Aldeas nativas de Alaska ofrecen cálida acogida a obispos episcopales

Bishops at the river

Obispos episcopales y vecinos de Venetie, Alaska, se congregan el 23 de septiembre en la margen del río Chandalar para bendecir el agua, la tierra y la gente. Venetie fue una de las ocho aldeas de Alaska Interior que visitaron diferentes grupos de obispos que asisten a la reunión de otoño de la Cámara de Obispos en Fairbanks. Foto de David Paulsen/ENS.

[Episcopal News Service – Fairbanks, Alaska] La salida del sol en Fairbanks fue a las 7:40 A.M. el 23 de septiembre, pero Mark Lattime, el obispo de la Diócesis de Alaska tenía una instrucción indiscutible para sus compañeros obispos: no lleguen tarde.

En verdad no lo hicieron. Adelantándose al sol por 10 minutos, abordaron el autobús para el aeropuerto a las 7:30 en punto, llevando consigo sus roquetes  y sus tabardos [chimeres], sus cajas de alimentos para regalarles a los habitantes de la aldea con quienes habían de encontrarse y sus expectativas personales sobre lo que les aguardaba en el Interior septentrional de Alaska.

El obispo Prince Singh de la  Diócesis de Rochester en Nueva York estaba de muy buen humor en el autobús, acordándose de su anterior obra misionera en la pobre región del sur de la India. Su grupo de obispos se dirigía ese día a la Aldea Ártica [Artic Village] donde familias de los alasqueños nativos al borde del Refugio Nacional de Vida Silvestre en el Ártico sobreviven aún, en gran medida, de la caza y la pesca.

En la oficina del aeropuerto de la Compañía Turística del Norte de Alaska [Northern Alaska Tour Company] y de [la aerolínea] Arctic Air, al obispo Greg Brewer de la Diócesis de Florida Central le tocaba el turno de pesar su equipaje: una mochila de 2,2 kg.  aquí, una bolsa de 4,5 kg. allá.

El peso exacto es importantísimo en aviones como estas, una experiencia que le recordaba a Brewer cuando viajaba hace aproximadamente una década en vuelos semejantes en Uganda para visitar allí a una diócesis asociada. Ahora Brewer era uno de los seis obispos que volaba a la aldea de Allakaket al tercer día de la reunión de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal.

Un énfasis en el cuidado de la creación y en la justicia racial en la reunión de la Cámara de Obispos este otoño hacía de Alaska el perfecto laboratorio, dijo Lattime a Episcopal News Service a principios de la semana. Y en el laboratorio alasqueño, el catalizador central para las reacciones de los obispos fue este día de viaje, que contemplaba ocho vuelos a aldeas del Interior. Un noveno grupo iría por tierra al sitio de una antigua mina de oro, y otros obispos se quedaron en Fairbanks para una procesión por la orilla del río Chena.

A las 2:00 P.M., los obispos estaban en los diez sitios donde habrían de bendecir la tierra, el agua y las personas. A los episcopales de toda la diócesis de Alaska se les habían pedido que participaran al mismo tiempo en sus congregaciones locales.

“La idea de tener esta bendición a las 2 de la tarde en todo el estado de Alaska es impactante”, le había dicho Lattime a los obispos un día antes mientras debatían las maneras en que la justicia medioambiental se interrelaciona con la difícil situación de los pueblos indígenas, especialmente los que sufren los efectos del cambio climático.

Pero, ¿qué puede hacer una delegación de obispos por las dificultades de los vecinos de una aldea nativa de Alaska? Lattime les aseguró a los obispos que ellos son portadores de dádivas de fe.

“Ustedes son obispos de la Iglesia. Son los símbolos de la unidad de la Iglesia. Relacionan a estas personas con vuestra gente”, dijo Lattime. “A ustedes les ha sido dado el don del Espíritu Santo, y aportan la capacidad de conectar a las personas en oración y de ofrecer vuestra bendición”.

Los obispos llevaron esas palabras de aliento con ellos al aeropuerto a la mañana siguiente. La obispa Mariann Budde de la Diócesis de Washington estudiaba un mapa de Alaska mientras se preparaba para salir para Huslia. Ella dijo que esperaba que la visita de los obispos valdría la pena para los vecinos de la aldea, y que ella sería capaz de ser receptiva a sus historias.

