Día de Navidad (A,B,C) – 2012

25 de diciembre de 2012

Isaías 62:6-12; Salmo 97; Tito 3:4-7; Lucas 2:(1-7) 8-20

“Les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor”, así anunció el ángel a los pastores de Belén (Lucas 2: 10-11), y así se nos anuncia desde lo alto a nosotros hoy, en esta fiesta tan bella.

Estamos celebrando uno de los días más importantes del año litúrgico, y, sin embargo, la asistencia a esta celebración suele ser pequeña. Tal vez porque muchos han asistido a la celebración nocturna, o tal vez porque se queden en casa abriendo los regalos que se encontraban bajo el árbol.

Si esta última fuera la razón de la pobre asistencia de hoy, se habría perdido el verdadero sentido de los regalos, porque éstos tienen su razón de ser únicamente por el auténtico regalo y don que nos es dado de lo alto. El Hijo de Dios. En él todo adquiere sentido.

“Mira a tu Salvador, que llega”, dice el profeta Isaías. No llega un personaje cualquiera, sino que nos llega el único que nos puede salvar de todas nuestras limitaciones, el Hijo de Dios, Jesús encarnado en un niño frágil y de la manera más pobre que nos podamos imaginar.

Nos pasamos la vida buscando al que nos llega hoy. Nos pasamos la vida buscando la Felicidad, y no nos damos cuenta de que se encuentra en un niño indefenso y pobre que nos llega del cielo. Y es porque buscamos a Dios por caminos errados. Bien lo demuestran todos esos regalos materiales que se intercambian hoy en muchas familias cristianas.

El Salmista parece que lo intuyera incluso antes del nacimiento del Mesías. El salmo que nos presenta hoy la liturgia es un himno de alegría y regocijo. Una alegría que radica no en cosas creadas y materiales, sino en: “El Señor, que es Rey”, afirma. Y es Rey de todo el universo. Ante él deben regocijarse las nubes, los relámpagos, el fuego, los montes, los cielos todos. La razón de tanga alegría es por que el Señor es el Altísimo sobre toda la tierra, es mucho más excelso que cualquier otro dios. “Alégrense, justos, en el Señor, dando gracias a su santo Nombre” (Salmo 97, 12).

De este Dios que nos llega y brota toda la justicia y toda la alegría que pueden colmar el corazón de los humanos. Sin él, sin su ejemplo, sin su presencia caminamos desorientados por los caminos de esta tierra.

Y lo más maravilloso es que nosotros no hemos hecho nada para merecer su presencia, su llegada ha sido debido a su “sola misericordia” (Tito 3: 5). Y es precisamente esa misericordia la que más lo distinguió durante su vida. El niño que vemos hoy en un pesebre, crece, se hace hombre y muestra su amor y misericordia hacia todos, sin excluir a nadie. Algo que parecer ser la Iglesia olvidó posteriormente.

Y esa es la misma noticia que nos anuncia el evangelio de hoy. El ángel dice a los pastores: “No teman. Miren, les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor” (Lucas 2: 10).

El Salvador, el Rey, el Mesías anunciado desde tiempos inmemorables ha nacido hoy debemos rebosar de alegría. Pero, surge una duda, ¿cómo es posible que este poderoso personaje nazca tan pobremente, en un pesebre? Puede que lo del pesebre no sea rigurosamente cierto, pero sí lo es la pobreza. Nació pobre, creció pobre y vivió pobremente para darnos a entender que los bienes de este mundo no pueden compararse a los celestiales.

Como quiera que sea, esto no deja de ser una aparente contradicción. No podemos comprender que el Creador de todo el universo venga a nacer y vivir en la morada que él mismo ha hecho y la considere de poco valor, al nacer tan pobremente. Pero era conveniente que fuera así, pues de haber venido con realza suntuosa, con poder majestuoso, en lugar de darnos ejemplo nos hubiera atemorizado, y su ejemplo hubiera estado alejado de la inmensa mayoría de los humanos.

Parece que el mismo evangelio nos da una clave interpretativa. Nos dice que “María conservaba y meditaba todo en su corazón” (Lucas 2: 19). El instinto de esta madre judía, no podía comprender que su tierno hijo fuera el tan poderoso Salvador y naciera tan humildemente. Por eso lo meditaba y conservaba todo en su sin protestar.

La Navidad del Señor comenzó a celebrarse en el siglo IV para cristianizar la fiesta pagana que el 25 de siembre celebraba el “sol invicto”. Nuestra fiesta nos presenta una Luz infinitamente más resplandeciente que el sol y que nunca pierde su fuerza: Jesús, el Cristo, muerte y resucitado, eternamente vivo. La Natividad del Señor ha sido desde su origen una fiesta explícitamente pascual. La palabra “pascua” significa precisamente eso, que Dios ha pasado por medio de nosotros. Lo hizo hace dos mil años de una manera humana y lo hace todos los días de una forma divina y misteriosa. Dios pasa, y se queda en nuestros corazones. Pero hay que tenerlos abiertos y dispuestos a aceptarlo y que no pase de largo y nos quedemos solos y angustiados, con una angustia existencial y deseperanzadora.

Que este tiempo navideño sirva para reflexionar y darnos cuenta de que tenemos a Dios a nuestro lado, siempre. No solamente unos días durante el mes de diciembre y enero, sino durante todo el año. No permitamos que el ambiente secularizado y mundanal oscurezca un mensaje tan hermoso como es este de la Natividad del Señor. El nacimiento del Señor. Que todos los días al despertarnos demos la bienvenida a Dios a nuestras vidas. Que el Niño Jesús sea el compañero de nuestro caminar terreno. ¡Feliz Navidad a todos!

 

— Por el Rvdo. Isaías A. Rodríguez, misionero hispano en la Diócesis de Atlanta. Oriundo de España, llegó a este país en l974.

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