Último domingo después de la Epifanía / Domingo de Misión Mundial (C)

10 de febrero de 2013

Éxodo 34:29-35; Salmo 99; 2 Corintios 3:12-4:2; Lucas 9:28-36, (37-43a)

Hoy, el último domingo de epifanía, es reconocido todos los años como el domingo de Misión Mundial alrededor de la Iglesia Episcopal.

La palabra ‘misión’ viene del verbo latín mittere “ser enviado”; la misión es sobre ser enviado. Pero, ¿qué es lo que se nos envía hacer, y a dónde se espera que vayamos?

La misión a la que todos somos llamados como cristianos es la misión de Dios. Esta misión es la más sucintamente articulada en nuestro pacto bautismal y en especial en las dos últimas preguntas del pacto.

“¿Buscaras y servirás a Cristo en todas las personas, amando a tu prójimo como a ti mismo?”
“¿Lucharas por la justicia y la paz entre todas las personas, y respetaras la dignidad de cada ser humano?”

A lo cual declaramos, “Si, lo hare, con la ayuda de Dios.”

Estas dos promesas simples son guías excelentes cuando reflexionamos sobre lo que Dios nos está llamando a hacer, y cómo debemos responder fielmente.

Somos una iglesia de encarnación. Cuando internalizamos el conocimiento que Dios ha creado a toda la humanidad a imagen y semejanza de Dios y que todos somos hermanos y hermanas en Cristo, es imposible pasar cerca de alguien que tiene necesidad sin sentir el llamado de responder. Es mucho más fácil ignorar el sufrimiento alrededor del mundo cuando este ocurre en un lugar lejos y cuando no nos sentimos conectados con las personas que están sufriendo.

Pero cuando sentimos una conexión, cuando nos damos cuenta que la persona que está sufriendo es parte de lo que somos, sangre de nuestra sangre, hueso de nuestro hueso, es entonces que el instinto y deseo de responder es mucho más intenso.

Y sin embargo todos estamos conectados. Desde los inicios y desde el comienzo de la escritura, todos fuimos creados de un mismo y único punto, que es el amor de Dios. Todos somos hijos de Dios, y todos fuimos creados a imagen y semejanza de Dios.

Dentro de toda la escritura, tanto en la Biblia Hebrea como en el Nuevo Testamento, hay un hilo que describe como la humanidad por si misma se ha separado de Dios y de uno del otro, y en varias épocas en nuestra historia como la humanidad ha retrocedido hacia Dios y uno del otro a través de testigos de profetas y después mediante la encarnación del hijo de Dios en este mundo. La misión de Dios es fundamentalmente sobre este viaje de reconciliación; la misión a la cual somos llamados a participar es la misión de la reconciliación con Dios y el uno con el otro. Esta es la esencia del llamado de Dios a nosotros.

En el libro  “Los Miserables,” Victor Hugo escribe, “Amar a otra persona es ver el rostro de Dios.” Uno puede agregar que cuando uno mira a los ojos a otra persona, especialmente a alguien quien sufre, nosotros también vemos el rostro de Dios. Cuando nos relacionamos con otros, cuando honestamente deseamos alimentar una relación con otros, es entonces que sentimos que es imperativo responder a sus necesidades así como ellos son atraídos a responder a nuestras necesidades. Un aspecto importante en nuestra respuesta a la misión de Dios es que somos llamados a estar en una relación mutua unos con otros. Recuerde que en nuestra promesa bautismal nosotros declaramos que vamos a luchar por respetar la dignidad de cada ser humano. Nosotros no podemos respetar la dignidad de otra persona si la relación es unilateral.

Desde el principio de la historia,  las personas han respondido al amor de Dios de diferentes maneras. Los misioneros han viajado a todas los rincones de la tierra compartiendo la Buena Nueva de Cristo a aquellos que no han oído. Los misioneros trajeron educación , atención de salud, ellos han sanado a los enfermos, vestido al desnudo, visitado a los prisioneros, alimentado al hambriento, y construido casas para aquellos que no tienen refugio.

Ha habido algunos que a través de la historia han sacrificado sus trabajos con bueno salario, una vida cómoda y aún sus propias vidas para responder al llamado de Dios a buscar y servir a Cristo en todas las personas. Todavia existen personas que como misioneros de la iglesia responden al llamado de Dios y viven enfrentando condiciones culturales, lingüísticas y económicas.

