Ex capellán de Virginia Tech busca lecciones para la recuperación en las secuelas de una masacre

Scott Reese

El Rdo. Scott Russell, capellán episcopal en la Universidad de Rutgers, habla el 21 de abril acerca de su experiencia como ministro universitario durante la masacre de 2007 en Virginia Tech. Él habló en un taller del simposio Obispos Unidos Contra la Violencia Armada en Chicago. Foto de David Paulsen/ENS.

[Episcopal News Service – Chicago, Illinois] Cuando un pistolero mató a tiros a 28 de sus condiscípulos, a cuatro profesores y a sí mismo hace diez años en el campus del Instituto Tecnológico de Virginia [conocido popularmente como Virginia Tech] el Rdo. Scott Russell se enteró por un noticiero.

Los televisores del Aeropuerto Internacional JFK en Nueva York transmitían aterradores detalles del suceso y Russell, que se encontraba en ese momento en la aduana al regreso de unas vacaciones en Alemania, se quedó paralizado al enterarse de los sucesos de Blacksburg, Virginia, donde él era rector asociado de la iglesia episcopal de Cristo  [Christ Episcopal Church] y capellán universitario.

“Me quedé allí congelado frente a la pantalla del televisor”, recordaba Russell. Canceló sus planes de visitar a un tío en Nueva York y, en lugar de eso, condujo durante varias horas rumbo a su casa para estar con los estudiantes y feligreses, al objeto de ayudarles a enfrentarse con las secuelas de una tragedia impensable.

Russell, de 49 años, compartió esas experiencias el 21 de abril con los asistentes a “La impía trinidad: la convergencia del racismo, la pobreza y la violencia armada”, un simposio de tres días que [la agrupación] Obispos Unidos Contra la Violencia Armada celebró en la Escuela Luterana de Teología en Chicago. Su taller también se centró en cómo las comunidades se recuperan de tales tragedias y en el papel de los líderes religiosos en ayudar a que los sobrevivientes y las familias y amigos de las víctimas se recuperen.

“Había mucha confusión y pánico”, dijo Russell —que ahora es capellán de la Universidad de Rutgers en New Brunswick, Nueva Jersey— a un puñado de personas que asistieron a su primer taller en el congreso.

Cuando llegó de regreso a Blacksburg, los feligreses de la iglesia episcopal de Cristo lo recibieron llorando. Él se reunió y oró con los estudiantes que frecuentaban el centro estudiantil episcopal de la congregación y comenzó a ayudarles a poner en orden sus ideas: ¿Qué hacemos ahora? ¿Dónde vamos a partir de  aquí? La vigilia con velas de la universidad, que tuvo lugar al día siguiente de la masacre, ayudó a unir a la comunidad del campus.

“Una manera de decirles a esas personas en shock, no se aíslen. Congréguense”, dijo Russell durante el taller, haciendo notar que la gran multitud que asistía a la vigilia en un momento prorrumpió a cantar el himno del futbol de la escuela.

Pero las emociones seguían estando a flor de piel. Una de las estudiantes episcopales conocía a cinco alumnos y dos profesores asesinados en las aulas. “Ella estaba sencillamente fuera de sí, sólo pensando que fácilmente podía haber estado en una de esas clases”, dijo Russell.

La constante cobertura noticiosa no ayudaba al proceso del duelo. Muchos de los afectados por la masacre llegaron a sentirse molestos por la presencia de los medios de prensa, encontrándolos invasivos, y respiraron aliviados cuando, justo a tiempo, la cobertura de uno de los mayores asesinatos en masa del país dejó de ser noticia de primera plana.

Aun fuera del punto de mira nacional, a Blacksburg le resultaba difícil avenirse a lo ha sucedido, y uno de los mensajes subyacentes en la presentación de Russell fue que algunas de las lecciones más duras para él y la treintena aproximada de capellanes [de la universidad] se centró en cómo los supervivientes lidian con el dolor a su propio ritmo. Eso es algo que los capellanes y ministros deben tener en cuenta a la hora de brindar cuidado pastoral, explicó Russell.

La universidad canceló las clases la semana de la masacre y algunos estudiantes viajaron a sus casas para estar con sus familias. Cuando regresaron, muchos de ellos estaban listos para seguir adelante, pero otros que se habían quedado seguían inmersos en la tristeza, expuso Russell.

“Como pastor, tengo que dar ayuda allí donde se encuentran”, le dijo a Episcopal News Service en una anterior entrevista telefónica.