El obispo Dorsey McConnell de la Diócesis de Pittsburgh había empaquetado un regalo tangible: una botella de agua del río Conemaugh, que inundó a Johnstown, Pensilvania, en 1889. Él se proponía echar el agua en el río Yukón como un símbolo de recuperación, mientras su grupo impartía bendiciones en Eagle, que había tenido su propia inundación devastadora en 2009.

El sol iluminaba ahora los bordes de las nubes grises. Los pilotos que se adentraban en el Interior se mostraban atentos a la situación atmosférica que llaman “tener [mal] clima”.

“En verdad no tenemos  [mal] clima en Venetie” lo que significa que las nubes están lo bastante altas para permitir el despegue y el aterrizaje allí.

Katie Tasky, representante de servicios al huésped, se subió a un banco para darle a los obispos un resumen de lo que les esperaba en los avioncitos bimotores Piper Navajo Chieftain, con espacio suficiente para un piloto y nueve pasajeros.

“Hay asientos de ventanilla y de pasillo, todo el mundo tiene uno” explicó.

Otro empleado llamó al primer grupo de viajeros episcopales: “¡Artic Village!” Los obispos y cónyuges abordaron su avión y despegaron a las 9:05 A.M.

Pilot and bishop

El piloto Bill Thompson recibe el maletín de Ian Douglas, obispo de Connecticut, antes de salir en un vuelo a Venetie, Alaska, el 23 de septiembre. Foto de David Paulsen/ENS.

Bill Thompson, el piloto del grupo que se dirige a Venetie, le ofreció el asiento del copiloto a cualquier pasajero que le interesara, y Neff Powell, obispo jubilado de la Diócesis de Virginia Sudoccidental, se brindó.

“Suba y hágame esa importante comprobación preliminar de vuelo”, bromeó Thompson.

Con seis obispos, dos cónyuges y un reportero con los cinturones abrochados y los auriculares puestos, Thompson maniobró el avión y se puso en la cola al comienzo de la pista, un día inusualmente atareado para Artic Air. “Señores, ustedes en verdad nos han vaciado la pista hoy”, dijo Thompson.

Había dos aviones por delante. Luego uno. A las 9:40 AM. Autorizado para el despegue el vuelo a Venetie, el avión rodó zumbando por la pista y comenzó a elevarse sobre Fairbanks, tomando rumbo norte.

‘Un modo de vida maravilloso, maravilloso’

Los obispos fueron cálidamente recibidos en Alaska aun antes de abordar los vuelos al Interior. Ancianos y líderes de las organizaciones nativas locales hablaron ante la Cámara de Obispos el 22 de septiembre en sesiones que se centraron en la cultura nativa y en las amenazas ambientales a un modo de vida que se ha practicado allí durante miles de años.

Poldine Carlo, fundadora de la Asociación Nativa de Fairbanks, comparte  relatos de su vida en el Interior con los obispos reunidos en Fairbanks el 22 de septiembre. Foto de David Paulsen/ENS.

“No nos hacíamos ricos, pero teníamos una buena vida” dijo Poldine Carlo, de 96 años, mientras detallaba algunos aspectos de esa vida a los obispos reunidos en el Hotel y Centro de Convenciones Westmark Fairbanks.

Carlo es más conocida como una de los fundadores de la Asociación Nativa de Fairbanks, un grupo de apoyo creado en la década del 60, en un momento cuando los nativos de Alaska enfrentaban una abierta discriminación. Pero lo que encontró mayor eco entre los obispos fueron sus relatos de vivir de la tierra en Nulato y en su entorno, donde ella creció.

Mientras hablaba del campamento de pesca de su tribu, del rastreo de animales con su familia, había un audible acento de nostalgia en su voz —a sabiendas de que parte de ese estilo de vida se perdió para siempre, y de que lo que queda de él también puede desaparecer algún día.

“Era un modo de vida maravilloso, maravilloso”, dijo Carlo. En la época en que yo estaba en casa, nunca pensé que eso habría de acabarse”.

La caza, la pesca, la captura con trampas sigue practicándose en el Interior, pero las comunidades nativas que se enorgullecen de su estilo de vida de subsistencia encuentran cada vez más difícil sostenerse como antes.

