Nochebuena (A,B,C) – 2012

24 de diciembre de 2012

Isaías 9:2-7; Salmo 96; Tito 2:11-14; Lucas 2:1-14 (15-20)

¡Esta es la Noche Buena del año litúrgico! La noche en que celebramos la gloria del Señor, cuando derramó su gracia y favor manifestado en el nacimiento de su Hijo Jesús para la salvación de todos. Inicio misterioso en el plan de Dios y que culminará con la “manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y de nuestro Salvador Jesucristo” (Tito: 2:13) al final de los tiempos.

Esta noche recordamos ese inicio salvador por el cual el Hijo de Dios se “entrega por nosotros, para rescatarnos de toda iniquidad, para adquirir un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras” (Tito 2:14).

Por ello, las palabras de Isaías, aunque históricamente se refieran a otros acontecimientos, espiritualmente adquieren pleno significado en esta noche: “Un niño nos ha nacido, nos han traído un hijo: y se llama Consejero maravilloso, Guerrero divino, Jefe perpetuo, Príncipe de la paz” (Isaías 9: 5).

No deja de ser una chocante y contradictorio a todas luces, que, no obstante su aparición, no obstante su venida y toda su enseñanza, las batallas, las guerras se hayan multiplicado por mil, y en dos mil y pico años de historia hayan corridos ríos de sangre, y muchas veces en el nombre de Jesucristo. Todo ello demuestra cuán certeras son las palabras del prólogo del evangelio de Juan: “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Juan 1:11). ¿Qué es lo que los humanos no recibieron o no quisieron aceptar? Es la Palabra de Dios. Y en esa Palabra había vida y esa vida era luz para todos los humanos. Quienes han aceptado esa Palabra ha sido capaces de ser hijos de Dios. Han sido engendrados de Dios (Juan 1:1ss).

Pero todavía estamos a tiempo. Si aceptamos esa Palabra divina que se nos ofrece notaremos una gran diferencia en nuestras vidas, así lo comprendió el salmista al ofrecernos un himnos de alegría y de esperanza. “Canten al Señor un cántico nuevo, canta al Señor, tierra entera; canten al Señor, bendigan su Nombre, pregonen día tras día su victoria” (Salmo 96: 1-2). Y la alegría debe surgir al constatar que el don divino que se nos ofrece hoy, en forma de niño indefenso, es más poderoso que todos los dioses del pasado y del presente, porque esos dioses no son nada, son figuraciones humanas que desfallecen y desaparecen con la fugacidad del ser humano.

Esta sublime realidad que nos ofrecen las escrituras sagradas en leguaje teológico y espiritual, San Lucas la humaniza en un cuadro histórico concreto, aunque los detalles no coincidan rigurosamente con la historia. Pero sí es cierto que nació un día hace unos dos mil y pico años en un ambiente palestino, controlado entonces por los poderosos romanos.

También es cierto, que siendo el dueño de todo el universo, no hizo alarde de todo su poderío y nació entre gente humilde, de padres humildes, y continuó toda su vida, dando ejemplo de humildad y de pobreza.

¿Qué lección espiritual podemos recabar del acontecimiento que estamos celebrando? Se nos ofrece ante todo un mensaje de salvación y de futuro. El don divino que nos viene de lo alto nos ofrece el mensaje de que todo lo que nos rodea aquí en la tierra es pasajero y que un día lo hemos de abandonar aquí para irnos allá al lugar de donde él vino.

Nos ofrece el mensaje de que el verdadero don y regalo es de carácter espiritual y divino ante el cual todos los regalos que se ofrecen e intercambian en la tierra carecen de auténtico valor.

¿Por qué entonces seguimos ciegos por las cosas terrenales cuando tenemos un tesoro celestial de valor incalculable? ¿Por qué seguimos afanándonos por complacer a los demás, a nuestros familiares y amigos, con regalitos que en las más de las veces no les satisfacen? Esta misma superficialidad se vuelve contra nosotros para dejarnos a todos insatisfechos.

¿Qué sucedería si en vez de regalos humanos ofreciéramos otros más profundos? Como: justicia, amor, misericordia, compasión. ¿Quién no puede quedar más satisfecho con valores de tal calibre. Y todavía mucho más quedaríamos satisfechos si nos intercambiáramos amor divino, al modo de Jesús.

En esta noche que recordamos un acontecimiento tan sublime, hemos de repetir una y mil veces el mensaje de los ángeles: “¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a todos los amados por él!, amor a todos sin excepción, pues Dios ama a todas sus criaturas, y por nosotros nació en el tiempo, para darnos testimonio de su existencia y de su naturaleza. Una naturaleza que es esencialmente amor.

 

Por el Rev. Isaías A. Rodríguez que es misionero diocesano en Atlanta. Y oriundo de España, llegó a este país en l974.

 

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