Él también aprendió a apreciar que algunas personas expresan su dolor de formas que al principio parecen chocantes. Contó de  confrontar a un estudiante en la Casa Cantórbery [Canterbury House] contigua a la iglesia a quien podía oírse participando en un videojuego de disparos. Otro estudiante le dijo a Russell que estaba teniendo dificultades para dormir porque seguía presionado por sus estudios de postgrado, pero [también] estaba preocupado por la masacre.

En ambos casos, contó Russell, él habló con los estudiantes sobre la manera en que estaban lidiando con el trauma y se cercioró de hacerles seguimiento con más conversaciones, de manera que ellos supieran que no estaban solos.

Russell y otros capellanes aprendieron también que una matanza puede provocar reacciones opuestas. Algunos estudiantes y miembros de la facultad a quienes molestaba la preponderancia de las armas de fuego antes de la masacre de Virginia Tech sintieron robustecida su oposición a las armas, afirmó Russell, pero las opiniones de unos cuantos estudiantes tomaron el rumbo contrario, a favor de las autorizaciones de portar armas ocultas y de permitir que los estudiantes llevaran armas al aula como protección.

Scott Russell Cho

El Rdo. Scott Russell describe las tensiones en Blacksburg, Virginia, sobre si incluir a Cho Seung-Hui cuando se pasara lista a las victimas de la masacre. Foto de David Paulsen/ENS.

Como en las otras masacres, otro elemento polarizador era el pistolero mismo. Cho Seung-Hui, de 23 años, era un estudiante del último año en Virginia Tech con un historial de trastornos mentales y quien le había hecho comentarios suicidas a sus compañeros de cuarto en el pasado.

Después de la matanza, en la iglesia episcopal de Cristo se leyeron los nombres de las víctimas en el oficio. Cho había sido alumno de una de las feligresas y ella pidió que incluyeran su nombre. En un oficio, eso suscitó fuertes objeciones de otro de los feligreses que estaba horrorizado de que Chao fuera recordado de la misma manera que sus víctimas. Algunos supervivientes prefieren no mencionar nunca al pistolero, mientras otros quieren entender por qué se tornó violento.

Russell reconoció estas diferencias individuales con cuidado, pero también intento enmarcar el asunto dentro de los valores religiosos.

“En la tradición episcopal y anglicana, oramos por los que han muerto”, dijo Russell  durante su presentación. ¿Discriminaremos por lo que ellos han hecho?

La tensión sobre ese asunto continuó ese año. Russell predicó un sermón en el otoño acerca del perdón, aludiendo a Cho y la masacre. Después un estudiante se le acercó enojado, pero ese era el mensaje que Russell quería con sus fieles oyeran.

Los clérigos también necesitan apoyo a raíz de importantes masacres. Russell dijo que a él y a algunos de sus colegas ministros también les brindaron consejería, y apoyo incluso de parte de la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo.

Las cicatrices del 16 de abril de 2007 puede que nunca lleguen a sanar del todo. A Russell lo invadieron los recuerdos de ese día  cuando se enteró de la masacre ocurrida el año pasado en un centro nocturno de Orlando, donde un pistolero mató a 49 personas e hirió a 53.

Russell se fue de Blacksburg en 2013 y se convirtió en rector de una congregación cerca de Pittsburgh, la ciudad donde fue ordenado en 2002. No obstante, él aún se sentía llamado al ministerio universitario y aceptó con entusiasmo la capellanía de Rutgers el año pasado. Esta semana, asistió a los oficios en Virginia Tech para conmemorar el décimo aniversario de la masacre.

Virginia Tech memorial

Russell asistió este mes a ceremonias en Blacksburg, Virginia, para conmemorar los diez años de la matanza. Foto de Scott Russell.

Su experiencia en Virginia Tech lo ha dejado sensible a amenazas potenciales, consciente de que la violencia insensata puede estallar en cualquier momento. También ha ayudado a definir su sentido de misión como cristiano y como capellán universitario.

“Aliento a la gente a nunca dejar de mirar a los que se quedan fuera, a los que están al margen —no sólo porque podrían tornarse violentos, sino porque es donde se encuentra, creo yo, nuestro quehacer fundamental”, dijo Russell a ENS. “Siempre tengo presente que Cristo les predicó a los marginales”.

– David Paulsen es redactor y reportero de Episcopal News Service. Pueden dirigirse a él a dpaulsen@episcopalchurch.org. Traducción de Vicente Echerri.

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