“Alaska es probablemente uno de los últimos lugares de la Tierra donde los pueblos nativos siguen arraigados al suelo. Vivimos de los frutos de la buena Tierra”, dijo la Rda. Shirley Lee, directora ejecutiva del programa de Primera Vivienda de la Conferencia de Jefes de Tanana y sacerdote en la iglesia episcopal de San Mateo [St. Matthew’s Episcopal Church] en Fairbanks.

Para cada alimento hay una estación, dijo ella: desde el alce hasta el caribú, del pescado a las bayas. “Y cuando nos alejamos de esos hábitos estacionales y dependemos de la tienda de víveres local”, afirmó Lee, “se apaga nuestro espíritu”.

El cambio medioambiental es un factor en esa decadencia cultural.

“Ahora mismo los cambios que estamos presenciando en nuestro clima, tenemos que abordarlo… son muy notables aquí”, les dijo a los obispos Bernadette Demientieff del conservacionista Comité Directivo Guichen. “Nuestros ancianos y nuestros líderes están en un punto en que asumen esto como tarea propia porque nadie más escucha”.

La Iglesia Episcopal se ha sumado a ese activismo desde hace mucho , y su Red Episcopal de Política Pública ha respaldado específicamente las iniciativas de Demientieff y de otros activistas guichenes en su lucha por proteger el Refugio Nacional de Vida Silvestre en el Ártico de las propuestas de permitir allí las perforaciones petrolíferas. La costa norte de Alaska, parte de la cual abarca el refugio, es un importante centro reproductivo del caribú cuando las migraciones de rebaños se adentran en el Interior.

“Este asunto es realmente simbólico de cómo vamos a tratar nuestros restantes ecosistemas intactos del planeta”, dijo a los obispos Princess Johnson, quien formó parte de una delegación de la Iglesia Episcopal que viajó a París durante las conversaciones de Naciones Unidas sobre el cambio climático en 2015, y es líder de la agrupación comunitaria Coalición para la Acción Climática de Fairbanks.

“Uno no puede realmente separar los problemas del medioambiente de los de la justicia social. En verdad debemos estar consciente de eso”, dijo Johnson. “Creo sinceramente que todos estamos aquí en este planeta por una razón y estamos siendo espiritualmente llamados a actuar”.

Shirley Lee

La Rda. Shirley Lee se dirige a la Cámara de Obispos el 22 de septiembre en Fairbanks. Foto de David Paulsen/ENS.

Los nativos de Alaska agradecieron a los obispos por viajar a Alaska y escuchar sus preocupaciones. Lee le pidió a los obispos, al tiempo que se preparaban a viajar a través del Interior, a no ver ese vasto paisaje como un terreno infértil y subdesarrollado.

“Mírenlo y recuerden que hay una historia detrás de cada centímetro de tierra que atraviesen”, afirmó, “la historia de los pueblos nativos aquí, y como vuestra bendición ayudará aún más a la preservación de nuestra cultura”.

Una aldea da la bienvenida a los obispos visitantes

Thompson, el piloto de Arctic Air en el vuelo a Venetie, no era al principio plenamente consciente de la naturaleza de la carga que llevaba. Obispos en una expedición al Interior [de Alaska] era algo novedoso.

Dándose cuenta de que sus pasajeros estaban volando sobre un terreno que no les resultaba familiar, Thompson, de 47 años, gustosamente desempeñó el papel de guía de turismo. Veterano de los cielos alasqueños durante 26 años, señaló la mina de oro de Fort Knox, justo al norte de Fairbanks, que aún se mantiene activa. Describió como los ríos Tana y Yukón, al arrastrar limo glacial, habían creado una amplia planicie aluvial en el transcurso de miles de años. Identificó también los picos salpicados de nieve que se veían abajo como las Montañas Blancas, una sierra escarpada que se ve empequeñecida al sur por la Cordillera de Alaska, en la que se destaca el monte Denali [o McKinley] oculto por las nubes esta mañana.

“Tenemos clima en Fort Yukón”, dijo Thompson por la radio contestándole a la torre de control.

Hizo descender el avión a 1.200 metros para volar por debajo de la gruesa capa de nubes que se cernía sobre esa aldea. El río Yukón se dejó ver abajo. La arbitraria línea de puntos del Círculo Polar Ártico iba quedando atrás. Se vio un alce vadeando un humedal al borde de un lago.