Tenemos jóvenes adultos quienes dan un año de sus vidas para trabajar alrededor del mundo brindando su servicio. Ellos trabajan en la provincia montaña de Filipinas; con trabajadores emigrantes en Hong Kong; apoyan a la misión de un hospital en las áreas rurales de Lesotho, África; enseñan música en Haití; proveen apoyo para la participación social de la Iglesia del Sur de África. Nuestros misioneros en el programa del Cuerpo de Servicio de Jóvenes Adultos están haciendo una gran diferencia en las regiones donde trabajan.

Además, tenemos misioneros que trabajan por un largo periodo de tiempo, desarrollando programas y obteniendo un profundo conocimiento del idioma, cultura cuando comparten sus talentos y habilidades para apoyar  a nuestros compañeros en la Comunión Anglicana alrededor del mundo como doctores, enfermeros, educadores, contadores, diseñadores de páginas web,  administradores y defensores de una causa.

Hace unos años, hemos observado el crecimiento de misiones a corto plazo, con parroquias y diócesis en toda la Iglesia Episcopal  participando en misiones y desarrollando y alimentando relaciones con los hermanos y hermanas alrededor de la Comunión Anglicana. Este desarrollo ha proveído una oportunidad para que muchas personas aprendan sobre sus vecinos que viven lejos, aprendan sobre cómo Dios trabaja en las vidas de las personas y respondan a las necesidades humanas en una manera significativa.

Responder a las necesidades físicas de los seres humanos es muy natural y Jesús nos llamó a hacerlo. Pero nunca debemos olvidar que nuestro primer llamado es estar en relación con otros y responder al llamado de reconciliación de Dios. Somos llamados a escuchar las historias mutuamente.

Después de la terrible devastación causada por el Huracán Sandy en el área de Nueva York a finales del mes de octubre de 2012, muchos grupos de la iglesia enviaron a equipos para que ayuden a limpiar. Un grupo en especial trabajo arduamente todo el día, limpiando casas, lavando paredes con hongos incrustados y tirando basura. Una mujer de edad avanzada que fue ayudada estaba tan orgullosa de su vecindario que ella insistió que el equipo de misión debería venir y ver el parque local. Quizás uno de los más significativos encuentros del día fue cuando una persona del grupo, un joven adolescente, fue con esta mujer a visitar el parque y a escuchar su historia. Por alrededor de 15 minutos él presto toda su atención a esta mujer, fue un tiempo para que ella comparta su alegría en medio de la tristeza por la perdida de su casa, un momento para que ambos vean a Cristo en ellos mismos.

Nosotros no somos llamados a viajar alrededor de los continentes o a visitar prisioneros, pero somos llamados a amar a nuestro semejante como a nosotros mismos. Tener fe en nuestra propia fe, creer en Dios, como Pablo indica en Corintios, “Tenemos tal esperanza, actuamos con gran valentía”. Debemos tener la valentía que proviene de reconocer que todos somos Hijos de Dios y que Dios siempre nos amara y que Dios nos tiene bajo la sombra de sus brazos.

“Hacer” es importante, pero  “ser” es la esencia principal de la misión. Somos llamados a compartir con otros los talentos físicos que tenemos, y la desigualdad de riquezas que existe en este país y alrededor del mundo es una tragedia que debemos de tratar incesantemente. Sin embargo, es además importante recordar a otros que son amados y que no son olvidados, eso es lo vital de lo que Dios nos llama  a hacer.

Ya sea que estemos ayudando en un almacén de alimentos en nuestra comunidad local, participando en viajes de misiones alrededor del mundo, o viviendo en otra cultura por muchos años, es el amor al prójimo lo esencial de la misión.

Un misionero dijo que el mejor consejo que él pudo haber recibido cuando era un sacerdote joven fue él de siempre “amar a las personas”; ya que para eso es que somos llamados.

¿Qué se nos envía hacer, y a dónde vamos?

Como cristianos somos enviados a amar a Dios y amarnos unos a otros, somos enviados a al mundo entero. Somos enviados para estar con nuestros vecinos de la misma calle y con nuestros vecinos alrededor del mundo.

 

— El Rvdo. David Copley es el representante del Personal de Misión de la Iglesia Episcopal y líder del equipo de la oficina de Compañerismo Mundial. Él fue un misionero en Liberia y Bolivia y sacerdote en la diócesis de Virginia antes de aceptar su posición actual.

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