¿Necesita un médico? Las clínicas gratuitas de la Iglesia ofrecen esperanza y ayuda.

Patients line up for free medical services at St. Peter's Church in Hillsdale, Michigan. Photo/St. Peter's Clinic

[Episcopal News Service] El estacionamiento de la iglesia episcopal de San Timoteo [St. Timothy’s Episcopal Church] en Brooking, Oregón, se llena rápidamente los martes en la tarde cuando docenas de esperanzados residentes hacen cola para tomar un número y esperar su turno de ver a un médico u otro profesional de la salud.

Pero primero los alimentan con un comida sana y abundante.

“La gente puede tomar un número y venir a almorzar, y ése es el orden en que los atendemos” en la clínica gratuita y el comedor de beneficencia de la iglesia, dijo el Rdo. Bernie Lindley, vicario de San Timoteo, durante una reciente entrevista telefónica desde la iglesia.

La clínica, que apenas tiene 18 meses de fundada, abre los martes de 1 a 4 P.M. y ha tratado desde entonces a más de 575 pacientes, la mayoría de ellos desempleados sin seguro, algunos de los cuales viven hasta unos 100 km. de distancia, dijo Lindley.

Al igual que muchas otras clínicas gratuitas que se han abierto a través del país a iniciativa de la Iglesia,  San Timoteo comenzó su ministerio social “como una respuesta a lo que veíamos como una enorme necesidad; sencillamente no sabíamos cómo podíamos responder hasta que se presentó la oportunidad”, afirmó Lindley, quien agregó que el hospital más cercano se encuentra a no menos de 50 kilómetros.

Al menos una docena de congregaciones episcopales en todo el país atiende las necesidades de la comunidad mediante la proporción de espacio físico, la coordinación de recursos locales, la obtención de subvenciones y el reclutamiento de voluntarios, así como brindando servicios médicos a las personas carentes de seguros de salud, según explicó Matthew Ellis, director ejecutivo del Ministerio Episcopal de la Salud.

“Para muchos, la falta de un adecuado seguro de salud les impide velar por importantes necesidades que requieren atención médica; en estos casos, la clínicas de salud religiosas pueden ser las únicas opciones disponibles”, dijo Ellis a ENS en una reciente entrevista a través del correo electrónico. “El ministrar a los enfermos es un ministerio fundamental de la Iglesia, y es alentador ver a tantas de nuestras parroquias en la tarea de abordar esta necesidad fundamental”.

Históricamente,  Brookings, situada aproximadamente a cinco millas al norte de la frontera de California, era un pueblo maderero, cuyo principal empleador era una planta de madera prensada. En la actualidad, el desempleo bordea el 10 por ciento, más de la mitad de los 14.000 residentes de la zona están jubilados y la mayoría de los pacientes de la clínica trabajan en el sector de servicio, con puestos en que devengan el salario mínimo y sin seguro de salud, según contó Lindley.

“No es, como todo el mundo cree, el tipo que pide limosnas en la esquina o que vive debajo del puente el que nos necesita, sino muchísima gente que está parcialmente desempleada o que ha perdido sus empleos recientemente”. Otro error, dijeron Lindley y otros proveedores, es creer que se necesita una congregación grande o rica para empezar una clínica gratuita.

Con un promedio de asistencia dominical de aproximadamente 60 personas y un presupuesto anual de $58.000, “la congregación no cuenta con grandes recursos”, apuntó Lindley. Tuvo que expandir los servicios para incluir una furgoneta dental, asesoría de la salud mental a largo plazo, ayuda para recetas y numerosos programas de 12 pasos.

“Lo que sí tenemos es la disposición a responderle afirmativamente a personas que tienen un sentido de la justicia social y que sí quieren ministrar y llegar a otros dentro de nuestra comunidad.

“Es muy importante que no existamos para nuestros propios fines. Debemos existir para el mejoramiento de la comunidad”, afirmó.

La clínica de San Pedro [St. Peter’s] en Hillsdale, Michigan, es otro ejemplo de una pequeña congregación que brinda esperanza en grandes dosis.