Venetie from above

La aldea de Venetie, Alaska, vista desde arriba. El terraplén en el centro de la aldea es la antigua pista de aterrizaje.  Foto de David Paulsen/ENS.

Al acercarse a Venetie, Thompson voló en círculo sobre la aldea y el río Chandalar para poder mostrar el terraplén, que antes servía de pista de aterrizaje, en el centro de la aldea y el edificio grande de la escuela. Se calcula que viven una 200 personas en Venetie, la mayoría de ellas en pequeñas casas de troncos construidas junto a caminos de tierra y grava que parten del centro de la aldea.

Mildred Killbear, al centro izquierda, y Eunice Williams saludan a los obispos después de su aterrizaje en Venetie el 23 de septiembre. Foto de David Paulsen/ENS.

Luego de aterrizar en la superficie de grava de la pista más nueva poco antes de las 11:00 A.M., Thompson condujo el avión hasta el lugar donde un grupo de aldeanos esperaban, en camionetas y en vehículos todoterrenos, para saludar a los obispos con abrazos y estrechones de mano.

Mildred Killbear y Eunice Williams acompañaron a los visitantes hasta el centro de la aldea, a la distancia de unos pocos minutos en camioneta.

Killbear, de 68 años, nació en Fort Yukón y vivió en Arctic Village de niña antes de mudarse con sus padres a Venetie. “He vivido aquí toda mi vida”, dijo.

Williams, a los 80, es una de los 20 ancianos de la aldea cuyas fotos se exponen en una vitrina dentro del edificio de la escuela. “Aún vivimos en el viejo estilo cultural. Aún dependemos de los hábitos de la subsistencia”, afirmó.

De los 20 ancianos que se honran en la exposición, ella es de los pocos que aún viven.

Eunice and Margo

Eunice Williams y la Rda. Margo Simple les muestran a los obispos la escuela de Venetie. Foto de David Paulsen/ENS.

En la escuela, se encontraron con la Rda. Margo Simple, la sacerdote episcopal en Venetie, que también trabaja como asistente comunitaria de salud. Simple llevó a los obispos y cónyuges a un recorrido por el edificio, al tiempo que ella y otros vecinos de la aldea les agradecían la visita.

“Oren por nosotros y la tierra y los animales”, dijo Williams.

Myra Thumma estaba preparando un festín de carne de caribú para los obispos en el salón comunitario de Venetie, a corta distancia de la escuela. El grupo se dirigió hacia el pequeño edificio de un único salón, donde los residentes los saludaron con conversaciones acerca de la estufa de leña del salón, las familias de los residentes y de las muchas maneras de comer el salmón, desde hamburguesas a ensaladas. Los obispos presentaron sus regalos de alimentos: una caja grande llena de huevos, frutas, barras de Nutrigrain y otros artículos que podrían resultar muy caros en la tienda de la aldea.

“Esta es la primera vez que hemos visto tantos obispos en un edificio”, dijo Eddie Frank, quien también les dio las gracias por venir.

Frank, de 67 años, es un administrador oficial de la tribu que ahora trabaja en las carreteras de la aldea. “No los llamamos carreteras, los llamamos senderos”, corrigió él. A quien también se le conoce por sus habilidades atrapando lobos, visones, linces, martas, zorros y cualquier otro animal popular por su piel y su pelaje.

Inviernos más suaves y más cortos ha hecho más difícil la caza con trampas, dijo Frank. Los trineos tirados por perros y otros modos de viajar en invierno dependen de una adecuada capa de nieve, y él cree que los animales se asustan más fácilmente del olor de los humanos cuando el aire es más cálido.

“El clima realmente ha cambiado”, dijo Frank.

Myra Thumma apunta hacia la comida de caribú que se preparó para la visita de los obispos en el salón comunitario de Venetie. Foto de David Paulsen/ENS.

A Thumma también le preocupan los efectos del cambio climático que, según explicó, ha afectado los hábitos migratorios del caribú.

Ella asistió a la universidad en Sitka, ciudad del sudeste de Alaska, y conoció a su marido en Fairbanks, pero finalmente regresó a su aldea natal.

“Yo no puedo vivir en la ciudad”,  dijo Thumma. Venetie es “la única vida que conozco. Esto es parte de mí”.

