Jueves Santo (A,B,C) – 2013

28 de marzo de 2013

Éxodo 12:1-4, (5-10), 11-14; Salmo 116:1-2, 12-19; 1 Corintios 11:23-26; Juan 13:1-17, 31b-35.

Hoy día de Jueves Santo, la celebración en comunidad de la última cena acompañada del lavatorio de pies, nos recuerda y nos invita una vez más a reflexionar en la Eucaristía que Jesús nos ofrece al darse en cuerpo y alma en ofrenda de amor y sacrificio para nuestro alimento espiritual, y también a centrarnos en el ejemplo de servicio al prójimo con amor y humildad que Jesús nos llama a imitar como regla de vida, fundamental en nuestra vocación como cristianos.

En la lectura del evangelio, escuchamos que Jesús se levanta de la mesa, se quita el manto, se ciñe una toalla al cinto y procede a lavarle los pies a cada uno de sus amigos a quienes ama y amará hasta el final. Mediante este gesto purificador y de humildad, Jesús nos enseña y nos invita a poner en práctica la buena nueva que desea dejarnos como su gran legado antes de volver al Padre. Ese su gran legado que nos deja como un mandamiento nuevo consiste en amarnos unos a otros como él nos amó al extremo y hasta el fin.

El amor de Jesús por nosotros hasta la muerte y muerte en la cruz es por el cual somos redimidos del pecado y de la muerte. Su muerte como pecador sin él jamás haber pecado, nos redime, y al vencer la muerte con su resurrección al tercer día, nos abre las puertas de la vida eterna haciéndonos dignos de entrar de nuevo en el reino de Dios Padre siendo llamados entonces sus hijos.

A través de la práctica de amarnos unos a otros, sirviendo como servidores humildes unos de otros, imitando la enseñanza que Jesús nos muestra hincado de rodillas, lavando con amor y humildad los pies de sus discípulos, establecemos el servicio recíproco, la misión para la nueva comunidad. Ese servicio al prójimo dado con amor y humildad, es un servicio que nos libera porque al darlo como Jesús nos lo muestra, las diferencias de raza, de género, de clase social, de rango se borran, dejan de existir; se vienen abajo las barreras de las diferencias de poder porque al ofrecerlo con gozo y sin juzgar al que lo recibe, logramos liberarnos y traemos paz y armonía a todo lo que nos rodea. La vida que se centra en el servicio al prójimo alimenta nuestra fe y abre los caminos de la esperanza, nos purifica y nos hace sentirnos como es Jesús en su esencia: un ser que es todo amor y compasión.

Ese servir y amarse recíprocamente con amor y humildad al que Jesús nos llama en ésta, la noche de su despedida, antes de entregarse al sufrimiento y a la muerte, requiere de nosotros, el reconocer primero, que estamos llenos de amor y de compasión nosotros mismos para que ese amor se muestre en el interior de nuestro ser, rebosando de deseo de compartirse al servir con humildad a otras personas, a nuestro prójimo.

Si nos encontramos vacíos de amor, aislados, cerrado el corazón a sentir el amor de sí mismos, no reconociendo que somos dignos de amar y ser amados, si no sabemos o no aceptamos que somos creados a imagen y semejanza de un Dios que es amor, el trabajo entonces es el de buscar con fe a ese Dios que es amor y ante su presencia divina permitir que nos llene de su amor, amor que sólo él puede prodigarnos con sólo abrirnos a sus brazos amorosos; estar listos a pedir ese amor que nos fortalece, que nos transforma, el amor divino que se nos concede cada vez que nuestro ser lo necesite, ese amor que crece más y más y se desborda entre más y más lo compartamos con todo el que se nos cruce en el camino.

El amor que resiste a todo conflicto, a todo escollo, a toda injusticia o maldad. El amor que no se cansa de llenarnos de gozo y de la alegría de vivir, el amor que vemos en el rostro de toda persona y que percibimos en la naturaleza que nos rodea, el amor que es el Espíritu de Dios que se mueve y actúa entre nosotros, ese Espíritu que nos da la voz para proclamar sus grandezas y para ser la voz de los que necesitan que se los defienda ante los abusos de los poderosos. El amor que nos hace entrar en nuestro poder para llevar la palabra y las enseñanzas, la reflexión y el entendimiento de la voluntad de Dios para su reino en este mundo. El Espíritu de Dios que logrará que un día reine la paz y la armonía en las naciones y los confines de este mundo.

Jesús también nos enseña lo que él quiere que entendamos como servicio ofrecido con amor y humildad al prójimo, a través de su diálogo con el discípulo Simón Pedro quien no entiende el que Jesús deje de lado su autoridad para lavarle los pies. Para Pedro, Jesús es su Señor, su Maestro, títulos de superioridad que no van con la hospitalidad que en la cultura judía ofrecía el anfitrión a los huéspedes por medio de uno de sus sirvientes, un esclavo que no era judío considerado inferior en dicha sociedad. Jesús escucha la reacción y la pregunta de Simón Pedro y comprendiendo su confusión ante la inversión de las normas de trato entre unos y otros y lo que Simón Pedro entiende como tener y ejercer autoridad, le contesta: “Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo. Lo comprenderás más tarde” (Juan 13:7). Ese entendimiento les llega más tarde cuando después de lavarles los pies a todos vuelve a la mesa y les invita a que sigan el ejemplo que les ha dado y que lo pongan en práctica y más claramente cuando les dice: “En verdad les digo: el servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía” (Juan 13:16) queriendo decir que los servidores que ofrecen servicio al prójimo con amor y humildad no son más que su patrón que los envía a servir.

Con ese espíritu de entrega amorosa que con su ejemplo y como despedida Jesús nos enseña esta noche, les invito a que nos lavemos los pies los unos a los otros de manera humilde y sencilla, experimentando en nuestra alma ese amor divino que nos hace uno en el amor de Jesús la noche antes de entregarse al más grande de los sacrificios. Su espíritu divino nos acompaña en esta ceremonia de amor donde nos atrevemos a amar como él nos amó; donde damos de nosotros mismos el amor que llevamos por dentro y que con la caricia del agua tibia purificadora compartiremos con la persona que a su vez recibe nuestro regalo con gratitud, y nos lo devuelve así como nosotros se lo ofrecemos.

Disfrutemos de ese gozo de dar y recibir comprometiéndonos a disfrutar del regocijo de amar a cada paso en nuestra vida de fe. Bendigamos los mementos que vamos a vivir, los caminos recorridos, las jornadas felices o escabrosas de las almas que rociaremos y nos rociarán con el agua, disfrutemos de nuestra humilde intención de servir de instrumento de bendición de ese Dios que se deleita en cada uno de nosotros. Como les dice Jesús a sus discípulos: “El que se ha bañado está completamente limpio y le basta lavarse los pies. Y ustedes están limpios aunque no todos” (Juan 13:10). Nosotros hemos sido bañados con el agua del bautismo, vamos a lavarnos los pies y al final estaremos limpios. Y rogaremos por aquéllos que no lo estén, por aquéllos que necesiten aceptar la redención que Jesús, nuestro Maestro y Salvador, nos ofrece con su muerte y resurrección. Amándonos los unos a los otros es como seremos reconocidos como discípulos del Cristo que se inmola para salvarnos y llevarnos con gozo al reino prometido del Padre.

 

— La Rvda Ema Rosero-Nordalm sirve como diacona en la iglesia St. Stephen en el South End de la ciudad de Boston, MA. También es la misionera de los Ministerios Latinos/Hispanos para la diócesis de Massachusetts.

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