Si bien la asistencia dominical promedio en la iglesia episcopal de San Pedro es de alrededor de dos docenas de personas, su clínica gratuita funciona con aproximadamente seis veces esa cantidad de voluntarios. Hay médicos, asistentes de médicos, enfermeras, farmacéuticos, auxiliares de enfermería y recepcionistas “y personas legas de toda clase”, dijo Jill Pavka, enfermera jubilada y directora ejecutiva de la clínica, según [la clínica] cuenta con unos 120 voluntarios activos.

“Provienen de diferentes partes de la comunidad, tienen diferentes fes o ninguna. Es una gigantesca mezcolanza de personas que vienen aquí porque creen en la misión y en lo que hacemos”, añadió.

Los martes por la noche, el salón parroquial se convierte en la sala de espera y el sótano de la iglesia en los consultorios. La plantilla de la clínica está dotada de unas 24 personas, que promedian alrededor de 60 visitas de pacientes por semana, dijo Pavka.

“Abrimos nuestras puertas a las 5:00 P.M. y muchos de ellos vienen directamente del trabajo”, agregó.
Terry Smith, residente de 55 años de Reading, Michigan, en el condado de Hillsdale, ha sido una paciente regular de la clínica durante los últimos dos años.

“Sin la clínica”, dijo ella enfáticamente en una entrevista telefónica reciente, yo estaría condenada”.

A Smith, manicurista y madre de tres hijos, se le presentó diabetes hace dos años. A través de la clínica, ella recibe medicinas para regular su tensión arterial y su colesterol, y para tratarse la diabetes. También recibe los suministros que necesita —un medidor y tiras de ensayo— para supervisar su nivel de glucosa en la sangre tres veces al día.

“Mi azúcar está perfecta ahora, pero yo me salto la prueba alguna que otra vez”, dijo Smith, quien también asiste mensualmente a las reuniones de un grupo que imparte instrucciones, hace conciencia y presta apoyo “, dijo Smith. “Sé lo que puede suceder, una puede quedarse ciega o perder los pies. La diabetes le hace muchísimo estrago si usted no se cuida de su cuerpo”, afirmó.

Aunque empleada de jornada completa, Smith no tiene ningún seguro de salud. “La economía me ha golpeado muy duro”, dice, y se refiere al seguro de salud como “un lujo, que la mayoría de las personas no pueden darse debido a la economía”.

“Yo no gano lo suficiente para pagar a un médico regular o para pagar mi propio seguro, luego, estoy obligada a venir aquí”, dijo.

Pero, añade: “Es maravilloso, porque no tengo que preocuparme. Ellos no te hacen sentir como un trapo porque tengas que venir aquí, porque no tengas más remedio que hacerlo”.

El desempleo en la zona aumentó en esta comunidad de unos 40.000 habitantes luego que la industria automovilística se vino abajo, según Pavka. Las empresas de fabricación [de automóviles], de herramientas y de suministro automotriz “perdieron más de 2.000 empleos en un período de dos años”, explicó ella. La tasa de desempleo es de aproximadamente el 15%.

“Las personas que vemos son los nuevos pobres, que tenían buenos empleos. Ganaban entre $12 y $20 por hora, un buen dinero para una comunidad rural como ésta, y tenían grandes beneficios”, sigue diciendo ella. “Luego, de repente, se encontraron sin nada”.

Para tener derecho a recibir los servicios de la clínica, los pacientes deben carecer de seguro [de salud] con un nivel de ingresos del 200 por ciento por encima del nivel federal de pobreza, o aproximadamente de $44.700 de ingreso anual para una familia de cuatro. La clínica no trata a niños, pero ellos reciben cobertura médica de programas estatales. Las personas mayores de 64 años  pueden tener acceso al Medicare.

El número de pacientes que visita la clínica ha aumentado cada años desde que ésta abrió en 2002. En total, los voluntarios han procesado más de 21.000 visitas de pacientes y han dispensado $6,37 millones en medicamentos por receta, dijo Pavka. Aunque la clínica se dedica al control de enfermedades crónicas, la atención de urgencia y en proporcionar medicamentos, ella explicó que ha habido un aumento de pacientes con múltiples problemas de salud.