A 1:45 P.M., Simple había llevado a los obispos a la iglesia episcopal del Buen Pastor [Good Shepherd Episcopal Church] para la liturgia de la tarde. Una estufa de leña entibiaba el interior de la iglesia de troncos, mientras un puñado de vecinos de la aldea se congregaban en los bancos para el breve oficio.

Después, los obispos revestidos con sus roquetes y sus tabardos desfilaron en procesión desde la puerta principal detrás de un niña de 9 años que llevaba en alto una cruz de madera. Se encaminaron hasta el río mientras un niñito corría delante de ellos.

Bajo el cielo gris y el brumoso sol vespertino, los obispos impartieron sus bendiciones y ofrecieron sus acciones de gracias por el río y la tierra, por el alce y el caribú, por los botes atracados en la margen del río, por los ancianos y líderes de la aldea. Oraron también por los jóvenes víctimas de adicción, otra amenaza al modo de vida de la aldea.

Cuando la ceremonia concluyó, los visitantes y sus anfitriones se reunieron para tomarse fotos en grupos, una familia de devotos unidos por la fe.

A Nenana para un potlatch

Al día siguiente, miembros de esa familia de fe llenaban el salón comunitario en Nenana, Alaska, casi a pleno aforo.

Nenana es una aldea que queda a 88 km. por carretera al sudoeste de Fairbanks. La Iglesia Episcopal fue una vez la única denominación cristiana con presencia en el Interior, y su historia en Nenana se remonta a 1905 y a la misión de San Marcos [St. Mark’s].

El 24 de septiembre, luego de dividirse en la mañana para asistir a los oficios dominicales en Fairbanks, North Pole y Nenana, los obispos se volvieron a reunir en Nenana para asistir al potlatch preparado por la congregación de San Marcos y la comunidad nativa de la aldea.

Un potlatch es una comida ceremonial de los nativos alasqueños que incluye alimentos tradicionales, tambores y danza. Esta era una comida para que nadie se quedara con hambre: carne de alce, sopa de alce, ensalada de pasta, ensalada de patatas, pan frito, panecillos, té y postre. Con ayuda constante se sirvieron las largas filas de obispos y residentes que se sentaron frente al improvisado mantel que se tendió a sus pies en el suelo.

Potlatch

Los obispos, sus cónyuges y residentes de la zona de Nenana se preparan para un festín potlatch el 24 de septiembre. Foto de David Paulsen/ENS.

En lo que transcurría la comida, varios obispos y líderes nativos le hablaron al público, expresando gratitud por la experiencia de este “buen rato” [que les brindaba] el potlatch.

“Me siento inmensamente afortunada esta noche de ver a los obispos en Alaska”, dijo Besie Titus, diputada durante mucho tiempo ante la Convención General de la Iglesia Episcopal. Es un gran honor, afirmó ella “para nosotros como diócesis, para nosotros como comunidad nativa”.

El obispo primado Michael Curry le impartió a Nenana la bendición de la Iglesia Episcopal y repitió una estruendosa aprobación a sus sinceras “gracias” que él repitió una y otra vez.

Trimble Gilbert

El Rdo. Trimble Gilbert habla en el potlatch de Nenana. Foto de David Paulsen/ENS.

Lattime dijo que era “probablemente el más afortunado en este lugar” porque su familia de obispos tenía la oportunidad de conocer a la familia de alasqueños que lo había adoptado.

“Esto es lo que significa el amor de Cristo” añadió. “Esto es lo que significa llegar a ser el Cuerpo de Cristo”.

El Rdo. Trimble Gilbert, un sacerdote de Artic Village y prominente líder comunitario guichen, se hacía eco de la opinión de otros al asombrarse de los centenares de personas que se habían reunido para el potlatch de ese día.

“En Nenana, les honramos”, dijo, antes de pasar a explicar que el potlatch representa los valores de su tribu, su compromiso de cuidar los unos de los otros. Al igual que las tradiciones de caza que proporcionan alce para la comida, el potlatch  guarda las costumbres de sus antepasados.

“Los honramos estando aquí”, afirmó.

–David Paulsen es redactor y reportero de Episcopal News Service. Puede dirigirse a él a dpaulsen@episcopalchurch.org. Traducción de Vicente Echerri.

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