Tercer domingo de Adviento (Año C)

16 de diciembre de 2012

Sofonías 3:14-20; Isaías 12:2-6; Filipenses 4:4-7; Lucas 3:7-18

Celebramos el tercer domingo de adviento. El domingo pasado Lucas presentaba a Juan como el profeta que marca la transición a un tiempo nuevo para todos, invitando para ello a una conversión radical. Hoy Lucas nos ofrece una imagen más detallada de la actividad profética de Juan, acerca de la conversión y de la necesidad de cambio.

Juan el Bautista vio clarísima esta necesidad de cambio anunciando que se acercaba el Mesías y tenía la intuición de que si sus contemporáneos no se disponían al cambio no lo conocerían en sus justos términos.

Así hablaba Juan a la gente que venía para que la bautizara: “¡Hijos de víboras! ¿Quién les ha avisado para que huyan del imminente castigo? Demuestren con hechos su conversión y no anden pensando que son hijos de Abrahán” (Lucas 3:7-9).

Con esta predicación directa, tajante, e incluso dura, no parece que tuviera mucho éxito, porque así como el deseo de cambio es constante, también parece constante la resistencia a efectuarlo. Sin embargo, en sus exigencias, aunque sencillas, está la auténtica garantía de la conversión a Dios.

Todo cuanto Juan dijo a aquellos que le seguían y que hoy nos dice a nosotros que, suponemos con buena fe se acercaron a preguntarle: “Y entonces, ¿qué debemos hacer?” (Lucas 3:10), se puede reducir a una sola frase: cumple con tu deber.

Esta pregunta destacada por Lucas en su Evangelio es de suma importancia, porque significa que ya estamos a punto de convertirnos. Es porque hemos comprendido que ha llegado el momento de dar un giro en nuestras vidas y emprender un camino nuevo, una práctica distinta.

La conversión es, en efecto, un cambio de pensamiento que conduce a una transformación de todo lo que integra a la persona. A la altura que estamos del adviento cabe preguntarnos si nosotros hemos dado ya los pasos para que se realice ese cambio. De lo contario, si no lo hemos hecho, ¿qué debemos hacer?

Lo básico es practicar la justicia, y Juan responde: “El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo” (Lucas 3:10). Es claro que Juan el Bautista, a pesar de ser el último profeta, pertenece a la más pura y original de las tradiciones proféticas. No es tan novedoso, sencillamente insiste en el tema más clásico de los profetas que es la práctica de la justicia.

En todo tiempo, pero especialmente en adviento la justicia se traduce en la solidaridad de compartir lo más elemental. Es tiempo de poner encima de la mesa nuestros dones escondidos y hacer que se multipliquen y surja la alegría y la esperanza. Y todo esto, considerando que Juan solo está proponiendo un mínimo para la conversión.

Vinieron otros a preguntarle, constituidos en autoridad o poder y Juan señaló como mínimo de justicia cumplir con su deber diciéndole: “No exijan más de lo establecido. No hagan extorsión a nadie, ni se aprovechen con denuncias, sino conténtense con la paga” (Lucas 3:13-14).

Esto significa no explotar al débil, no caer en la corrupción, no pedir más de lo exigido, en una palabra no abusar. Con nuevas dimensiones actualmente, hoy, sin duda, no entenderíamos a Juan el Bautista si lo interpretamos al pie de la letra y redujéramos su mensaje moral solo ejercer la caridad de forma privada o personal.

Estamos leyendo el evangelio después de veinte siglos y el mundo ha dado muchas vueltas y descubierto nuevos horizontes. La justicia a la que nos invita el profeta no puede ser hoy justa si se aparta de las situaciones sociales que viven los más necesitados. Hoy la justicia incluye la preocupación por la transformación del mundo.

El mundo ha cambiado. Estamos en otro tipo de mundo que el de hace solo unos años. También por eso hay que preguntarse y preguntarle a Juan el Bautista: “Entonces ¿qué debemos hacer? (Lucas 3:10). En todo caso hay una respuesta clara: “Convertirse”.

Y por encima de todo esto está la alegría expresada claramente en las dos primeras lecturas. El profeta Sofonías contemporáneo de Jeremías habla de restauración y de vida nueva para Jerusalén después de vivir la catástrofe del destierro. Así lo expresa: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén” (Sofonías 3:14).

El profeta anima al pueblo a desterrar el miedo y abrir espacio para la alegría y la transformación. Por eso habla de restauración y de la ausencia de toda humillación y corrupción. El gozo y la alegría se duplican. La alegría no brota de bienes materiales, sino de la relación personal del amor. El Señor se alegra con Jerusalén por eso debe estar alegre y no temer.

Así lo escribe Sofonías: “El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás” (Sofonías 3: 15). Jerusalén humillada por tiranos, obligada a pagar tributo y rendir culto a divinidades extranjeras, se convertirá en el centro del universo. Su fama se extenderá entre los pueblos, después de ser purificada, “porque su amo, el Señor, será un rey que es soldado victorioso” (Sofonías 3: 17). Solo él es el protector eficaz del pueblo, el garante de su prosperidad.

Esta restauración se consolida en la esperanza de reunir a los dispersos. Así lo deja dicho el profeta: “Entonces yo mismo trataré con tus opresores, salvaré a los inválidos, reuniré a los dispersos; les daré fama y renombre en la tierra donde ahora los desprecian” (Sofonías 3:20).

Esto también traerá la elección de un resto que no cometerá crímenes ni dirá mentiras. Así se instalará la paz y el sosiego entre las ovejas, comerán y se dormirán sin que nadie les espante.

Por otra parte, san Pablo en la carta que escribe a los filipenses, nos trae también un mensaje de paz y de alegría, diciéndonos: “Estén siempre alegres en el Señor: se lo repito, estén alegres. Que su mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca” (Filipenses 4:4-6).

También Sofonías hablaba de paz y alegría para “aquel día” que es el día del Señor. Solo la anhelada llegada de “ese día” que todos seguimos esperando, puede dar sentido a nuestro triste y nublado presente.

En nuestra tierra anhelamos la paz y la alegría. Vivimos en constante peligro de guerras y de amenazas eternas a la esclavitud del poder y del dinero. De promesas políticas que solo son promesas o engaños. El miedo a la verdad pura del evangelio para no perder nuestro ascenso si desobedecemos a nuestro señor de turno.

Como Sofonías y como Pablo esperamos “ese día” del nuevo y definitivo adviento. Solo Jesús puede traernos la verdadera paz y alegría. Una mirada de esperanza hacia lo que ha de venir es una actitud profundamente cristiana.

 

Por el Rvdo. Antonio Brito que reside en la Diócesis de Atlanta y es misionero de las congregaciones de San David en Roswell y Atonement, Sandy Springs en Georgia.

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