En 2009 (el último año en que se han registrado las estadísticas), la clínica remitió 232 pacientes a otros médicos, entre ellos cirujanos, cirujanos ortopedas y dentistas. También se ofrecen servicios de oftalmología y podiatría, junto con una clínica diabética mensual, apoyo para la depresión y terapia de grupos semanales para dejar de fumar.

Con un presupuesto anual de $140.000, la mayoría de los fondos provienen de donaciones privadas, así como del fondo del ministerio social de la Diócesis de Michigan y de subvenciones a través del proveedor de seguro de salud, Blue Cross Blue Shield de Michigan.

No obstante, Pavka está consciente de una apremiante necesidad. “Me encantaría encontrar un medio de servir durante el día a las personas que estamos dejando de atender”, dijo, haciendo notar que hay personas que trabajan de noche que no pueden venir a la clínica.

Linda Cosier, de 62 años, enfermera práctica diplomada que trabaja de voluntaria en la clínica, dijo que estaba sorprendida de lo mucho que recibe a cambio de parte de los pacientes. “A cualquiera que sirva de voluntario, se le amplían los horizontes y se convierte en una mejor persona”, afirmó. “Todos los martes por la noche aprendemos de alguien que vine a la clínica en busca de ayuda”

Una clínica gratuita que comenzara una congregación vecina de unas 40 personas inspiró a la iglesia de Santiago el Menor (St. James the Less Church] (http://www.stjamestheless.com) en Ashland, Virginia, en 2006, a comenzar su propia clínica en el sótano de la iglesia, según cuenta Lee Chambers, presidente de la junta directiva de la clínica y uno de sus voluntarios.

La clínica se ha expandido desde entonces hasta incluir cinco localidades separadas en varias iglesias, no todas ellas episcopales, dijo él. “La demanda excedía a la capacidad que teníamos en Santiago y tuvimos que mudarnos”, explicó. “Por ejemplo, no teníamos espacio suficiente para poner una sillón para la clínica óptica que exige toda una sala. De manera que empezamos a buscar otro espacio”.

La clínica de Santiago el Menor está abierta los miércoles de 6:00 a 9:00 P.M. y ofrece servicios oftalmológicos, médicos y dentales, atención médica preventiva y educación para la prevención, dijo Chambers, de 76 años, un gerente de mercadeo jubilado de la industria química.

Los pacientes deben ser residentes del condado de Hanover, Virginia, con ingresos del 150 por ciento del actual límite de la pobreza del gobierno federal. Pero “si usted tiene 66 años y viene en busca de un par de lentes, obviamente Medicare no paga por eso”, explicó Chambers.

Chambers encuentra el voluntariado en extremo satisfactorio. Él mantiene el equipo e inscribe a los pacientes para la clínica dental. El dijo que en algunos casos se camban vidas, e incluso se salvan.

“Tenemos a personas que trabajan en WalMart cargando y descargando cajas”, dijo. “Cuando consiguen arreglarse los dientes, dicen, ‘ahora puedo obtener una promoción y trabajar desde la caja registradora y sonreírle a la gente’. Es una gran misión, una verdadera gran misión”.

Otra paciente llegó con una peligrosa hipertensión. “No tratamos urgencias”, dijo, “e inmediatamente llamamos a la brigada de rescate, que la llevaron para el hospital. Ella nos contó después que en el hospital le dijeron que si no hubiéramos reaccionado de la forma en que lo hicimos, ella habría muerto. Esa visita cambió su vida”.

Chambers espera que las iglesias contemplen el tratar los problemas del cuerpo, tanto como los del alma. La necesidad de una educación sanitaria es tan grande que “incluso si las iglesias no quisieran abrir una clínica gratuita, al menos podrían comenzar una serie de seminarios y ver adónde eso les lleva”.

—La Rda. Pat McCaughan es corresponsal de Episcopal News Service. Traducido por Vicente Echerri.

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