos que anunciamos la resurrección cada vez que ponemos en práctica nuestro pacto bautismal y cada vez que damos testimonio con palabra y obra de que Cristo vive en nosotros.

 

— El Rvdo. Alberto R. Cutié es rector en la Iglesia de la Resurrección en Miami.

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